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Relojes de arena


Apenas una conjetura  de la pasión y nuestras manos se separan,
Presas, cautivas, prisioneras de lo que no se nombra,
De lo que no se menta.
No hay tiempo para ti ni para mí.
 Todos los relojes de arena se han roto
 Y en aquel lugar que algún día fue nuestra posibilidad, nuestro futuro,
No quedan más que cristales rotos y arena de cuarzo fina,
Que se adhiere a mi piel pero no a mi alma.
No hay lugar para un nosotros.
No hay tiempo para nuestro futuro que quizás llegará
… El mundo….
…. nuestro mundo…
… el tuyo….
… el mio….
 Y aquel que construimos en vanas esperanzas, se desmorona con apatía,
Sueño a sueño, promesa a promesa, ilusión a ilusión
 Hasta que, mi amor, no quede nada de lo que fuimos o pudimos ser
No llores, no llores amor mío
No manches tu rostro con ni una sola lágrima que pueda enturbiar aquello que es tan puro
Siempre te recordaré como ahora
En nuestra playa del tiempo perdido,
Escucharé de las olas el rumor del amor nuevo que encontraste,
De los albatros sabré cuánto de feliz fuiste
Y del viento del Oeste como me olvidaste
Así que no llores mi amor, por que esta arena y yo seremos eternos
Eternamente disipados
Porque soy arena que ha caído de tu reloj….
 Porque ya no hay tiempo para nosotros

Medianoche entre extraños

La vieja taza de café roja descansa humeante sobre la mesa, empañando lánguidamente la ventana. Es una noche tranquila. Los coches, compañeros de mis noches de insomnio, se han alejado también esta noche, huyendo de la negra polución que cubre toda la urbe. Sólo quedamos las hastiadas luces de las farolas y yo mismo. Es una noche tranquila, o al menos lo era…

Comienzan a golpear la puerta con fuerza. Lo ignoro, pensando que quizás algún molesto vecino trasnochador olvidó las llaves. Silencio unos segundos y luego vuelven a insistir, con más fuerza. Refunfuñando abandono mi cómodo sofá para ir a atender la puerta.
Algo, más bien alguien, se cuela en mi piso. Es una figura pequeñas. Quizás un niña. No, es una joven, que balbucea nerviosa y tiembla como una hoja, mientras sus manos dibujan aspavientos aquí y allá, dentro de una sudadera gris gastada que es demasiado grande para ella. No consigo entenderla, sé que las palabras salen de su boca, palabras conocidas en idiomas conocidos, pero yo sólo oigo una amalgama de sonidos sin sentido. Parece alterada, pero no sé cómo calmarla, la lengua se ha hecho un nudo dentro de mi boca y no acierta a desenredarse. Sigue hablándome, cada vez más alterada, pero mis labios permanecen mudos contra mi voluntad. Lo único que soy capaz de hacer es ofrecerle una taza de café caliente y mi sonrisa más tímida. Sus ojos parpadean confundidos, cuando pongo la taza en sus manos, pero pronto su verde profundo se empaña por el vaho de la taza y el agradecimiento.
Ha pasado más de una hora y sigue aquí. Hace rato ya que dejó de intentar hablar conmigo y ahora, observa la calle desde el alfeizar de mi ventana. Su rostro lo iluminan los neones del club de la esquina, llenando su gesto de preocupación de colores brillantes y antinaturales. Su cuerpo está aquí, pero en su mirada se ve que su mente está mirando mucho más allá de la ventana, de la calle y quizás de la ciudad. Sus ojos, ahora salpicados de violeta y rosa, parecen conocer la ventana a otro mundo. Yo, cobarde de mí, sólo puedo deleitarme en cómo la ciudad tiñe con colores irreales esa mirada tan melancólica. Suspira y es un suspiro lento, profundo, de los que vienen del centro del alma, intentando liberar un gran pesar, y mancha con su tristeza el cristal de mi ventana.
¿Quién es ella?
¿Qué hace aquí?
¿Es peligrosa?
No puedo evitar cuestionarme a mí mismo sobre esta misteriosa invitada que he dejado entrar en mi casa, pero una parte de mí, una gran parte de mí mismo, no desea dejar de admirar la curva de su cuello, níveo, que se atisba ente los mechones distraídos de su melena y el ancho cuello de su sudadera. Ella es lo más hermoso que haya visto jamás.
Noto su cansancio, sus parpadeos son cada vez más lentos, más pesados y ha comenzado a apoyarse contra la ventana, pero también sé que no quiere marcharse… y yo tampoco quiero que se marche.
Con el silencio que tristemente caracteriza todas mis acciones, le entrego unas mantas y una almohada, bastante mullida por todo el polvo que acumula.

