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Relojes de arena


Apenas una conjetura  de la pasión y nuestras manos se separan,
Presas, cautivas, prisioneras de lo que no se nombra,
De lo que no se menta.
No hay tiempo para ti ni para mí.
 Todos los relojes de arena se han roto
 Y en aquel lugar que algún día fue nuestra posibilidad, nuestro futuro,
No quedan más que cristales rotos y arena de cuarzo fina,
Que se adhiere a mi piel pero no a mi alma.
No hay lugar para un nosotros.
No hay tiempo para nuestro futuro que quizás llegará
… El mundo….
…. nuestro mundo…
… el tuyo….
… el mio….
 Y aquel que construimos en vanas esperanzas, se desmorona con apatía,
Sueño a sueño, promesa a promesa, ilusión a ilusión
 Hasta que, mi amor, no quede nada de lo que fuimos o pudimos ser
No llores, no llores amor mío
No manches tu rostro con ni una sola lágrima que pueda enturbiar aquello que es tan puro
Siempre te recordaré como ahora
En nuestra playa del tiempo perdido,
Escucharé de las olas el rumor del amor nuevo que encontraste,
De los albatros sabré cuánto de feliz fuiste
Y del viento del Oeste como me olvidaste
Así que no llores mi amor, por que esta arena y yo seremos eternos
Eternamente disipados
Porque soy arena que ha caído de tu reloj….
 Porque ya no hay tiempo para nosotros

El latir de un corazón de piedra


Los adoquines negros relucían bajo la lluvia. Las fachadas, de mil y un cálidos colores, eran las únicas testigos de sus pasos. La ciudad eterna yacía silenciosa esa noche de tormenta y niebla. Una figura caminaba silenciosa por el filo de la media noche. Su rostro, casi oculto por las sombras de sus negras prendas, dejaba aún entrever una juventud casi pueril. Sus pasos amortiguados apenas eran un murmullo, que junto a la monótona lluvia, arrullaban el sueño de los yacentes.
Atravesó  las calles, llenas de pasado e historia. Cruzó velozmente la plaza, donde contempló la estatua de los ríos, siempre hermosos, siempre burlones. Le pareció atisbar un movimiento, cerca del rabillo del ojo, y aceleró sus pasos. La hora estaba cerca y las sombras empezaban ya a moverse. Las calles, antes llenas de luz de lluvia, se iban volviendo más siniestras y oscuras a cada paso. La figura embozada aceleró el paso. Notaba como el aire quemaba y helaba su pecho por el esfuerzo y el miedo, mientras sus pies, siguiendo un sentimiento más grande, empezaban una feroz carrera sobre los resbaladizos adoquines.
Podía ya sentir las sombras, la viscosa  oscuridad pegándose a su espalda, reptando en busca del calor de su corazón, cuando el húmedo frío del río le avisó de que había llegado a su destino.
Las sombras retrocedieron un instante ante aquel puente iluminado por la luz de la luna. Pero sólo un instante. La figura no se detuvo, se adentró en el puente, con el corazón lleno de miedo y esperanza. Su mente se serenó en cuanto sus pies rozaron el blanco mármol del puente, los pensamientos dejaron su veloz latir para concentrarse en la belleza del momento. Alzó la vista hacía las figuras que guardaban el puente, blanco mármol iluminado por la luz de la luna, que parecía sólo iluminar el puente, manteniéndolo más allá de la tormenta.
Aguardó en silencio, pidiendo interiormente perdón y misericordia, pero el momento parecía no llegar. Se mantuvo firme incluso cuando las sombras comenzaron a engullir su forma. Sintió miedo…luego el valor del perdido, que planta cara en una ultima batalla que sabe que no puede ganar.
Hubo un movimiento, seguido del sonido de un aleteo suave, cuando una de las figuras descendió de su pedestal bañada en luz. Las sombras se alejaron, y el rostro esculpido en piedra hizo que la figura se estremeciese. Otros ángeles fueron bajando de sus pedestales y se situaron alrededor del visitante que ahora se estremecía y sollozaba.
El puente vibró hasta sus cimientos cuando una figura descendió de las alturas para posarse en él. El gigantesco ángel de bronce, guardián de la fortaleza, se acercaba lentamente a la figura que temerosa rehuía incluso mirarle. El ángel observó con rostro impenetrable a la figura sollozante. Con un batir de sus alas levantó un vendaval que desembozó a la figura. La melena, de un color dorado como el mismo Sol, cayó rizada y suave por los hombros, el rostro se alzó iluminando así una piel blanca como la porcelana y unos ojos, verdes y vidriosos a causa de las lagrimas, tan jóvenes como el futuro y tan antiguos como el mundo.
Hubo un momento en el que todo estuvo en silencio, ni ángeles ni sombras se atrevieron a decir nada ante la brillante criatura que ahora aparecía ante ellos. Las sombras fueron las primeras en reaccionar, susurrando, sibilinas y reptilianas, ante la deliciosa presa que acababa de aparecer ante sus ojos y pugnaban ya por penetrar el albo círculo que los ángeles habían formado a su alrededor. Su ansía y su voracidad eran tales que robaron el brillo a la propia luna y se colaron  en el círculo.
Los ángeles de piedra permanecieron impasibles mientras las sombras reptaban hacia la dorada figura. La joven, volviendo a notar el frío grito del dolor en su pecho, suplicó:
     -  Por favor, por favor… perdóname – Sintió como una sombra se enroscaba alrededor de su tobillo, el frío que siguió al mordisco de la oscuridad nubló su rostro – por favor… -  
-          -  Tu te marchaste – la voz metálica y sin sentimiento del ángel resonó por todo el puente – Tu nos abandonaste –
-              -     Sabes por qué lo hice – sus miradas se cruzaron y el corazón de ella se aceleró – sólo quería saber cómo era… - un nuevo mordisco y su voz salió ahogada a través de sus azulados labios – tener un corazón…-
Hubo oscuridad y luego… luz.

