Inés&Raúl: La lluvia se lo lleva todo (Final)

Por fin me atrevo a colgar la ultima parte de este diario. Me ha llevado mucho tiempo decidir cual sería el final para estos dos, así que espero que os guste. Un saludo^^


La lluvia me caía como una pesada cortina sobre los ojos, las piernas me pesaban como si fueran de plomo, pero seguía corriendo. Seguí corriendo casi ciega por la lluvia, buscándole.
Le encontré donde esperaba. Estaba sentado en el parque donde soliamos jugar de pequeños, la mirada baja, clavada en el suelo. No la levantó cuando llegué a su lado, pero habló:
- ¿Qué haces aquí Inés?
- He…venido…a… buscarte – casi no podía respirar por la carrera mucho menos hablar
- ¿Por qué? – en ese momento levantó la mirada y me encontré con un abismo gélido que pretendía engullirme
- Por que te quiero – la respuesta me salió sola, natural y limpia y mi pecho se relajó por el peso de la verdad
Se rió y se levantó del banco poniéndose frente a mí. Me sacaba casi una cabeza así que tuve que alzar la vista para mantener su mirada:
- ¿Qué me quieres? – sus ojos estaban llenos de orgullo – No me jodas Inés, tu solo te quieres a ti misma – el reproche me dolió, pero me mantuve firme
- Ya no es así –
- Siempre ha sido así – alzó la mirada y siguió hablando – cuando yo me marché decidiste que no merecía la pena esperarme, que sería mejor liarse con algún imbécil-
- ¡Por dios Raúl! ¿Cuántos años teníamos?¿ocho?-
- Yo ya te quería con ocho años Inés – me volvió a mirar y la esperanza aleteó nerviosa en mi corazón – pero me has demostrado que ya no eres quien creía – el aleteo murió en la tempestad de ira de sus ojos – jamás te podré perdonar por lo que eres ahora-
La puñalada se clavó en mi corazón y casi sentí como los pedazos se deshacían en mi interior. Las lagrimas llegaban a mis ojos a toda prisa y por una vez en aquella maldita tarde agradecí la lluvia que me empapaba la ropa y me estaba dejando helada. Agradecí el frío que impedía que mi cara se enrojeciera más aún y agradecí la mirada cruel de Raúl, en la que no había esperanza a la que agarrarse. Se había acabado, mi viaje había acabado antes de empezar.
Incapaz de pronunciar otra palabra me di la vuelta y eché a andar todo lo deprisa que mis doloridas piernas me permitían. Quería desaparecer, esconderme bajo el barro que inundaba la calle. Quería irme de allí.
Sin embargo mi cuerpo no podía más. Mis cansadas piernas se negaban a llevarme a casa y mi cabeza estaba demasiado embotada para encontrar el camino. Al final acabé me acabé sentando en la parada del autobús, a salvo bajo la marquesina de cristal coloreada de grafitis. Me encogí, abrazando mis rodillas con mis brazos y dejé que la suave somnolencia me atrapara. Tenía frío, si, pero eso no importaba, solo quería dormir un poquito…
Me desperté poco a poco, ahora ya no hacía frío. Algo grande y pesado me caía sobre los hombros, dándome calor, aunque también estaba húmedo. Abrí los ojos lentamente, arropada por aquel calor suave. Había alguien de pie junto a mí pero me costaba enfocar la vista.
Cuando mis ojos enfocaron del todo vi a Raúl de pie frente a mí. Tenía la respiración agitada y me miraba con el rostro enrojecido. Sus ojos me miraban ya sin ira, pero yo no podía entender nada…
- Raúl…qué…- intenté preguntar
- Mentira – dijo entre jadeos
Alcé la mirada aún más para que nuestros ojos se encontraran. Ahora me di cuenta de que los tenía rojos. Frunció los labios y se agachó para poner sus ojos a la altura de los míos:
- Todo lo que dije antes era mentira –
Debía haberme quedado dormida en la parada del autobús por que esto no podía estar ocurriendo. No después de todo lo que había dicho:
- Yo… - me miró como intentando explicarse – cuando volví y te volví a ver…bueno, tu eras mucho más de lo que yo recordaba…pero habías cambiado por dentro… y yo no formaba parte de tu vida ya….-
Bajó la mirada, buscando como seguir. No pude evitarlo y le acaricié el pelo. Era negro y brillante, mojado, y tenso. Sorprendido alzó la mirada y se encontró con mis ojos.
Raúl
Sus ojos estaban tan llenos de pena, que se me encogió el corazón en el pecho. No lloraba ahora, pero los ojos la traicionaban. Su caricia me había sorprendido.
Me había costado llegar hasta allí. Me había ensañado con ganas con uno de los árboles del parque hasta que me había calmado.
Mi orgullo no paraba de gritarme que no fuera, que no perdiera que ella no debía ganar. Pero aún así sentía que estaba perdiendo. Al final salí corriendo tras ella
Cuando la encontré estaba medio dormida en una parada de autobús, helada y calada hasta los huesos. Le puse mi cazadora sobre los hombros y la abracé hasta que entró en calor. En cuanto empezó a despertarse me separé de ella.
Había intentado decirlo lo que sentía de verdad, lo que pensaba de ella, pero ahora no podía, sus ojos estaban tan triste que me ahogaban en sus lagrimas. Me sentía miserable por haberla hecho llorar, no sabía qué hacer, y al final ella tomó la iniciativa
Me cogió la cara con manos temblorosas y frías y guió mi mirada hacia la suya. Había tantas cosas que me decían que no siguiera que no lo hiciera que estuve a punto de echar a correr otra vez, pero ella dijo lo que necesitaba oir, lo dijo aunque en ese momento no me lo mereciera
- Te quiero –
Lo dijo tan bajo que apenas fue un susurro, pero a mí me dejó un sabor dulce y cálido en los labios. Entonces fui yo quien me levanté y la abracé. Acurruqué su cara contra mi hombro y acaricié su pelo ahora corto y desmelenado. Ella me agarraba con fuerza de la camiseta, y notaba como sus lagrimas cálidas se mezclaban con la lluvia que empapaba mi ropa.
La separé de mi solo un segundo para mirarla a los ojos y decirle lo que siempre había pensado. Lo que me había vuelto loco de celos, orgulloso e irracional:
- Tú lo eres todo para mi, te quiero, te quiero, te quiero…- se lo seguí diciendo mientras le limpiaba las lagrimas con mis besos.