Sus ojos titilan de nuevo al son de las luces de neón. Noto primero confusión, seguida de un chispazo de recelo que desaparece bajo una profunda bruma de agradecimiento.
Me retiro a mi habitación, en busca del habitual consuelo de la soledad, pero esta noche extraña la cama me acoge pero no me atrapa. Mis pensamientos están más allá de la fina pared, en el sofá de tela desgastado donde es posible que ella se esté acurrucando, impregnando el mueble y la ropa de cama de su esencia.
Ya que mis pensamientos me apartan del sueño, busco distracción en la abultada geografía de mi techo, pero incluso allí, colándose por algún resquicio en la persiana, están las luces brillantes del cartel y vuelven a mi mente las cambiantes mareas de sus iris.
La puerta se abre y en mi cama se cuela un hada. Ya se ha desprendido de su gris sudadera-crisálida y ahora se presenta a mi hermosa y semi desnuda como una mariposa. Su cabeza desciende mientras sus ojos se enredan con los míos, su pelo corto y desigual cosquillea mis mejillas cuando nos besamos. Le hago un hueco a mi lado y seguimos besándonos y explorándonos. Es una noche demasiado fría, demasiado incierta, para pasarla solos y parece que hemos encontrado nuestro calor el uno en el otro.
El amanecer aun no ha llegado. Es la hora más oscura antes del alba. Mi cuerpo se siente liviano sobre la cama revuelta. Sobre mi hombro descansa ella que respira tranquila pero al igual que yo, sé que no duerme. Algo extraño sucede, una vibración… un sonido… Me vuelvo hacia ella, que en esta habitación oscura y antes triste donde hicimos el amor como desconocidos, que canta para mí. Es una melodía muy triste, sin letra. Es la primera vez que escucho cantar desde que las palabras huyeron de mí.
Han pasado meses desde que las palabras se convirtieron en ruido en mis oídos. Al principio no entendía, luego dejé de hablar y poco a poco me fui aislando, lleno de odio hacia los demás y hacia mi mismo, por haber olvidado algo como eso, por haber perdido el vínculo fundamental con mi mundo.
Los ríos salados corren por mis mejillas y mi cuello hasta llegar a ella, que me abraza y sigue tarareando en mi oído. Ella me acuna, me cuida y me arrulla hasta que me duermo.
La mañana ha llegado. Me siento más ligero al despertar, pero tan solo como cualquier otro día. La cama está revuelta, huele a pasión y tristeza. Me incorporo presto y voy hacia el salón. Vacío también. Sobre el sofá, primorosamente doblada hay una sudadera, gris y ajada. La tomo entre mis manos, con cuidado, esperando que no se deshaga como polvo, como un sueño. No, es real, ella existió, estuvo aquí. Fue real. La gratitud me invade.
Nunca sabré cual era el peligro que la acechaba aquella noche y que la empujó a buscar cobijo en mí… y acabé encontrando refugio yo en ella. Quizás algún día la volveré a ve, aún guardo la esperanza,  si no, siempre sabré que compartimos algo hermoso, perfecto y único, y que quizás durante algunas horas, fuimos uno… y eso es suficiente para mí.

Espero que hayas disfrutado de esta entrada número 100 y a los que me seguís habitualmente, y sobre todo a los que comentáis, quería agradeceros vuestro apoyo todo este tiempo, me animáis mucho a seguir escribiendo!. Un saludo

