DespuĂ©s de tanto tiempo sin escribir empiezo una historĂa en partes con algo de misterio, intriga y erotismo. Espero que os guste^^
La carta llegĂ³ un dĂa igual a cualquier otro.
Como todos los demĂ¡s dĂas fue el repiqueteo de la lluvia en mi ventana lo que me despertĂ³. Como todos los dĂas saludĂ© al cielo gris acero que se derramaba sobre los edificios y que empañaba con su frĂo mi cristal.
Como siempre, salĂ de la habitaciĂ³n con el pelo revuelto, la cara sin lavar y el pijama medio desabrochado. Como cada dĂa mi compañera de piso no levantĂ³ siquiera la vista de su taza de cafĂ© para mirarme. Me preparĂ© el mismo desayuno de siempre, nesquick con leche frĂa y galletas de mantequilla. Al principio, cuando todavĂa nos reĂamos juntas, mi compañera solĂa burlarse alegremente de mĂ por mi infantil forma de empezar el dĂa.
La Ăºnica mirada que me dirigiĂ³ fue cuando salĂa de casa. Fue una mirada llena de reproche y algo de compasiĂ³n, pero no dijo nada, ya se habĂa cansado de insistirme en que debĂa seguir con mi vida, volver a clase, coger las llamadas de mis amigos. Se habĂa cansado de intentar traerme de vuelta.
Horas despuĂ©s, tras haber disfrutado de mi tiempo de soledad y lluvia frente a mi ventana, decidĂ que era el momento de salir a hacer la compra al menos. EscogĂ al azar un chubasquero gris de mi armario y cogĂ un paraguas en la entrada tan negro como mis noticias. AsegurĂ© las llaves en mi mano y el bolso en mi hombro y salĂ.
Estaba esperĂ¡ndome sobre el felpudo.
Al principio no la vi, pero su impoluta blancura sobre el marrĂ³n negruzco del felpudo atrajo pronto mi mirada.
Era un sobre de tamaño normal, de papel grueso y textura rugosa. Algo elegante y sofisticado. No habĂa ni remitente ni direcciĂ³n, en su lugar sĂ³lo habĂa un nĂºmero escrito con elegancia en el anverso.
13.
La carta pesaba en mis manos y yo no sabĂa muy bien quĂ© hacer con ella. Al final decidĂ que debĂa abrirla y si no era para mĂ en seguida la entregarĂa al conserje para que la entregara a su dueño.
En su interior, con letra picuda y elegante habĂa escritas unas breves frases:
Si usted ha recibido esta carta es porque su vida necesita de este juego.
El juego comenzara en cuanto usted haya abierto el primer sobre y terminarĂ¡ cuando encuentre el ultimo.
Señorita X, estaremos esperando su decisiĂ³n
No me lo podĂa creer. Era tan extraño que parecĂa sacado de una pelĂcula. MirĂ© y remirĂ© el sobre buscando algĂºn indicio de su remitente. Nada. Cuando agitĂ© el sobre entre mis manos dos sobres mĂ¡s pequeños cayeron sobre mi regazo.
Con la misma letra elegante se habĂa escrito una palabra en cada uno de los sobres: SI y NO.
Los sobres se quedaron en mi regazo durante interminables minutos. La gotera del dejaba caer las gotas al ya desgastado suelo del pasillo con insistente armonĂa mientras yo no podĂa apartar la vista de los dos sobres. En mi pecho el corazĂ³n me latĂa acelerado, como el de un polluelo que en el nido, abre las alas por primera vez para echar el vuelo.
Al final, con la mano temblorosa, los nervios a flor de piel cogĂ uno de los sobres y lo abrĂ con dedos torpes y asustados. Al momento, el otro sobre que aĂºn descansaba en mi regazo empezĂ³ a reducirse a cenizas hasta que no quedĂ³ nada de Ă©l. Ya no habĂa vuelta atrĂ¡s.
ObservĂ© la palabra que quedaba en mi sobre, la decisiĂ³n que no podĂa deshacer y el SI me devolviĂ³ la mirada desafiante y orgulloso, instĂ¡ndome a desvelar sus misterios.
AbrĂ el sobre allĂ mismo sobre el frĂo suelo de baldosas. No contenĂa mucho, solo una vieja tarjeta de visita amarilleada por los bordes y a su lado, cogido con una elegante pinza con las iniciales IP, un mapa reciĂ©n impreso de la localizaciĂ³n.
Sin pensarlo dos veces y segura de querer emprender la aventura que me proponĂa el sobre me lancĂ© a la calle en busca de el destino de mi mapa.