El principe de los no voladores

Para mi salvadora de pingüinos particular. Que lo disfrutes Eiram^^


El país de las Aguas Heladas estaba en el lejano Mar del Hielo y era un lugar inhóspito y solitario. Sus habitantes eran gente huraña que vivía refugiada en las cuevas de las Montañas de Hielo, dormían todos juntos en un mismo lugar para darse calor unos a otros y adoraban al gran dios Khinse. Ese gran dios controlaba las tormentas, los peces y las épocas de hambruna, por eso, cada luna llena se ofrecía en su pequeño sacrificio en su altar.
Esta vez la luna llena llegó tras un largo ayuno, con tormentas desoladoras que impedían salir a cazar y muchos de los suyos había muerto. El gran sacerdote de los hombres de las Aguas Heladas decidió que debían ofrecer un sacrificio mayor para aplacar la ira del helado dios. Así que los agotados isleños salieron a buscar pos sus tierras una ofrenda que pudiera agradar a su dios.
Recorrieron las heladas praderas, las bravas costas y los escarpados acantilados. Al fin volvieron los agotados cazadores al calor del hogar. Fueron recibidos en medio de una gran alegría ya que traían una bestia legendaria, cazada en los peligrosos acantilados.
Era una bestia con alas, parecida a una foca, pero con el pico de un pájaro. Su cuerpo era blanco y negro y sus pequeños ojitos brillaban con inteligencia.
Los moradores de las Montañas estaban encantados. Nunca había visto un animal como aquel. En las antiguas leyendas, transmitidas de madres a hijas, generación a generación, se les llamaba los No Voladores. Eran unos pájaros de mal agüero, maldecidos por el gran Khinse. Uno de ellos se había atrevido hace muchas lunas a desafiar al rencoroso rey del frío. El No Volador dijo que con sus grandes alas negras podría volar más alto y más rápido que el grandísimo dios.
Entonces, el dios, castigando su arrogancia, le quitó sus grandes alas y lo condenó a no volver a volar nunca. Lo castigó a ser un ser torpe, la burla de todos los de su especie. El arrogante pájaro, demasiado avergonzado por su nuevo aspecto, se refugió en el único mundo que aún le quedaba: el agua.
Allí se convirtió en el más rápido de los nadadores. Nadaba desde el fondo y alcanzaba los peces antes que sus hermanos voladores y conseguía eludir las fauces de las hambrientas focas con su veloz aleteo.
Sin embargo sus crías debían nacer en la tierra, y era allí, con su lento y torpe caminar, donde se volvía más vulnerable, para ser cazado por los hombres y ser ofrecido para expiar su negra culpa ante el dios Khinsé.
Cuando Eirma, un joven de la tribu, vio a la extraña ave, no le pareció que fuera una bestia arrogante. Miraba a su alrededor con miedo y emitía unos estridentes graznidos parecidos al llanto desconsolados de un bebe.
Eirma se apiadó de la criatura y esa misma noche liberó al No Volador de sus ataduras y lo condujo en medio la oscura y calmada noche hasta los acantilados. Allí el pingüino le hizo una reverencia de agradecimiento y saltó al agua.
A la mañana siguiente cuando la tribu despertó y descubrió que su ofrenda había desaparecido la ira corrió como la pólvora. Todos estaban furioso y pronto descubrieron que había sido Eirma, la enojada tribu decidió ofrecerle a él como sacrificio.
Llevaron a su ofrenda hasta los acantilados donde la noche anterior Eirma había liberado a la bestia. Le ataron las manos y los pies para que no pudiera huir y defenderse y entonces, el gran sacerdote, rezó al dios Khinsé, para que aceptara su humilde ofrenda. Y arrojó a Eirma por el acantilado.
El joven cayó al agua helada y desesperado intentó librarse de sus ataduras. Era imposible. Cuando el joven ya se daba por vencido, vio como una elegante figura se acercaba a él nadando. Era el No Volador que el mismo había liberado.
El pájaro agarró con su pico las ropas de Eirma y tiró de él a toda velocidad hacía el fondo. Ante los ojos del joven apareció un palacio submarino. Tallado en la piedra, brillante y hermoso como el amanecer.
El No Volador le llevó hacia una sala donde había un viejo pájaro. Ese pingüino decía ser el rey de los No Voladores y le estaba tan agradecido por haber salvado a su hija de su cruel muerte, que deseaba nombrarle príncipe de su reino y entregarle la mano de su hija.
En cuanto Eirma aceptó aquella agradecida oferta, su cuerpo empezó a cambiar. Sus brazos se convirtieron en unas picudas y vigorosas aletas. Su nariz se alargó y formó un pico anaranjado y duro. Se volvió ágil y rápido dentro del agua. Se convirtió en un No Volador.
Así fue como la bondad de joven Eirma fue recompensada y vivió feliz para bajo las aguas, y nunca más volvió a pasar hambre ni frio, mientras que sus hermanos de la superficie sufrían las iras de un inclemente dios, que al maldecir a aquellos pájaros los había hecho más especiales.