El latir de un corazón de piedra


Los adoquines negros relucían bajo la lluvia. Las fachadas, de mil y un cálidos colores, eran las únicas testigos de sus pasos. La ciudad eterna yacía silenciosa esa noche de tormenta y niebla. Una figura caminaba silenciosa por el filo de la media noche. Su rostro, casi oculto por las sombras de sus negras prendas, dejaba aún entrever una juventud casi pueril. Sus pasos amortiguados apenas eran un murmullo, que junto a la monótona lluvia, arrullaban el sueño de los yacentes.
Atravesó  las calles, llenas de pasado e historia. Cruzó velozmente la plaza, donde contempló la estatua de los ríos, siempre hermosos, siempre burlones. Le pareció atisbar un movimiento, cerca del rabillo del ojo, y aceleró sus pasos. La hora estaba cerca y las sombras empezaban ya a moverse. Las calles, antes llenas de luz de lluvia, se iban volviendo más siniestras y oscuras a cada paso. La figura embozada aceleró el paso. Notaba como el aire quemaba y helaba su pecho por el esfuerzo y el miedo, mientras sus pies, siguiendo un sentimiento más grande, empezaban una feroz carrera sobre los resbaladizos adoquines.
Podía ya sentir las sombras, la viscosa  oscuridad pegándose a su espalda, reptando en busca del calor de su corazón, cuando el húmedo frío del río le avisó de que había llegado a su destino.
Las sombras retrocedieron un instante ante aquel puente iluminado por la luz de la luna. Pero sólo un instante. La figura no se detuvo, se adentró en el puente, con el corazón lleno de miedo y esperanza. Su mente se serenó en cuanto sus pies rozaron el blanco mármol del puente, los pensamientos dejaron su veloz latir para concentrarse en la belleza del momento. Alzó la vista hacía las figuras que guardaban el puente, blanco mármol iluminado por la luz de la luna, que parecía sólo iluminar el puente, manteniéndolo más allá de la tormenta.
Aguardó en silencio, pidiendo interiormente perdón y misericordia, pero el momento parecía no llegar. Se mantuvo firme incluso cuando las sombras comenzaron a engullir su forma. Sintió miedo…luego el valor del perdido, que planta cara en una ultima batalla que sabe que no puede ganar.
Hubo un movimiento, seguido del sonido de un aleteo suave, cuando una de las figuras descendió de su pedestal bañada en luz. Las sombras se alejaron, y el rostro esculpido en piedra hizo que la figura se estremeciese. Otros ángeles fueron bajando de sus pedestales y se situaron alrededor del visitante que ahora se estremecía y sollozaba.
El puente vibró hasta sus cimientos cuando una figura descendió de las alturas para posarse en él. El gigantesco ángel de bronce, guardián de la fortaleza, se acercaba lentamente a la figura que temerosa rehuía incluso mirarle. El ángel observó con rostro impenetrable a la figura sollozante. Con un batir de sus alas levantó un vendaval que desembozó a la figura. La melena, de un color dorado como el mismo Sol, cayó rizada y suave por los hombros, el rostro se alzó iluminando así una piel blanca como la porcelana y unos ojos, verdes y vidriosos a causa de las lagrimas, tan jóvenes como el futuro y tan antiguos como el mundo.
Hubo un momento en el que todo estuvo en silencio, ni ángeles ni sombras se atrevieron a decir nada ante la brillante criatura que ahora aparecía ante ellos. Las sombras fueron las primeras en reaccionar, susurrando, sibilinas y reptilianas, ante la deliciosa presa que acababa de aparecer ante sus ojos y pugnaban ya por penetrar el albo círculo que los ángeles habían formado a su alrededor. Su ansía y su voracidad eran tales que robaron el brillo a la propia luna y se colaron  en el círculo.
Los ángeles de piedra permanecieron impasibles mientras las sombras reptaban hacia la dorada figura. La joven, volviendo a notar el frío grito del dolor en su pecho, suplicó:
     -  Por favor, por favor… perdóname – Sintió como una sombra se enroscaba alrededor de su tobillo, el frío que siguió al mordisco de la oscuridad nubló su rostro – por favor… -  
-          -  Tu te marchaste – la voz metálica y sin sentimiento del ángel resonó por todo el puente – Tu nos abandonaste –
-              -     Sabes por qué lo hice – sus miradas se cruzaron y el corazón de ella se aceleró – sólo quería saber cómo era… - un nuevo mordisco y su voz salió ahogada a través de sus azulados labios – tener un corazón…-
Hubo oscuridad y luego… luz.

Las alas se abrieron a su espalda, brillantes durante un parpadeo y luego blanco mármol. Las sombras se alejaron, siseando temerosas ante el nuevo ser que acababa de renacer ante sus ojos. El joven ángel sacudió sus alas encantado por un momento y después hizo una profunda reverencia ante el ángel de bronce que por un momento pareció sonreír.
-          Tu vuelta me alegra, Gabriel – fueron sus únicas palabras antes de que sus miradas se cruzaran un segundo antes de que emprendiera el vuelo, y en el pecho de Gabriel, un aleteo arrancó una sonrisa de sus labios.



Dicen los que han vivido en Roma siempre que una vez uno de los ángeles del puente de Sant’Angelo desapareció y permaneció perdido durante más de 50 años, para volver a aparecer una noche de tormenta como si no hubiera pasado. Hay muchas leyendas sobre lo que pudo pasar con el ángel, pero la favorita de los romanos, como buenos románticos, es que el ángel del puente se marchó por que estaba enamorado y que fue a buscar un corazón para amar y que cuando lo encontró volvió al puente. La leyenda también dice, que si te acercas mucho a ese ángel, puedes oír su rumor de latidos de piedra, y entonces verás que sus ojos siempre miran al gran ángel que cuida la fortaleza… 

Los amantes de agua


Veo nuestro amor y pienso en cientos de comparaciones, pienso que somos como el fuego, que nos quemaba al principio como un deseo incontrolable, pero que luego se convirtió en una llama firme y calida… pero el fuego es demasiado tempestuoso, demasiado intenso y efímero. Pienso en el agua, en como puede ser brava como una torrente o calmada como el agua que gotea suave por un canalón. El agua puede parecer calma y mansa cuando en las profundidades bulle en medio de una tempestad. El agua puede hervir ante la pasión más fogosa y convertirse en hielo ante la ausencia más triste…pero mi rey, mi amado, lo que importa es que el agua es una pizca de infinitud en un mundo tristemente finito…y eso, eso es tu amor para mi…