Me costĂ³ mĂ¡s de una hora encontrarlo. Era un pequeño restaurante semi oculto tras dos grandes edificios en la parte antigua de la ciudad. En su fachada habĂa un gran cartel amarillento con letras marrones redondeadas que anunciaba comida casera y trato amable.
El interior era acogedor y tenue. La sala rectangular que conformaba el restaurante, contaba con poco mĂ¡s de una docena de mesas, la mayorĂa vacĂas, y estaba iluminada por autĂ©nticos candelabros que goteaban cera sobre las paredes de piedra.
En seguida una joven de ojos color miel saliĂ³ a mi encuentro y me preguntĂ³ con un ronroneante acento marroquĂ si deseaba sentarme. Sin saber muy bien que decirle le enseñé el contenido del sobre que se encontraba a buen recaudo en el bolsillo de mi impermeable. Su rostro se iluminĂ³ y con una sonrisa me acompaĂ±Ă³ a una de las mesas escondidas en la parte mĂ¡s intima del restaurante.
AllĂ me esperaba un hombre, o eso supuse, ya que la sombra de la pared no me dejaba mĂ¡s que intuir el brillo de su cigarrillo encendido, bajo el ala ancha de su sombrero.
Estuvimos unos segundos en silencio hasta que el desconocido comenzĂ³ a hablar con voz cadenciosa y pausada mientras daba largas caladas a su cigarrillo:
- Por lo que veo ha decidido usted entrar en el juego señorita X –
- SĂ³lo elegĂ un sobre –
- Eso es suficiente para entrar –
- No sĂ© en quĂ© estoy metida, ni quiĂ©n es usted –
- AĂºn asĂ ha decidido venir –
- SĂ³lo por curiosidad, ha sido pura casualidad –
- La casualidad no existe y usted mejor que nadie lo sabe –
El cuchillo de hiel se clavĂ³ en mi garganta al oĂr de sus labios esas palabras y al ver en sus ojos, tenuemente iluminados por el cigarrillo, girones de compasiĂ³n
- Ha sido un error venir aquĂ- digo mientras me levanto para marcharme.
- No, no lo ha sido, y usted lo sabe tan bien como yo – noto como me mira desde la sombras y veo su mano salir de la oscuridad – vuelva a sentarse por favor – hago lo que me dice – le prometo que si sigue jugando, cuando termine, todo ese dolor que lleva dentro habrĂ¡ desaparecido y podrĂ¡ a vivir su vida como era antes –
- ¿CĂ³mo? – es una sola palabra ahogada que se escapa de mis labios.
ContinuarĂ¡...
Bueno, dicen que en la variedad estĂ¡ el gusto, y creo que todavĂa no habĂa subido nada de este estilo. Quiero comentaros que esta historia estĂ¡ inspirada en un icono, si un icono, para que veais que la inspiraciĂ³n estĂ¡ en cualquier parte jajajaja. Por cierto, es un relato poco recomendado para mentes puras jejejej
Sientes la caricia del viento en tu pelo. Sientes como el ruido del motor ahoga los latidos acelerados de tu corazĂ³n.
Por fin te lanzas a una carretera desierta junto al mar. AquĂ no hay semĂ¡foros, ni coches, ni incĂ³modos peatones que ralenticen tu alocada carrera. AquĂ te sientes libre, como si pudieras levantar la rueda y alzar el vuelo.
Alguien se coloca a tu lado, debe ser algĂºn loco adicto a la velocidad que ha decidido salir a explayarse el domingo. Su moto roja brillante parece acompañar al centello amarillo y azul de la tuya
Giras un poco mĂ¡s el acelerador y tu moto sale despedida con un caballito. Seguramente que el desconocido se estĂ¡ riendo tras su casco encarnado. SonrĂes tĂº bajo el tuyo y sientes como el poder de la moto vibra bajo tus piernas.
El desconocido estĂ¡ de nuevo allĂ. Su moto se ha puesto a la altura de nuevo, todo un logro teniendo en cuenta que los 900 caballos de la tuya ya van resoplando. Enfilas una recta y te permites girar la cabeza y mirarle. La protecciĂ³n plateada del casco te impide ver su cara, pero tu instinto te dice que es atractivo y te estĂ¡ mirando. De pronto es Ă©l el que se alza en su rueda de atrĂ¡s y te adelanta con un estruendo. Es un rugido voraz, poderoso y tu moto tiembla ante ese rugido. Él ha ganado la carrera, no tienes nada que hacer.
Aflojas el manillar del freno y con el del gas vas bajando las marchas poco a poco, hasta que la aguja deja de temblar en los 240 y se concentra en los 140. Ya te has desfogado bastante y no quieres mĂ¡s, Ă©l te ha humillado y estas molesta.