La dama de escarcha

Aqui va otra de mis entregas de los cuentos del hielo, que siento que haya tardado tanto en llegar. Me gustaría agradecerle también al blog, No solo relatos cortos, su critica en el ultimo que subi. Tenías razón, el final tampoco me convencía y lo estoy reescribiendo, espero que este te guste más, y por favor, por favor, no dudes en decir lo que piensas^^

Erase una vez, en un reino muy lejano, allá en las tierras del orgulloso Sol, nació una doncella. Sus cabellos eran pálidos como la luz de la luna y su piel era blanca como la primera nieve. Sus ojos tenían el color de cielo azul y su voz era el susurro dulce de una cascada.

Era tan hermosa que el Sol se levantaba antes para colarse por su ventana e iluminar sus cabellos que brillaban como la plata. Y así cada vez eran los días más largos y las noches más cortas. Incluso las estrellas, encandiladas por su hermosura, abandonaron el cielo nocturno para posarse, como millones de luciérnagas, en el techo de su alcoba.

Sin embargo había alguien a quien los celos manchaban el corazón, dejándolo negro como la tinta. Luna, celosa, por todas las atenciones que sus hermanos le ofrecían a la muchacha, decidió vengarse.

Un día que la joven paseaba por el bosque, Luna envió a uno de sus sirvientes alados a buscarla. El caballo volador llegó entre grandes relámpagos y truenos, y montó a la asustada joven sobre su grupa, llevándola lejos de los dominios de Sol, a las heladas tierras de la Luna.
Allí esta la escondió en una cueva, en lo más recóndito de las montañas de hielo, donde ni el Sol ni las estrellas pudieran encontrarla. La confinó en una tumba de escarcha, muerta helada para siempre.

La Luna satisfecha con su plan brilló aquella noche en el cielo con más fuerza que nunca.
Lo que la vengativa Luna no sabía, es que una pequeña estrella se había escondido entre los pliegues del vestido de la joven y había visto todo lo que había sucedido. Al llegar el alba e irse la Luna a descansar, corrió presta por el rojizo cielo del amanecer para avisar a Sol de la venganza de Luna.

El Sol estaba desolado. En las tierras oscuras de su hermana poco podía hacer él. Sin embargo consiguió meter un pequeño rayo de su luz hasta la tumba de escarcha de la joven, que se guardó en su dulce corazón, librándola así de la muerte y haciendo que su castigo no fuera más que una largo sueño, del que despertaría cuando alguien encontrara su morada.

La pequeña estrella que había ayudado a Sol, no contenta con ver como su bella amiga dormía eternamente en su prisión de escarcha, decidió disfrazarse de corza blanca. Buscó y buscó incansable por los bosques a alguien que pudiera romper la maldición lunar.
Al fin un día la estrella disfrazada encontró a un joven que dormía bajo un árbol. La estrella, que podía ver el corazón de los hombres, vio que el de aquel muchacho era puro y valiente y supo que había encontrado al elegido.

La corza blanca, guió al joven cazador a través de las montañas hasta que llegaron a la morada de la dama de escarcha. Y así fue como el joven cazador encontró el tesoro más preciado.
La noticia de que una joven cubierta de escarcha había sido encontrada en las montañas, voló rauda por el reino de la Luna, y pronto llegó a esta la historia de la dama de escarcha.
La luna, enfurecida porque su maldición se hubiera roto tan pronto, se presentó esa misma noche ante el rey. Se mostró tan bella y persuasiva como era, envuelta en sedas etéreas y finas joyas. El avaro rey la escuchó embelesado mientras ella le hablaba de una doncella muy hermosa, disfrazada de aldeana, que le otorgaría la vida eterna.

Tan pronto despuntó el alba, los jinetes del rey partieron a todo galope, esparciéndose por todo el reino en busca de la hermosa joven.
Pero cuando la encontraron la joven se había enamorado del cazador y se habían casado. Aún así los jinetes del rey la llevaron por la fuerza al castillo del rey.

Esa misma noche fue la corza blanca a buscar al joven y triste cazador y le dijo que debía ir a la corte del rey y retarle a un combate a espada para recuperar a su esposa y dicho esto, se le entregó una espada, brillante y certera como ninguna, forjada al abrasante calor del sol, que le había elegido campeón en esta batalla.

Así pues partió el joven cazador, acompañado de la pequeña estrella, oculta entre sus ropas.
Cuando llegaron a la corte del rey, este les estaba esperando, ya advertido por la maliciosa Luna. Pero a pesar de los consejos de esta decidió enfrentarse al joven cazador en duelo de espadas.
La batalla fue larga y fiera. Al llegar el atardecer, ambos contrincantes estaban agotados y la Luna ya se relamía ante la victoria de su campeón en cuanto cayera la noche. Pero, en el último golpe que brilló con el último rayo de sol, la espada forjada por el sol, se iluminó, partiendo en dos la espada de Luna.

La luna había perdido la batalla y ahora debía dejar a la doncella en paz. Se retiró furiosa y esa noche no brillo en el cielo oscuro, que se iluminó con el brillo de un millón de estrellas, alegres por la victoria del cazador.

El Sol en agradecimiento por el valor del joven cazador, lo nombró rey de sus tierras y ambos jóvenes partieron hacia los dominios del Sol, lejos de la mezquina Luna, donde fueron justos reyes y vivieron juntos para siempre.

El bosque de los carámbanos

Buenas noches señoritas y señores. Siente tremendamente haberles tenido tan abandonados, pero es que he empezado(otra vez) la uni y ya se sabe, el principio de curso es siempre terrible...Y de nuevo os bombardeo con otro de mis cuentos del hielo, saga que por cierto estoy ilustrando(ya subire los dibujos cuando los termine;) y de la que me gustaria mucho que dejarais vuestra opinión^^
Un saludo como siempre y gracias por leermeee!!!