El amor friki

Estaba claro que la fuerza me acompañaba aquel día. Me había levantado pronto  y me había tomado mi gran tazón de cereales chocolateados frente a la televisión, tan ignorante yo de lo que me esperaba. Luego fue cuando las cosas empezaron a ir bien, mi camiseta favorita, la del logo de linterna verde estaba limpia y planchada esperando a que la llevara con orgullo en el día más claro y la noche más oscura...
Eso ya había sido bueno, pero el día había mejorado mucho cuando al llegar a clase me encontré con ELLA. 
Llevabamos semanas tonteando, pero ella decía que no le gustaban los frikis y que jamás nos entendería, así que yo ahogaba mis penas en eternas temporadas de todo lo que echaran por televisión, incluído sexo en Nueva York... ella era perfecta, todo lo que yo podía desear, era encantadoramente guapa, con una sonrisa preciosa y unos ojos...vaya ojos tenía. Su único fallo es que no era friki, y según ella el mío que yo lo era. Una vez me preguntó que cómo sería mi mujer ideal y le dije que me haría sonreír cada día y sería fan del Doctor Who. Ella sonrió de una manera muy extraña y no dijo nada, así que esa mañana cuando entré en clase y la encontré vestida con unos pantalones vaqueros cortos y una camiseta que rezaba "Bowties are cool". Sólo eso habría sido ya  sido suficiente pero cuando su boca sonrió diciendo " En el día más brillante, en la noche m´´as oscura, el mal no escapará a mi vista...el poder de Green Lantern"no pude evitarlo y  y sin pensarlo dos veces, me encontré a mi mismo besándola como si de una película se tratará... 
Ella pasó los brazos por detrás de mi cuello, sumergiéndonos a los dos más en el beso y cuando al fin conseguimos separar nuestros labios ante el estupor de toda la clase, ella fue la primera en hablar:
- Sabía que así lo entenderías, que yo te quería y que haría cualquier cosa por tí - susurró en un jadeo
Yo la miré, acaricié su pelo y le dije algo que yo ya sabía hacía tiempo pero que nunca me había atrevido a decir:
- Tú ya eras perfecta antes - ella sonrió aún más - Tu eres mi Rose Tyler...pero con algo de Amy Pond - ella rió y volvimos a besarnos. 

Una historia dedicada a todos aquellos frikis que hay por el mundo, porque no todos los amores son de novela romántica.

Lo que te echo de menos

En la soledad de mi noche pienso en ti una vez más, me visitas cada hora como un reloj de cuco bien afinado. Tu eres la presencia junto a mi almohada: es un sonido, tal vez una risa. Quizás una sensación, puede que una caricia. Tal vez un recuerdo…

Si, eres un recuerdo, un visitante no deseado que me recuerda cada oscuro minuto, que aún no estás conmigo, que te has marchado lejos de mí, llevándote contigo el calor de tu abrazo.

No saldrán de mis labios los sonidos, ni de mis dedos las palabras que puedan hacer justicia a lo que siento ahora.

Un escritor aficionado que se ha quedado indeciso ante una hoja de papel en blanco, con las palabras resistiéndose a ser escritas, estas son ingratas compañeras, ya que fluyen, se amontonan en la punta de mi lengua y de mis dedos, embarullando mis pensamientos, pero no encuentran cobijo ni cabida en este silencio, que las ahoga antes de salir, que las ahoga con un vaso de agua ahoga la llama de una vela.

Silencio de tu ausencia, que cubre como una manta mi cama, que en vez de darme calor solo me da frío y pesadillas…

Mix de historías

Hola bloggeros y bloggeras favorit@s! He decidido empezar una nueva manera de escribir (al menos por un tiempo). Aquí abajo aparecen dos comienzos de dos historias diferentes, la idea es que comenteis eligiendo una de ellas y dentro de unos días, cuando haya algun voto escribiré la segunda parte de la historia que hayais elegido, también con varias opciones. De esta manera sois vosotros los que me ayudais a elegir las historias!!
Espero que os guste esta nueva idea ^^
Besitoooos

1.
- Calla - le digo
Él me mira extrañado pero no dice nada más. Nos escabullimos entras las sombras del parque. El vigilante casi nos pilla en dos ocasiones. La tensión es magnífica.
Las nubes se alejan de pronto y la luna aparece, redonda como un queso, ilumnándolo todo con claridad diurna.
El estanque parece ahora un lugar propio de un libro gotico donde los amantes, ella muerta él vivo, se encuentran cada noche. Se me escapa una risilla, pero el aliento casi se me congela cuando una mano me aprieta el hombro.
- ¡Estúpido!- le siseó y puedo ver como su cara se ilumina perfectamente en la oscuridad.
- ¿Estás lista?- asiento con la cabeza y meto un pie en el estanque. El agua está fría, pero me refresca los pensamientos. Cuando me llega hasta la cintura me doy cuenta de que no hay vuelta atrás y me lanzo.
Me sumerjo hasta el fondo del estanque y busco con las manos. El fondo es blando y asqueroso...Las tonterias que hace una por amor...
2.
El calor era tan terrible, que incluso las chicharras se habían silenciado. El aire era denso, espeso y pegajoso, tan pesado como una manta. La arena de la playa se me quedaba pegada a la piel y ni siquiera el olor a mar fresca me eliminaba la sensación de pesadez...pero ay, ay, la dichosa camomila...todo olía a camomila: mi ropa, mi pelo, mi piel e incluso mi alma...Una extraña en la noche, el sabor de un beso a fresa, el olor de mujer mezclado en camomila, y despertar en la playa con la boca sabiendo a arena y una servilleta arrugada entre los dedos con dos frases:

GAME ON
¡BUSCAME!
¿Qué voy a hacer?¿Qué vais a hariaís vosotros? Yo lo tengo claro, mientras me levanto y sonrío tan cansado como euforico por el comienzo de un nuevo da diferente al resto...un día que huele endiabladamente bien a camomila...


