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El viaje de los recuerdos


En ocasiones imagino que nuestros recuerdos son burbujas.
Revolotean en nuestro interior con una efervescencia relajante.
Se nos cuelan por los ojos y nos hacen llorar,
Y a veces cosquillean nuestro paladar hasta provocarnos risa.

Sin embargo, son burbujas volubles y caprichosas,
 y en ocasiones se escapan, deslizándose entre las costuras deshilachadas de nuestra piel,
huyen hacia esa nada llena de todo que es nuestro mundo,
hasta que se cuelgan de una brisa cálida de verano,
de un brillo especial del sol de las hojas en otoño,
o incluso de la nota más suave de una balada de amor.

Nosotros lloramos estúpidamente la perdida de aquel recuerdo bien amado,
sin darnos cuenta de cuando la edad o la traicionera fragilidad de nuestro cuerpo
nos deje vacíos, como refresco  que llevan demasiado tiempo abiertos,
podremos refugiarnos en esos recuerdos, propios o ajenos,
que han volado a nosotros, en un frescor de verano, en la calidez del otoño,
o en las notas de una canción de la que tiempo hace ya que olvidamos el nombre y la letra.

Aristas de nuestros mundos

Se desgrana la tarde en café y azúcar,
El humo de mi cigarro moribundo envidia
El gris profundo de tu mirada triste

Me enamoré de ti, vida, una tarde diferente a esta
En un lugar tan desconocido como familiar,
Un vértice que cortaba la arista de tu soledad,
Con la mía

Nos encontramos en una melancolía color púrpura
Y hemos vivido en esa ingravidez (de nuestra soledad compartida)
Pero ahora que te tengo a un roce de mi mano torpe, querida,
Siento que estás más lejos que nunca

El sofá que compartimos, restaurado entre los dos
Y el único hijo que jamás deseamos, ahora es testigo,
Horrorizado y contrito, de cómo compartimos,
Poco más que espacio y aire.

Todos nuestros demás objetos, que compramos
Intentando (¡qué ilusos!) crear un  mundo de los dos,
Una vez que se levanta el velo de ilusión, no son sino
Cascaras vacías, máscaras y espejos,
Que no nos unen más que mirar al mismo cielo

El silencio y la ambigüedad me obligan a arriesgar

Juego mis cartas a la desesperada, apostando todo mi dolor
A un farol.

Acerco mi mano, entrelazando mis dedos en los tuyos,
Y beso tus labios
Rompiendo todas nuestras reglas no escritas,
Diluyendo la fina membrana entre tu tristeza y la mia,
Ante la atónita mirada de nuestras fingidas posesiones
Me miras, por un instante de caída eterno


Y sonríes.

Lluvia en mi ciudad

No hay nada como la lluvia en la ciudad,
Las aristas de los edificios se diluyen,
El gorgojeo de la lluvia
     Sobre los tejados,
                                  los paraguas,
                                                        y los canalones,
Llena todo de una suave calma.

Incluso los ácidos y malolientes coches
se deslizan sobre el asfalto húmedo,
levantando suaves susurros,
frufru de seda y caucho,
en las calles, las casa y los hombres

La actividad pierde su hilo,
se descordina una momento,
y sin poder evitarlo,
miramos las ventanas enjoyadas,
de finas gotas doradas,
y susurramos:
"Vaya... cómo llueve"

Es la magia de la lluvia, que por un momento...
Acalla,
Silencia
y calma

Es lluvia en mi ciudad

Tormenta en ciernes

La tormenta se acerca.

El suave celeste muta
en gris plomizo de terciopelo
El aire rezuma electricidad
y se la tierra se perfuma
para recibir a su mejor amante.

La quietud se desliza,
buscando entre nubes preñadas
al trueno que la haga vibrar.

Se refugia el Sol,
quizás se esconde,
del beligerante rayo,
temeroso que en su brevedad,
lo palidezca.

El vapor de mi taza, aún olvidada,
se mezcla con los diminutos mundos
que las gotas prenden del cristal.

Mundos pequeños, redondos
y coloridos, que viajan,
aventureros,
a encontrar el fin,
para el que nacieron.

Dejo que la tormenta me hable,
que su pálida luz llene mis horas
frente a mi ventana.

Camino de...

Noto mis pies descalzos en el cemento
las luces de colores me hacen cosquillas
es el silencio atronador mi compañero
que con su nube gris me acompaña
No es mi camino dorado, ni siquiera rojo,
si no frío asfalto.
A mi silencio no le falta valor, corazón,
ni coraje...
No hay brujas en mi camino,
pero tampoco amigo.
Nuestro solitario duo camina por calles
atestadas de gente inexistente,
de un azul añil casi transparente
Nos miran sus ojos vacios,
nos rozan sus ropas de aire,
pero nada,
nada,
perturba su viaje.
Se acorta el verso
también mi latido
me queda poco,
tan solo,
un suspiro,
no hay
ya palabras
no hay ya sonidos
ya se acerca el alba,
ya me lleva la parca

Al amor verdadero, no peliculero

En la ciudad negra,
por una vez silenciosa,
pienso en el amor.