La llegada al mundo de la segunda hija del emperador Frío, fue celebrada con una gran fiesta. Toda la corte celebro la llegada de aquella niña de grandes ojos negros y piel blanca como la porcelana.

Era una niña alegre, de sonrisa fácil y temperamento dulce. Todo el mundo la adoraba y tras cumplir su primer año de vida se le dio el nombre de Nieve.
A pesar de que Nieve era querida por todos, había algo en ella que tenía preocupada a toda la corte. La niña tenía frío.

Era imposible que una hija del emperador de las tierras del Norte tuviera frío. Aún así, Nieve siempre llevaba una gran capa blanca regalo de su abuela. Y cuando alguien le preguntaba por qué la llevaba ella respondía muy tranquila que era para que le diera calor.

Sin embargo lo único que preocupaba a su padre es que Nieve no parecía poseer ningún tipo de magia.

Desde pequeños sus hermanos habían manifestado sus poderes para controlar los elementos del reino de su padre. Provocaban pequeñas ventiscas de hielo en la sala de juegos o escarchaban los manteles de la mesa real. Sin embargo Nieve solo jugaba con muñecos dulces de felpa y huía de la habitación llorando cada vez que alguno de sus hermanos hacía uso de sus gélidos poderes.

La dulzura de Nieve y las esperanzas que tenía su padre en que con el tiempo aquellas rarezas desaparecerían, permitieron que la pequeña princesa tuviera una infancia feliz alejada de los malévolos comentarios de la corte.

Sin embargo, los años pasaron y Nieve se negaba a desprenderse de su capa blanca. En la corte no se hablaba de otra cosa y muchos fueron los que acudieron al emperador Frío para pedir que acabara con aquel juego infantil.

El emperador, preocupado por su hija y acosado por las constantes críticas en la corte decidió mandar a su hija fuera del palacio, lejos de los rumores y peligros de la corte.

Envió a la joven más allá del Valle de las Brujas, cruzando el Mar Gélido, hasta llegar a la guarida del Ermitaño del Norte.

El Ermitaño era un hombre sabio, que acogió a la joven princesa como si fuera su propia hija.

Nieve en seguida quedó fascinada por el lugar, ya que el ermitaño vivía en un lugar mágico, que los antiguos llamaban Bosque de los Carámbanos. Era un bosque entero formado por grandes carámbanos que colgaban de una gran roca.

Se formaron durante La Primera Gran Helada, y habían estado allí resguardados al abrigo de la roca durante siglos, ensanchándose y llegando a tocar el suelo, como si de verdaderos arboles se tratara.

A la solitaria princesa le gustaba pasear por allí, arrastrando su gran manto blanco e imaginando que volvía a estar en palacio y que aquellos arboles de hielo, no eran sino las columnas del gran salón de baile de su padre. Entonces bailaba solitaria entre las columnas, deseando estar de nuevo en el palacio Invernal.

El sabio Ermitaño solía ocupar las largas tardes de la joven con charlas de cualquier tema que pudieran mantener entretenida a su pupila. Una tarde decidió contarle una antigua historia de amor de las gentes del Este.

Era una historia sobre una ninfa hermosa, que vivía en un cerezo en un recodo del camino. Un día un viajero se tumbó a la sombra de su árbol a descansar. El viajero era tan apuesto que la ninfa se enamoro de él y disfrazándose de pétalo de cerezo blanco, se metió en su bolsa y empezó su viaje. En la bolsa de su amado viajero conoció muchos lugares, muchas gentes y muchas cosas hermosas. Sin embargo, a diferencia de la vida de las ninfas, las vidas de los hombres son duras y cortas y un día el amado viajero de la ninfa cayó muerto al borde del camino. La ninfa estaba tan triste, que no pudo resistir la muerte de su amado y decidió convertirse en un árbol para siempre y marcar así eternamente la tumba del amado junto al camino. Fueron los pétalos blancos de un cerezo las lágrimas que la ninfa derramó por su amado.

Cuando salió Nieve a pasear la mañana siguiente por el bosque de Carámbanos aún pensaba en la hermosa ninfa y su amor perdido. Pensaba que sería hermoso un mundo cubierto de blanco como las hojas del cerezo. El reino de su padre, sin embargo, era del gris blanquecino de la estepa helada.


Y la joven princesa deseó un mundo frío cubierto por una capa blanca como los pétalos del cerezo.

Tan pronto como formuló su deseo, del borde de su capa empezó a desprenderse algo fino y níveo que iba cubriendo el mundo a su paso como si se tratara de una alfombra. Al poco la llanura y el bosque de los Carámbanos estuvieron cubiertos por aquella alfombra blanca.

El mundo Invernal ahora estaba cubierto por una alfombra blanca y suave que pronto las gentes llamaron “nieve”.

Las noticias de que algo nuevo había aparecido en el reino Invernal, volaron raudas al palacio del emperador. En la corte del emperador no se hablaba de otra cosa. El manto blanco avanzaba raudo por los caminos acercándose cada vez más al palacio Invernal. Así que el Emperador Frío decidió salir al encuentro de aquella criatura desconocida que cubría sus tierras con nieve.

Fue en las puertas del palacio donde se encontró el emperador y su corte con la criatura misteriosa. Su rostro estaba oculto bajo la capa, que como un manto de la propia nieve, ocultaba su identidad.

Fue grande la sorpresa cuando la desconocida descubrió su rostro y toda la corte reconoció en aquella hermosa joven a la pequeña Nieve.

Nieve, llena de gozo, corrió a abrazar a su padre, dejando tras de sí el manto blanco que la cubría. El emperador con lágrimas en los ojos abrazó a su hija y volvió a darle la bienvenida en el palacio Invernal. Toda la corte halagó a la joven princesa y nadie se burló jamás de su nívea capa.