Las líneas del corazón

El día era horrible, absolutamente horrible. No había ni una sola nube en el cielo, el calor era agradable y olía a césped recién cortado. A mi todo eso me hacía un nudo en el estómago y me daba ganas de vomitar.
Nada más salir de clase me puse los cascos, con Rammnstein sonando a todo volumen, para no oír el alegre parloteo de la gente y distraerme lo suficiente para no ver a los enamorados primaverales, que se besaban y abrazaban en el césped bajo el sol de Mayo.
No quería que nada de eso estuviera pasando, preferiría que el día fuera gris y oscuro, que el césped estuviera encharcado, porque si dentro de mi todo estaba tan roto y magullado ¿por qué el exterior era tan hermoso? No, no era justo, nada había sido justo, normal o alegre en las últimas semanas.
El tren llegó a su hora y esa monotonía, esa rutina, me infundió algo de ánimo. Al menos había algo que no cambiaba que no cambiaría repentinamente, dejándote devastado e inútil.
En el vagón viajaban apenas unas diez personas. Era pronto y en los primeros días de la primavera, después del largo invierno, la gente acostumbraba a quedarse descansando un rato en el césped, hablando con los amigos y discutiendo lo cerca que estaban los exámenes y lo pronto que tendrían que ponerse a estudiar. La dulce alegría de la ingenuidad. Mis amigos, preocupados por mí supongo, habían insistido para que yo también me quedará pero rehusé con una sonrisa y algunas bromas. Me sentía tan solo en mi dolor que no quería que ellos rozaran siquiera esa sensación.
El paisaje pasaba a toda velocidad por las ventanas. El mismo paisaje cada día, en cada viaje, otro pequeño atisbo de normalidad que tranquilizó mi inquieto corazón.
Apagué el reproductor de música y dejé que el silencio atronador me envolviera, y que el ligero traqueteo del vagón me arrullará un poco. Quizás si me quedaba dormido no sentiría mi vacio.
Sin embargo, no todo era silencio. Me di cuenta al poco, cuando se fue pasando el efecto del exceso de volumen en mis oídos. Si prestabas atención se podía escuchar un sollozo suave, casi un hipido. Busqué con la mirada por el vagón y de pronto vi que había una chica sentada frente a mí en el vagón.
Ella también iba sola. Sujetaba, más bien estrujaba, un pañuelo empapado de lágrimas en su puño. El pelo castaño, muy largo, se había quedado pegado a los mofletes en una maraña húmeda y pegajosa. Cuando ella levantó la mirada nuestros ojos se encontraron.
Vi en su mirada el mismo dolor que veía en la mía. En sus ojos gris acero vi que ella también sufría, que su corazón estaba roto como el mío. Sentí que su soledad era uno con la mía y el nudo de mi estómago se hizo más tirante para luego aflojarse poco a poco.
Con la valentía que sólo puede exhibir un extraño, me levanté de su asiento y me senté a su lado ofreciéndole un pañuelo. Ella sonrió, débilmente con los labios aún temblorosos por las lágrimas. Yo le devolví la sonrisa, algo cohibido porque ni yo mismo sabía lo que estaba haciendo, pero no me iba a mover de allí.
Cuando se hubo secado las lagrimas y sonado la nariz un par de veces, agachó la cabeza hundiéndola entre las manos y dijo con la voz aún temblorosa y cortada:
- Me ha dejado…y duele…mucho –
Yo tenía razón. Lo que yo había sentido al mirarla a los ojos era cierto, ella estaba tan abandonada como yo. Éramos dos personas a las que les habían arrancado un trocito de su alma, pero que sorprendentemente aún andábamos, hablábamos, comíamos y sentíamos. Le puse la mano encima del hombro y ella alzó la cabeza con un respingo:
- Si, duele muchísimo, pero tarde o temprano se pasará –
Cuando lo hube dicho en voz alta me di cuenta que llevaba razón. Llevaba tanto tiempo lamentándome en mi dolor que no me había dado cuenta que poco a poco la herida se iba cerrando. Yo había amado, había sido amado y me habían despreciado. Empezó tan repentinamente como terminó, pero yo no me arrepentía. No tenía por qué hacerlo, sólo tenía que superarlo. Ella pareció comprenderlo también y esta vez sonrió de verdad y sus ojos se iluminaron un poco.
Recuerdo que aquella tarde recorrimos la línea entera, muchas veces hablando, otras muchas en silencio. Fue maravillosamente extraño. Ella sonreía y yo notaba como el peso de mi corazón se iba haciendo más ligero con esas sonrisas y veía que la tristeza de ella también se hacía menos espesa.
Al despedirnos la besé en la frente. Como todo en aquel viaje fue improvisado y sincero. Ella pareció confusa al principio pero luego sonrió de nuevo para mí. Era la sonrisa de una amiga, de una compañera de soledad. Se despidió con la mano y se marchó.
Podría deciros que no volví a saber de ella y que no la volví a encontrar y que aquel fue el mejor viaje de mi vida…pero os diré la verdad.
La verdad es que salía cada día corriendo de clase para coger ese tren esperando que ella estuviera allí. Esperando volver a verla. No sé lo que esperaba de verdad, quizás solo verla sonriendo al hablar con alguien o ver esos ojos grises sin tanta tristeza.
Los meses pasaron, pasaron los exámenes, el verano y el comienzo de curso y yo empecé a olvidarme de ella. Se convirtió en un recuerdo precioso, en algo que se atesora y se guarda.
Era un día como cualquier otro, yo con mi música taladrándome los oídos, el traqueteo rítmico del vagón y la cabeza llena de cosas que hacer. Seguro que habéis sentido alguna vez ese hormigueo en el cuello, cuando alguien os mira. Eso es exactamente lo que sentí yo, seguido de una sensación de vacío en el estómago. Ya sabía lo que iba a encontrar cuando me diera la vuelta.
Sus ojos grises me miraban ahora brillantes, traslucidos, llenos de luz propia. La garganta se me quedó seca cuando ella sonrió. Tanto tiempo buscándola y ahora no sabía qué decirle. Las palabras más torpes salieron de mi boca:
- He estado buscándote – dijo mi lengua de trapo mientras su sonrisa se ensanchaba.
- Lo sé – ella puso su mano suave sobre mi cara – Ya no duele –
No dijo nada más pero fue suficiente. Entendí que ella había estado curándose, al igual que yo, esperando al momento en que el corazón dejara de doler y estuviese listo para otra aventura hacia lo incierto. Ambos estábamos preparados para esa aventura, comprendí mientras besaba sus labios y daba el pistoletazo de salida hacia lo genuinamente incierto.