No sé si lo conozco,
si lo conocí,
si podré conocerlo

Amamos, pero somos niños,
tontos e inexpertos,
Jugamos a poseer,
a arañar el mundo de otro
para completar el nuestro

Mentimos,
decimos la verdad,
y mentimos de nuevo

El amor no vuelve estúpido
ya lo eramos,
pero no teníamos público.

El amor no es chispa,
no es solo pasión,
no se confunde con cariño

El amor es fragilodad,
es miedo y valor.
Es confianza

Es un rayo de sol,
tras 150 días de lluvia


The devil Inside

A veces nos deslumbra,
las mentiras, las mascaras,
Nos dejamos engañar por los oropeles
y olvidamos las garras

El monstruo nos engaña
con su bella sonrisa,
con sus palabras melosas

Nos hace olvidar...
Querer perdonar...
Hasta amar un poquito...

Desdeñamos por un momento
el instinto, la certeza,
vencemos al ansía
la necesidad de que el demonio
no sea más que un viejo cuento

Son tantos los monstruos
y tan escasos los paladines.

Negamos
Una
Dos
y hasta diez veces

Nos ciega la desesperación,
el deseo de ser amados.
Cambiamos la felicidad
por un vaso de veneno,
que sabe dulce y mata lento
poco a poco

¿Y a qué más aspirar?

¿Quién desearía estrellas,
si sólo conoció piedras?

Deseo


Se despiertan mis sombras,

Como gordos gatos perezosos.

Algo en mí se desata.

Ronroneo

Taconea mi lujuria

Por el frío mármol,

Dejando estelas de fuego,

Que lamen los pies de mis amantes

Es el sabor en mis labios,

Un deseo y una muerte,

Su color, rojo, carmín, escarlata

De excitación

Basta una mirada, un roce,

Para que el cuero negro y el metal

Sean mi segunda piel

Y tu cielo en el infierno

Sin título 1


A veces,(suspiro)

No importa lo grande de tu bien

Si el tizón lo mancha todo

Si… y si…

¿Y si el gris, agobiante gris,

No fuera algo pasajero?

¿Y si es el gris el color del mundo?

Preguntarse por qué

Y por qué no

Sentir la lacerante dulzura

Del dolor sobre la piel

No se miden las palabras,

Se olvida su potencia,

Se perdona su filo,

Por creerse momentáneo,

Y es que mi armadura de plastilina

No sirve contra palabras,

Ni contra recuerdos,

El enfado es momentáneo

Mi dolor, eterno,

Qué soy yo sino días grises

Un periódico olvidado

Que en un banco se deshace

Bajo la lluvia de marzo

Se escapa lo que creí ser

En un torbellino de realidad

Se oxidó mi medalla,

Que nunca fue de oro y ahora

Es de feo bronce

En ceniza se convirtieron mis títulos,

Mis méritos y todo aquello

De lo que creí sentirme orgullosa

Y se lo tragó un abismo de simple

,Muy simple,

Incompetencia.

Arco iris de neón

La noche es joven
y absurda

Late la ciudad nocturna,
al son de copas rotas,
voces arrastradas,
almas vendidas

En la esquina se vende
(¿Que fue del amor?)
sexo desarrapado
(¿Qué fue de los sueños?)

Se busca el frenesí
en el amargo fondo
de una botella

Las ciguellas epilépticas,
bravos generales,
redoblan sus tacones

Es la noche, mi ciudad,
mi mundo
Con regusto seco a vodka,
juventud quemada,
y libertad sin alas

Una sola

Retumbaron los tambores del invierno
en mi corazón olvidado 
por la primavera

La bulliciosa cafetería
se imbuyo de un silencio
Denso como melaza

Las puertas verdes a mi dolor
Chirriaron, forzadas, en sus goznes
Cuando las abristes

Perdió el mundo su color,
El tiempo su latido,
Cuando con tu frase 
(ya no te quiero)
Me mandaste, muerta en vida, 
A la fria estepa


Una noche de bar cualquiera

La inocencia se consume,
gris ceniza de un cigarro
encendido por la realidad

En su esquina baila la cordura,
un suave blues, con regusto
a la hiel más dulce

En el azul cerúleo del deseo,
espero.
... Lento...
... Condescendiente...
... Apático ...
que los minutos dejen
sombra en el largo ciprés
de mi existencia.

Me como crudas las palabras,
que mi soledad me sirve
con desgana

Y aletea en el fino borde
de mi copa
una llamada desesperada
que ni cogí ni cogeré