Corazon de Hielo

La abuela Nohr se acomodó en su mecedora junto al fuego y luego miró a la docena de ojos azules brillantes, que la miraban expectantes. Fuera el frío era helador y de las ventanas colgaban pequeñas estalactitas de hielo, que tintineaban bajo la fuerza del viento. Uno de sus nietos se revolvió inquieto y Nohr decidió empezar el cuento:

“Hace ya muchos años, cuando aún los hombres no habían llegado a las Tierras Congeladas, sobre estas tierras gobernaba el Emperador Frío. El emperador Frío era un hombre anciano, sabio y poderoso, que tenía cuatro hijos. El mayor de todos se llamaba Ventisca y era un joven malhumorado e inquieto, quien gustaba de pasearse por los dominios de su padre, atemorizando a animales y plantas con sus helados soplidos. Después estaba Escarcha, una joven muy bella pero con el corazón helado como un tempano, gustaba de salir a pasear muy por la mañana, congelando con el roce de sus manos las gotas de rocío. La otra hija del emperador se llamaba Nieve, y era una joven dulce y alegre, con ojos grandes y profundos de sonrisas constantes; era ella quien daba el color blanco a las tierras de sus padres, cubriendo con su frío manto todo aquel paisaje. El último de los hijos del emperador Frío se llamaba Hielo. Hielo era distinto a todos sus hermanos, sus ojos eran azules traslúcidos, casi soñadores y disfrutaba congelando los estanques de agua del palacio invernal.

Un día el emperador Frío hizo llamar a sus hijos. Se estaba haciendo demasiado mayor y alguno de ellos debía heredar el Trono de Hielo, así que les ordeno que partieran y que le trajeran la cosa más hermosa que encontraran en el reino invernal. Aquel que le trajera la cosa más bella sería el heredero del trono helado.

Así pues, los hermanos salieron prestos en busca de la cosa más hermosa del reino invernal. Ventisca partió llevado por un viento tan intrépido como él hacia las tierras del este. Escarcha partió hacia las tierras del norte, tan frías como su belleza. Nieve partió con su manto blanco hacia el montañoso este. El último en partir fue Hielo, que partió hacia las tierras cálidas del sur.
Hielo recorrió las tierras cálidas durante más de dos semanas sin ningún éxito. Temía que sus hermanos hubieran vuelto ya al palacio de Frío llevándole hermosos presentes a su padre mientras él aún vagaba por aquellas tierras extrañas sin encontrar nada. Fue entonces cuando la vio. Una figura hermosa, deslizándose sobre una capa de hielo fino. Hielo observó a la muchacha fascinado. Ella saltaba, giraba y se deslizaba sobre el frágil estanque como si sus pies volaran. El cabello castaño se le alborotaba con el movimiento y los ojos verdes como el mar brillaban de alegría. Hielo no había visto nada más hermoso en su vida.

Sin pensarlo dos veces atrapó los pies de la muchacha en el hielo del estanque y la obligó a ir con él. La muchacha al principio sólo se revolvía y gritaba pero al fin dejó que Hielo la llevara en sus brazos hasta el palacio de su padre.

Sus hermanos ya estaban allí cuando Hielo llegó. Ventisca había sido el primero en llegar y le ofrecía a su padre una espada del mar del este, forjada con los colmillos de morsa, un arma tan mortífera como bella. Nieve había sido la segunda, adelantando a su hermana mayor por solo un día. Le trajo a su padre una corona de cristales de hielo, labrada por las manos de los hombres del oeste, frágil y delicada como un carámbano. Escarcha trajo del norte un manto de Oso Polar negro, el más raro en su especie y que abrigaba de todo frío. Cuando Hielo entró en el gran salón llevando de la mano a la hermosa joven, todo el mundo parecía confundido.

La muchacha se encogía como un ratoncillo asustado tras las espaldas del Hielo, que caminaba firme hacia el trono de su padre. Su padre reclamó en seguida su presente, extrañado ante la acompañante de su hijo. Entonces Hielo se volvió y poniendo una mano sobre el suelo de la sala lo cubrió de una capa de hielo fina y brillante. Volviéndose a la joven con una sonrisa dulce le susurró al oído: “Baila, baila para mi padre, danzarina del hielo”

La corte del emperador quedó fascinada por la muchacha. A pesar del miedo ella se deslizaba, volaba y hacia piruetas sobre la delgada capa de hielo. Todos aclamaron a la joven cuando finalizó el baile y volvió al amparo de Hielo, y este fue nombrado heredero y emperador esa misma noche.

La fiesta de coronación de Hielo duró varias semanas, semanas de fiesta y alegría, en las que el joven emperador y la bailarina se enamoraron. Pronto la joven bailarina quedó embarazada del hijo del hielo y ambos eran dichosos y se amaban de todo corazón. Pero a pesar de todo su amor por Hielo, la bailarina estaba triste.

Añoraba su hogar, su familia y el calor de su casa. Hielo, viendo el dolor de su corazón decidió dejarla marchar con su hijo aún no nacido. Antes de dejarla volver a su hogar, le regaló una joya, un precioso corazón de hielo, que jamás se derretiría y le prometió que todos sus descendientes llevarían su sangre, la sangre del emperador. Y les dejó marchar, llevándose su corazón con ellos.
Se dice que aquel invierno fue el más suave y el más dulce, para que el hijo de Hielo pudiera crecer sano y fuerte. Y cumpliendo su promesa, todos los descendientes de la joven llevaron la sangre del emperador Invernal y sus ojos fueron azules claros, traslúcidos, como el propio hielo. La joven siempre conservó siempre la joya, prometiendo que cuando sus hijos y sus nietos fueran mayores volvería al palacio, con el emperador…”

La abuela Nohr estaba agotada después del cuento, pero los ojitos azules que la observaban parecían querer más y más. Todos se revolvían y cuchicheaban entre ellos, hasta que por fin una de sus nietas alzó su tierna voz infantil

- Abuela, ¿volvió la bailarina con el emperador?- preguntó la más pequeña de sus nietas, la más parecida a ella, la única con sus ojos verdes
- Tonta, es solo un cuento – le respondió hosco uno de los más mayores
- No lo sé, mi vida, quizás decidió quedarse a ver crecer a sus nietos – le respondió dulcemente
- Yo volvería con él, la quería mucho – respondió obstinada la niña
- Quien sabe, quién sabe-

Los niños se fueron a la cama, con muchas protestas y ceños fruncidos, pero obedientes a sus madres. La abuela Nohr se quedó entonces sola en la cocina, viendo como la luna se ocultaba poco a poco entre las montañas. Al alba silenciosa como una gata ,pese a sus cansadas articulaciones, salió de la casa llevando sus viejos patines en la mano.