FIN

El diario de los amantes bobos (Parte 1)

Buenas de nuevo lector@s!! Aqui traigo la nueva entrega de mis diarios, aunque para los que les gusten las historias largas, siento decepcionarles, pero este solo tendrá 3 partes y bastante cortas cada una. Esta historía se me ocurrió hablando con un amigo, sobre lo dificiles que son todas las relaciones y de lo complicado que lo ponemos todos, hombres y mujeres. Espero que sepais leer entre líneas ^^

Diario de Elena, 1995

Hoy he tenido mi primera cita con David, el chico ese sobre el que escribía antes, ese tan guapo, con esos ojos tan verdes que cuando sonríe parece que te vas a caer de culo…El otro día me invitó a salir, bueno algo así. Vino con gesto cabreado, tanto que mis amigas se apartaron pensando que nos iba a pegar o algo, se me quedó mirando y luego me dijo que tenía entradas para una “peli” que nadie quería ver con él y que si quería ir con él. Me moría de ganas por decirle que sí, pero entonces habría parecido una chica fácil así que espere un par de días hasta decirle que sí.

Ese día era una matojo de nervios, vacié el armario encima de la cama, pensando en qué ponerme y como estar guapa, MUY guapa. Me pasé horas durante el espejo maquillándome, peinándome y echándome toda la clase de potingues que tenía.

Una pena, por que cuando llegué el apenas me miró y en seguida me llevó dentro del cine. Era una película muy romántica, de esas que hacen llorar y todo. Yo esperaba esperanzada, que cuando los protagonistas después de todo el drama, acabaron besándose bajo la lluvia, él cogiera mi mano y me besara a mí también. Y de verdad que parecía que iba a hacerlo, pero al final parece que se arrepintió y volvió a meter la mano en la bolsa de las palomitas.

La película terminó y ya era hora de volver a casa. Me acompaño hasta la puerta y nada más, ahí también me quedé con las ganas del beso, pero que se le va a hacer, al final igual solo me invitó porque tenía una entrada de más. Debería haberme lanzado en vez de esperar a que se lanzara él…