No puedes sorprenderte mĂ¡s cuando lo encuentras mĂ¡s adelante, esperando, igualando el ritmo de su moto al tuyo. Levantas las cejas bajo el casco y de nuevo vuelves a sentir su sonrisa.
Sin saber muy bien por quĂ© le sigues. El hotel de carretera estĂ¡ vacĂo y nadie hace preguntas cuando entrĂ¡is. AĂºn no os habĂ©is quitado los cascos, parte por el misterio parte para recuperar las formas tras la carrera. TĂº jadeas bajo el visor, presa de una intriga hasta ahora desconocida.
EntrĂ¡is en la habitaciĂ³n, la 138, aunque dudas mucho que ese hotelucho de carretera tenga tantas habitaciones. Él por fin se descubre.
Deja el casco sobre una mesita adornada con un jarrĂ³n horrible y cuando se da la vuelta descubre su pelo castaño cayendo sobre unos ojos negros, oscuros como la noche, que te miran enfebrecidos de deseo. Bajo la nariz larga y recta encuentras unos labios carnosos, que te despiertan un deseo irrefrenable.
TĂº tambiĂ©n has dejado el casco sobre la mesita y ahora vuestros cuerpos estĂ¡n tan cerca que puedes sentir como su presencia lo invade todo.
Una mano firme se afianza en tu espalda y te acerca a Ă©l. TĂº no te resistes y dejas que esos labios tan sensuales atrapen los tuyos. Entonces es como una explosiĂ³n, la pasiĂ³n estalla en el beso y sientes como el calor viaja desde tus labios a todo tu cuerpo.
TambiĂ©n sientes el calor de Ă©l, su beso cada vez mĂ¡s voraz, su mano impaciente que busca la cremallera de tu mono. TĂº encuentras antes la del suyo y descubres el pecho desnudo y cĂ¡lido bajo el frĂo y duro cuello.
Tus manos van desde su ombligo a sus hombros y dejas caer la chaqueta a un lado. En ese momento el también se las ha arreglado para desvestirte y solo una fina camiseta blanca de deporte separa vuestros ardientes cuerpos. Tus pezones se erizan al rozar el pecho de él, y él excitado al notarlo los atrapa con sus manos.
Sus manos son tan voraces y sensuales como sus labios. Encuentran todos los recodos de tu cuerpo y las exploran con la yema de sus dedos, dejando una sensaciĂ³n elĂ©ctrica allĂ donde tocaron. Ya apenas puedes respirar y los jadeos salen de tu boca convirtiĂ©ndose poco a poco en gemidos. El gruñe tambiĂ©n cuando atrapas uno de sus pezones entre tus labios y succionas, jugueteando despuĂ©s con la lengua, saboreando y mordisqueando.
Le empujas a la cama y él se deja caer. Gateas por la cama hacia él, sin poder esperar un instante le cubres el pecho con besos y mordiscos que bajan desde su cuello a su musculado vientre.
Él busca entre tus piernas y acerca mĂ¡s tu cuerpo al suyo. Cuando sus dedos entran en ti nuestros cuerpos estĂ¡n completamente pegados.
Sientes como sus dedos juegan dentro de ti y como su erecciĂ³n palpita en tus piernas. Buscas sus labios y tu lengua se enrosca en la suya, haciendo el beso mĂ¡s profundo, intenso y placentero. DespuĂ©s buscas su oreja, la mordisqueas y Ă©l gime con gusto y con su mano libre apreta tus pechos, mientras que sus dedos entran mĂ¡s fuerte dentro de ti.
No puedes mĂ¡s. Te deshaces de su abrazo y le tumbas de nuevo. Esta vez tus besos bajan de su estĂ³mago y saboreas con tus labios y tus manos su sabor.
Ya no resistĂs mĂ¡s. Él te vuelve a tumbar y entra en ti con fuerza. Arqueas la espalda ante su embestida y el gemido escapa de tus labios, sordo.
Las embestidas se suceden y tĂº clavas las uñas en su espalda y enredas tus piernas alrededor de su cadera, reteniĂ©ndole. Quieres sentirle mĂ¡s, mĂ¡s dentro, mĂ¡s intenso.
Y todo acaba en un estallido. Sientes llegar el placer y él te sigue. En una embestida final os deja a los dos radiantes y satisfechos.
Se deja caer en las sabanas a mi lado, sudoroso y cansado. Tiene los labios enrojecidos por la pasiĂ³n, los ojos cerrados y la sonrisa dibujada en el rostro. Yo me arrebujo bajo las sabanas a su lado. Cuando me tumbo a su lado, abre los ojos para mirarme y la sonrisa tranquila desaparece sustituida por una mĂ¡s voraz.
Va a ser el mejor domingo de mi vida.