El sol lucía en el estanque helado, tan brillante como la primera vez que lo vio. Se calzó los patines pesadamente y luego se deslizó sobre el quebradizo hielo. Ya no era tan hábil, ni tan veloz como antes, ahora apenas podía deslizarse. De entre los pliegues de su ropa sacó un pequeño objeto.
Allí estaba, azul y facetado, tan brillante y frío como la primera vez que lo sostuvo en sus manos: el corazón de Hielo. Sus nietos jamás imaginarían que la protagonista de aquel cuento que tanto les gustaba era su vieja abuelita, y si se lo dijera tampoco la creerían, ni falta que hacía. Cada vez que miraba a aquellos ojitos claros y brillantes veía a Hielo en ellos. Él había cumplido su promesa, y todos sus hijos tuvieron los ojos azules, igual que sus nietos, a excepción de la pequeña niña, con los ojos verdes como los suyos.

Oyó un rumor de pasos sobre la nieve y se volvió sabiendo a quien iba a encontrar. Hielo caminaba hasta ella, como lo había hecho tantas veces a lo largo de los años. Había envejecido y ahora le recordaba a su anciano padre. Pero en sus gélidos ojos, ella seguía viendo al joven Hielo, acercándose a ella mientras patinaba en el estanque. Esta vez le tendió la mano, debía ir con él ya. Había visto nacer y crecer a los hijos de ambos e incluso a una docena de nietos, y ahora debía marcharse con él, a ocupar su lugar a su lado en el palacio invernal.

Cuando sus manos se tocaron ya no eran dos ancianos. Sus canas empezaron a desaparecer y su piel se volvió tersa y suave. El tiempo que habían pasado separados pareció disolverse en la nieve y volvían a ser el joven príncipe y la bailarina del hielo, que reían alegremente ante un futuro que parecía infinito.

Los siete inviernos

Los pasos apenas se oían amortiguados por las botas. Jade recorría los largos y angostos pasillos del palacio imperial más sigilosa que una gata. A esa hora temprana, la hora más oscura antes del amanecer, el palacio se mantenía silencioso y dormido mientras Jade se movía rápida por sus galerías.

La estancia en la que entró era más fría aún que las demás y Jade dejó escapar un suspiro que se convirtió en una diminuta nube de vaho. La habitación contaba con una bóveda baja, decorada con pinturas doradas, que se sujetaba en una docena de arcos picudos con columnas en forma de diosas antiguas. La belleza de la habitación podría haber sobrecogido a cualquier otro, pero no a Jade, la ladrona más buscada de Los Siete Inviernos. Allí frente a sus ojos, a menos de dos pasos de distancia se encontraba el tesoro más preciado de Los Siete Inviernos: La espada de los Siete Inviernos.

Era una espada magnífica, tallada en un cristal del hielo de las montañas del sur. Era ligera como una pluma y peligrosa como el mordisco de una serpiente. La empuñadura estaba hecha del mismo material y cubierta de sedas blancas de las Tierras Abrasadas. Aquí y allá en el filo y en la empuñadura aparecían gemas blancas, azules y negras, procedentes de todas las ciudades de los Siete Inviernos.

Cuando Jade la tuvo entre sus manos dejó escapar una risita divertida. Daría todas las joyas de sus robos a cambio de poder ver la cara que se le iba a quedar al Rey cuando fuera a buscar su arma y se encontrara en su lugar un simple y vulgar cuchillo.

Sin perder un segundo más de su preciado tiempo Jade salió corriendo, veloz como el rayo, a través de los pasillos. Cuando ya casi saboreaba la victoria y podía ver la ventana por la que había entrado al final de la galería oyó el estruendo de la loza rota y un grito de mujer y supo que la habían descubierto. Los guardias acudieron a tropel ante los gritos de la criada y pronto Jade se encontró rodeada de una docena de guardias que la gritaban y la amenazaban con sus espadas desenvainadas. Jade se puso en guardia usando la única arma que llevaba encima, la propia espada de los Siete Inviernos, y entonces sucedió lo inesperado.
La espada empezó a moverse como si estuviera poseída, derribando a los sorprendidos guardias uno a uno. Tras terminar con los guardias, volvió obediente a las manos de Jade, que no perdió un momento más y saltó por la ventana mezclándose en la espesura de la noche.
La espada brillaba aún ahí, en la negrura de su guarida y Jade la observaba recelosa. Desde luego era un trofeo grande y lo iba a vender muy alto pero desconfiaba de sus poderes. Aún así estaba cansada y cuando el día nació Jade descansaba ya entre las mantas de su lecho.
Se despertó cuando el sol ya se acostaba y comprobó que la espada siguiera allí y así era, pero tenía un brillo particular, mayor que el día anterior. Era tan hipnótico su brillo que Jade no pudo evitar pasar un dedo por el fijo. La gota de sangre se deslizó, roja y caliente, a través del filo frío y entonces aparecieron.