De película

“Nadie obtiene en esta vida todo el cariño que se merece”
La frase flotaba una y otra vez por mi cabeza mientras volvía a casa del cine. La película había sido magnífica, la banda sonora era tan intensa y triste que el corazón se estremecía, aún así, esa frase me había calado mucho más hondo que lo demás.
Quizás fuera porque fui al cine sola y al estar rodeada de gente mucho más acompañada, mi soledad se hizo más grande. Quizás fue porque de alguna manera, me sentí identificada con la protagonista y su vida llena de tesituras, enredos y dolor.
No sabría concretar el por qué, pero esa frase se había colado en lo más oscuro de mi mente y no era capaz de sacarla de allí.
Yo tampoco había obtenido todo el cariño que merecía, ni siquiera el que necesitaba, y ahora, a pesar de que mi vida no había llegado aún a la madurez, me sentía terriblemente vacía y falta de ese calor, que solo se puede conseguir con amor.
Abrí la puerta de mi casa, y mi gato, gordo y viejo, se coló entre mis piernas frotándose y haciendo así de su saludo la única muestra de cariño de mi día. Me agaché para acariciarle tras de las orejas y lo cogí en brazos mientras me dirigía al salón.
No esperaba yo lo que aguardaba sentado en mi sofá. La misma sudadera negra que el día que se marchó, dejándome ese vacío helado en mi interior. Los mismos ojos, ahora más cansados, en los que yo me había mirado tantas veces, como un espejo de aguas turbias. Las mismas manos, cruzadas en un gesto nervioso, que me agarraron aquel día por las muñecas. La misma boca, que susurró ahogada las palabras que fueron mi muerte y que suplicaban una y otra vez que no llorara.
Me había quedado muda. Él permanecía silencioso. Descruzó las manos, mostrándome una copia de la llave de mi casa, que aún conservaba. En mis brazos el gato pugnaba por liberarse de mi férreo abrazo, a cada momento más tenso. Lo dejé ir y trotó hacía él, que recompensando su lealtad le acarició hasta que el caprichoso felino se aburrió.
Yo seguía sin palabras y por fin él se lanzó a hablar. Me dijo cuánto lo sentía, se disculpo por sus errores y melló sus defectos. Destapo su alma ante mi, una vez más. Mientras yo, apenas le escuchaba, solo veía como se movía, sus manos, ansiosas, jugueteando con un cordón, y sus ojos brillantes por lo que se podrían llamar lagrimas de hombre.
Fue ahí cuando recordé otra frase, de otra gran película, mucho más antigua y sin querer, como en un momento romántico digno de cualquier filme, salió de mis labios:
- Calla, calla… ya me tenías con el hola -

Buenas!! Me he tomado un descansillo entre estudio y estudio para escribir esta mini historía. Me ha costado lo mio redactarla, porque está basada en un suceso personal algo doloroso, pero para mi es una manera de dejarlo atrás ^^.
Para los que estén interesados, la primera frase pertenece a la película "Memorias de una geisha" que si no la habeis visto os la recomiendo, por que tiene unas frases y una fotografía genial. La segunda pertenece a "Jerry Maguire" protagonizada por Tom Cruise y que a mi me gusta mucho también!
Un saludo y feliz vuelta de vacaciones a los que ya estais por aquí ^^

Eclipse

Nuestros mundos eran tan distintos, que no podían existir al mismo tiempo. Vivíamos separados, por siempre, para siempre, sin posibilidad de cambiarlo. Apenas nos atisbábamos unos instantes en nuestro recorrido. Ella era dorada y hermosa, brillaba sola y potente en su mundo azul y cálido. Mi mundo era oscuro y frío y vivía rodeado de un millar de bellas mujeres, que en cada momento buscaban mi favor. Pero todas eran llamas pálidas, frías e insignificantes, no eran más que simples destellos a la sombra del brillo de mi amada.

Vivimos enamorados desde que el mundo existió y desde entonces vivimos separados. Nadie sabrá jamás de nuestro amor, de nuestras penurias, nuestras sonrisas robadas y nuestras lágrimas acalladas, pues nadie sabrá nunca de nuestro amor. Un amor tan puro, que no conoce el pecado, un amor platónico nacido de la búsqueda de nuestras almas gemelas. El único amor que podremos alguna vez conocer y el único se nos permitirá albergar.

Yo velo sus sueños, iluminando su cálida y sedosa piel, como mi manto níveo y etéreo, y ella calienta los pliegues de mi mundo al alzarse hermosa y triunfante una vez que mi reinado de oscuridad desvanece. Somos la alquimia eterna, lo que siempre sigue, lo que siempre rota. Somos, seremos y fuimos.

Solo una vez, se nos concedió el momento de estar juntos. Fue una sola vez, un instante robado a la eternidad. El camino se detuvo ante nuestro cruce. Su luz creció a mi alrededor, quemándome la piel, mientras mi frío arrancaba de sus rosados labios pequeñas nubes de aliento helado. Nuestras manos se cruzaron y el mundo se volvió negro bajo nuestra luz. Algo tan poderoso no podía existir, así que los astros imperturbables mantuvieron el camino, alejando su cálido tacto de mi de nuevo. Añoré aquel roce de un segundo. Añoré el beso que no ocurrió pero que rozo mis labios en un sueño. Añore la sonrisa que se dibujo en sus labios y luego en sus ojos al mirarme. Lo añoré siempre y rogando a mi pálido harem, desee que por una vez, volviera a ocurrir aquel milagro y poder tocar esta vez sus labios, hechos de cálida luz. Solo una vez, una sola vez más quería dejar abrasar mi piel.

Inés&Raúl: La lluvia se lo lleva todo (Final)

Por fin me atrevo a colgar la ultima parte de este diario. Me ha llevado mucho tiempo decidir cual sería el final para estos dos, así que espero que os guste. Un saludo^^