Las alas se abrieron a su espalda, brillantes durante un parpadeo y luego blanco mármol. Las sombras se alejaron, siseando temerosas ante el nuevo ser que acababa de renacer ante sus ojos. El joven ángel sacudió sus alas encantado por un momento y después hizo una profunda reverencia ante el ángel de bronce que por un momento pareció sonreír.
-          Tu vuelta me alegra, Gabriel – fueron sus únicas palabras antes de que sus miradas se cruzaran un segundo antes de que emprendiera el vuelo, y en el pecho de Gabriel, un aleteo arrancó una sonrisa de sus labios.



Dicen los que han vivido en Roma siempre que una vez uno de los ángeles del puente de Sant’Angelo desapareció y permaneció perdido durante más de 50 años, para volver a aparecer una noche de tormenta como si no hubiera pasado. Hay muchas leyendas sobre lo que pudo pasar con el ángel, pero la favorita de los romanos, como buenos románticos, es que el ángel del puente se marchó por que estaba enamorado y que fue a buscar un corazón para amar y que cuando lo encontró volvió al puente. La leyenda también dice, que si te acercas mucho a ese ángel, puedes oír su rumor de latidos de piedra, y entonces verás que sus ojos siempre miran al gran ángel que cuida la fortaleza… 

Alma de Blues

Hoy tengo alma de Blues... siento la melancolía dentro, como un latido doloroso en mi pecho, paladeo su cadencia  como quien disfruta de un buen vino sabiendo que lleva cianuro... es un sabor dulce con un regusto rasposo y algo de dolor, que colorea mis labios y atrapa el aliento de mi garganta congelándolo. Quiero que de mí salgan los sentimientos como finas volutas de un cigarro en un local abarrotado, fino gris sobre un fondo oscuro y mezclado de olores de fiesta, whisky y colonia, para que se pierda, como el humo en una niebla espesa que enturbia los ojos y libera la sonrisa.
Quiero que mi voz sea cadenciosa y triste cuando le cante a la muerte que me perdone un día más ...
Hoy quiero que mi alma condenada se mueva al ritmo de un blues muy triste.

La Golondrina

Llegó a mí el día más lluvioso de una primavera gris. Su vuelo grácil rodeó mi ventana hasta posarse en mi alfeizar. Sus alas estaban húmedas y algo desplumadas y su cuerpecillo temblaba entumecido por el frío. Se oían retumbar los truenos contra el cielo gris marengo, y con cada uno de ellos la golondrina se acercaba más a la ventana, intentando atrapar algo del calor que había dentro.

No pude resistir la triste mirada de sus pequeños ojos negro y abrí la ventana. La lluvia y el pájaro entraron en mi cuarto como un vendaval terrible. Me apresuré a cerrar la ventana mientras la golondrina daba vueltas y vueltas por el techo de mi cuarto hasta posarse encima de la lámpara.

Desde allí observó curiosa como yo me desprendía de mi jersey, que se había empapado intentando cerrar la ventana y cómo desaparecía por la puerta para volver con un jersey seco y algo de maíz dulce para ella en n plato.

Era una golondrina muy curiosa y sin nada de recelo se lanzó desde su privilegiada posición sobre mi lámpara en busca del manjar dulce que había en mi plato. Comió de él y luego como si de viejos amigos se tratara se posó en mi hombro y me miró con sus pequeños ojitos agradecidos, antes de volver a su improvisada atalaya en mi lámpara.

Aquella primavera tuvo multitud de días lluviosos, y todos ellos los pasó la golondrina sobre mi lámpara, observando la lluvia caer bajo un improvisado nido de trapos viejos.

Yo, en mi soledad, apreciaba la compañía de aquel pajarillo que todos los días me saludaba al llegar con sus alegres trinos y compartía conmigo platos de maíz dulce y chocolate frente a una ventana fría y húmeda.

Al fin la gris primavera terminó y dio paso a un verano verde y cálido como el que no se recordaba en muchos años. Entonces mi alegre compañera comenzó a mirar cada vez con más tristeza por la ventana, viendo como sus alegres compañeras canturreaban de acá para allá con su vuelo rápido y sagaz. Yo entendí entonces que era momento de dejarla ir, y con mucho pesar abrí la ventana de su libertad. Al principio se acercó ella dubitativa, con sus negros ojos mirándome con gran tristeza, pero cuando una bandada de sus compañeras pasó rozando el dintel, no dudo en abrir sus alas al viento y salir volando tras de ellas. Yo la vi marchar, con el pesar en el corazón de quien pierde a un amigo y abracé a mi conocida soledad de nuevo.

Las hojas de los árboles ya llevaban sus ropajes más otoñales cuando oí aquel repiqueteo en mi ventana. Primero pensé que era sólo mi imaginación, que cruel jugaba conmigo, pero tras el segundo repiqueteo vi que no era otra sino mi valiente compañera que volvía a mi ventana para pasar el frío invierno junto a mí. Mis ojos se llenaron de lágrimas cuando ella entró en vuelo triunfante a posarse sobre su nido, aún sin deshacer, y sonreírme con aquellos ojos pequeños y brillantes. Ninguna de las dos volvería a estar sola.


Este relato está inspirado por dos de mis refranes favoritos: "Una golondrina no hace verano" y "Si amas algo déjalo marchar, si vuelve será tuyo para siempre".