Siete ancianos, espíritus, frágiles y semitransparentes, que flotaron en el aire alrededor de Jade. La ladrona estaba extasiada y ya empezaba a frotarse las manos al imaginarse el precio que podría sacar de una espada que además de legendaria era mágica.
Los siete ancianos se dieron a conocer como los Siete Inviernos. Habían sido los fundadores del reino y al morir sus almas habían tomado descanso en el filo de la espada. Tales señores, según las leyendas que Jade había oído, además de sabios y aguerridos, eran unos magos poderosísimos. Así era, los ancianos espíritus, una vez despertados, podían cumplir cualquier deseo que el nuevo amo de la espada ordenase.

Jade no cabía en sí de gozo. Con aquellos siete ancianos sus necesidades estaban solucionadas, ya no tendría que robar, ni tampoco tendría que vender esa maravillosa espada. Aún recelosa, solicitó a los ancianos que ante ella apareciera la misma cena que esa noche se iba a servir en la mesa del Rey. Al momento aparecieron en su mesa los más ricos manjares: pavo, jabalí, venado, dulces, salsas, vinos del sur…Jade devoró todo el banquete en un momento y luego dio su siguiente petición: quería tener todo el vestuario de la Reina. Tal como había aparecido la comida empezaron allí a aparecer sedas, pieles, zapatos finos y botas nuevas. Luego pidió criados, una casa nueva, poder, un marido guapo y joven, una camada de perros de caza…siguió pidiendo y pidiendo, pero cada vez se encontraba más y más débil, hasta que al final no podía moverse.
Miró a los ancianos que seguían allí mirándola impasibles y sabios tras sus largas barbas blanquecinas y sus ropas flotantes. Habían cumplido todos y cada uno de sus deseos. Tenía todo y aún quería más, más y más. Entonces pidió su último deseo: quería ser ella la Reina, reinar sobre Siete Inviernos y todas sus riquezas. Tras formular ese último deseo cayó muerta, fulminada, pálida como la nieve y con los ojos hundidos en sus cuentas. Al morir ella todo desapareció, todo el lujo, la seda, el poder, todo.

Al día siguiente el Rey despertó y vio que la legendaria espada estaba a los pies de su cama. Al verla allí sintió como un escalofrío le recorría la espalda. La espada había sido robada muchas veces, pero siempre volvía a las manos de su amo legítimo, el Rey de los Siete Inviernos, pero no sin antes cobrarse su precio.
Los ojos del rey se posaron en la frase grabada en la espada, aquella que si Jade hubiera sabido leer quizás le hubiera salvado la vida: “Por cada deseo un pago de sangre”. El rey volvió a dejar la espada segura en su sala, compadeciendo a aquel incauto que por codicia y necedad, no hizo caso a la advertencia de la espada y pagó su codicia al más elevado de los precios.
FIN

Seda y escarcha

La historia que subi el otro día iba a ser un prologo de esta, pero al final se acabo alargando. Espero que os guste de todos modos^^

El frío invernal agitó las finas cortinillas del carruaje, haciendo que Iore se arrebujara aún más bajo sus mantas. Llevaban más de tres meses de viaje, y las últimas tres semanas lo único que podía contemplar a través de su ventanuco era un mar blanco. Llanuras y más llanuras blancas, como si las hubieran espolvoreado con vainilla, nada parecido a su país.

Iore había nacido en un país cálido, extremadamente cálido. Allí en invierno la gente se paseaba por las abarrotadas calles disfrutando de los mil aromas de la gran ciudad, y durante las agobiantes tardes de verano, se sentaban bajo sus tejadillos de esterillas a comer delicias de maicena y pistachos y beber té de manzana congelado. Aquella era la vida que Iore conocía. Los palacios de mármol, los suelos con mosaicos, las intrincadas celosías de las ventanas, las sedas suaves que flotaban sobre su piel…pero su padre había decidido enviarla a un lugar muy, muy lejano, donde según había oído de sus tutores, hacía frío todo el año y la tierra estaba cubierta por una sustancia blanca y fría llamada “nieve”. Toda su oposición había sido en vano y su padre la había enviado primero por mar y luego en carromatos hasta aquella tierra tan lejana, que todo el mundo llamaba “el Norte”.

Ninguna de las prendas de abrigo que había traído consigo eran capaces de mantenerla caliente. Aquel frío seco y afilado como un cuchillo, se colaba por todas las rendijas de su lujoso carromato, haciéndola tiritar y maldecir a su padre en susurros.
La famosa nieve tampoco le había parecido nada conveniente. Era fría y escurridiza, y si la mantenías demasiado tiempo entre los dedos, te quemaba como si fuera fuego. Además el paisaje eternamente cubierto de nieve le pareció tremendamente aburrido y soso.

Por fin, tras semanas de viaje agotador llegaron al castillo del Norte. Era una construcción de madera, tosca y fea. Estaba rodeada por una gran muralla de la que cuidaban osos gigantes de pieles grises. Iore se adentró en la fortaleza con el corazón encogido de miedo y desesperanza, pronto había de conocer a quien sería su futuro marido, y después se quedaría encerrada en aquella maldita fortaleza para siempre.

La sala del trono, era una sala enorme, de madera, cubierta con pieles grisáceas y sucias y olía terriblemente mal. Al fondo de la sana había un trono enorme de madera y metal sobre el que se sentaba un oso gris gigante como los que había visto vigilando en las atalayas. Un escalofrío le recorrió la espalda a Iore al contemplar a su futuro marido.

El gran oso se levanto y caminó con pasos elásticos y firmes hacia ella. Al acercarse, Iore dejó escapar un suspiro al darse cuenta de que su prometido no era el oso gris que ella había imaginado, sino que estaba cubierto con una enorme y maloliente piel de oso que le cubría casi por completo. Pero no se había equivocado en lo de gigante. Iore siempre había sido la más alta de sus hermanas, sin embargo aquel bárbaro le sacaba más de dos cabezas.

El gigante se agachó e Iore se encontró de repente sumergida en dos ojos glaucos, grisáceos y fríos. Nunca había visto unos ojos como aquellos, y desde luego nadie se había atrevido jamás a mirar tan directamente a la hija del Sultán, pero ella sostuvo la mirada terca y valiente, y el bárbaro sonrío y le plantó un beso.

Iore estaba roja de ira. Aquel bárbaro apestoso, que ni siquiera se había dignado a dirigirle unas palabras la había besado y luego se había marchado carcajeándose con una manada de guardianes-oso tan apestosos y groseros como él. Después un par de criadas delgaditas y calladas, la habían conducido hasta sus “aposentos”, una sala enorme también de madera, coronada por una inmensa chimenea que crepitaba. Una cama enorme cubierta de pieles de animales la acogió en su calidez.

No sabía cuánto tiempo llevaba dormida, pero cuando despertó él ya estaba allí. Estaba sentado al borde de su cama, observándola con aquellos ojos helados y paseando los dedos por el pelo negro de Iore. Se levantó de un golpe, pero él ni siquiera se movió y siguió mirándola en silencio. Ya no llevaba las pieles puestas, y ahora una mata de pelo rubio, casi blanco le caía trenzado por la espalda desnuda. Iore había visto muchos torsos desnudos, de esclavos y sirvientes, pero ninguno como aquel. La piel era pálida, blanca como la nieve, tatuada de sin fin de monstruos y antiguas cicatrices. Los brazos eran anchos y musculosos, y las manos grandes y fuertes. Sin mediar palabra alguna se acercó a ella y cogió su rostro con una de sus manos ásperas. Iore estaba paralizada y cuando él la besó de nuevo más cálidamente, se dejó llevar un momento. Sin embargo la confusión sólo le duró un instante. Después se desembarazó del bárbaro que la miraba divertido y la perseguía allí donde fuera.

Iore salió corriendo por los pasillos fríos del castillo, buscando la salida. Los guardianes-oso salían a su paso, intentando detenerla, llamándola una y otra vez “hija del Sol”. Al fin consiguió salir de aquel castillo endiablado y maloliente, pero el frío del Norte la atrapó entre sus gélidos dedos.
Andaba renqueante sobre la nieve. La repentina tempestad la había atrapado en su alocada huída del palacio. Estaba sola y medio muerta de frío. Los pliegues de su capa roja de seda estaban cubiertos por finos cristalitos de hielo. Aún en aquellas terribles circunstancias Iore no podía dejar de admirar lo bello que era. Fue lo último que vio, sintió y pensó antes de caer desplomada sobre el frío suelo invernal.

Las voces sonaban en todas partes, y el calor era asfixiante, casi tanto como en las tardes de verano en su tierra. No podía abrir los ojos, hacía demasiado calor, estaba demasiado cansada. El cuerpo le dolía como si hubiera estado días de viaje y cada roce de las sabanas era como una quemazón en su piel. Pero unas manos no la soltaban, no la dejaban hundirse en aquella calidez oscura. La acariciaban y susurraban su nombre mientras le ponían frescor en la frente. Eran un oasis de aguas heladas y amables en medio de un infierno de calor.

Sus ojos se abrieron lentamente, como si hubiera estado mucho tiempo durmiendo. Al principio no sabía dónde estaba, pero pronto el sonido del crepitar del fuego y el tacto suave de las pieles le recordó donde estaba. Se levantó pesadamente, tenía el cuerpo entumecido de la fiebre y el pelo pegado a la frente por el sudor. Al ponerse en pie se sintió débil y estuvo a punto de caer, pero unas manos fuertes la atraparon y la ayudaron a volver a la cama.

El señor bárbaro estaba allí, cubierto con sus pieles de oso y llevándola a la cama como a una niña. La tumbó, la arropó y le paso una mano fría y áspera por la frente. Parecía preocupado, estaba preocupado por ella. Ahora eran los ojos de ella los que no podían despegarse de él. Había sido él quien la había traído de vuelta y el que la había estado cuidando mientras tenía fiebre. Iore se sintió terriblemente culpable y agradecida:

- Gracias- dijo apenas en un susurro. El bárbaro la miro y luego posó un beso fresco en su frente
- Eres bienvenida Hija del Sol – respondió el bárbaro en la lengua de Iore sobresaltándola
- ¿Hablas mi lengua?- era la primera vez que le oía hablar
- Por supuesto Hija del Sol, llevo toda mi vida esperando tu llegada – dijo mientras hundía sus dedos en el pelo azabache de ella
- Pero…yo no te conocía, no sabía de tu existencia-
- No en esta vida Hija del Sol – dijo sonriéndola cálidamente – pero hace muchos años, tú fuiste el Sol y yo el Hielo, fuimos hermanos y amantes – dijo con suavidad mientras ella le observaba fascinada- pero el Gran Señor, celoso de tu belleza, te arrastró lejos, a las ardientes tierras del Verano, lejos de mi – cogió su cara entre sus manos- pero ahora estás aquí para hacer que mi hielo brille de nuevo bajo mi luz- sonrió y la besó nuevamente- bienvenida Hija del Sol-
- Me llamo Iore – dijo en un susurro
- Yo soy Darek, Hijo del Hielo-
- Es un nombre precioso…-
- En nuestra lengua significa “escarcha”-

Iore recordó su capa en el frío, los cristales de hielo, las escarcha cubriendo la seda escarlata y luego clavó sus ojos aceituna en los ojos del hombre, del mismo color frío, con el mismo brillo traslucido y se dejó atrapar por él, por su frío sus pieles y su misterio. Y por una vez pensó, que quizás, el reino del Norte, era hermoso.

FIN