La lluvia me caía como una pesada cortina sobre los ojos, las piernas me pesaban como si fueran de plomo, pero seguía corriendo. Seguí corriendo casi ciega por la lluvia, buscándole.
Le encontré donde esperaba. Estaba sentado en el parque donde soliamos jugar de pequeños, la mirada baja, clavada en el suelo. No la levantó cuando llegué a su lado, pero habló:
- ¿Qué haces aquí Inés?
- He…venido…a… buscarte – casi no podía respirar por la carrera mucho menos hablar
- ¿Por qué? – en ese momento levantó la mirada y me encontré con un abismo gélido que pretendía engullirme
- Por que te quiero – la respuesta me salió sola, natural y limpia y mi pecho se relajó por el peso de la verdad
Se rió y se levantó del banco poniéndose frente a mí. Me sacaba casi una cabeza así que tuve que alzar la vista para mantener su mirada:
- ¿Qué me quieres? – sus ojos estaban llenos de orgullo – No me jodas Inés, tu solo te quieres a ti misma – el reproche me dolió, pero me mantuve firme
- Ya no es así –
- Siempre ha sido así – alzó la mirada y siguió hablando – cuando yo me marché decidiste que no merecía la pena esperarme, que sería mejor liarse con algún imbécil-
- ¡Por dios Raúl! ¿Cuántos años teníamos?¿ocho?-
- Yo ya te quería con ocho años Inés – me volvió a mirar y la esperanza aleteó nerviosa en mi corazón – pero me has demostrado que ya no eres quien creía – el aleteo murió en la tempestad de ira de sus ojos – jamás te podré perdonar por lo que eres ahora-
La puñalada se clavó en mi corazón y casi sentí como los pedazos se deshacían en mi interior. Las lagrimas llegaban a mis ojos a toda prisa y por una vez en aquella maldita tarde agradecí la lluvia que me empapaba la ropa y me estaba dejando helada. Agradecí el frío que impedía que mi cara se enrojeciera más aún y agradecí la mirada cruel de Raúl, en la que no había esperanza a la que agarrarse. Se había acabado, mi viaje había acabado antes de empezar.
Incapaz de pronunciar otra palabra me di la vuelta y eché a andar todo lo deprisa que mis doloridas piernas me permitían. Quería desaparecer, esconderme bajo el barro que inundaba la calle. Quería irme de allí.
Sin embargo mi cuerpo no podía más. Mis cansadas piernas se negaban a llevarme a casa y mi cabeza estaba demasiado embotada para encontrar el camino. Al final acabé me acabé sentando en la parada del autobús, a salvo bajo la marquesina de cristal coloreada de grafitis. Me encogí, abrazando mis rodillas con mis brazos y dejé que la suave somnolencia me atrapara. Tenía frío, si, pero eso no importaba, solo quería dormir un poquito…
Me desperté poco a poco, ahora ya no hacía frío. Algo grande y pesado me caía sobre los hombros, dándome calor, aunque también estaba húmedo. Abrí los ojos lentamente, arropada por aquel calor suave. Había alguien de pie junto a mí pero me costaba enfocar la vista.
Cuando mis ojos enfocaron del todo vi a Raúl de pie frente a mí. Tenía la respiración agitada y me miraba con el rostro enrojecido. Sus ojos me miraban ya sin ira, pero yo no podía entender nada…
- Raúl…qué…- intenté preguntar
- Mentira – dijo entre jadeos
Alcé la mirada aún más para que nuestros ojos se encontraran. Ahora me di cuenta de que los tenía rojos. Frunció los labios y se agachó para poner sus ojos a la altura de los míos:
- Todo lo que dije antes era mentira –
Debía haberme quedado dormida en la parada del autobús por que esto no podía estar ocurriendo. No después de todo lo que había dicho:
- Yo… - me miró como intentando explicarse – cuando volví y te volví a ver…bueno, tu eras mucho más de lo que yo recordaba…pero habías cambiado por dentro… y yo no formaba parte de tu vida ya….-
Bajó la mirada, buscando como seguir. No pude evitarlo y le acaricié el pelo. Era negro y brillante, mojado, y tenso. Sorprendido alzó la mirada y se encontró con mis ojos.
Raúl
Sus ojos estaban tan llenos de pena, que se me encogió el corazón en el pecho. No lloraba ahora, pero los ojos la traicionaban. Su caricia me había sorprendido.
Me había costado llegar hasta allí. Me había ensañado con ganas con uno de los árboles del parque hasta que me había calmado.
Mi orgullo no paraba de gritarme que no fuera, que no perdiera que ella no debía ganar. Pero aún así sentía que estaba perdiendo. Al final salí corriendo tras ella
Cuando la encontré estaba medio dormida en una parada de autobús, helada y calada hasta los huesos. Le puse mi cazadora sobre los hombros y la abracé hasta que entró en calor. En cuanto empezó a despertarse me separé de ella.
Había intentado decirlo lo que sentía de verdad, lo que pensaba de ella, pero ahora no podía, sus ojos estaban tan triste que me ahogaban en sus lagrimas. Me sentía miserable por haberla hecho llorar, no sabía qué hacer, y al final ella tomó la iniciativa
Me cogió la cara con manos temblorosas y frías y guió mi mirada hacia la suya. Había tantas cosas que me decían que no siguiera que no lo hiciera que estuve a punto de echar a correr otra vez, pero ella dijo lo que necesitaba oir, lo dijo aunque en ese momento no me lo mereciera
- Te quiero –
Lo dijo tan bajo que apenas fue un susurro, pero a mí me dejó un sabor dulce y cálido en los labios. Entonces fui yo quien me levanté y la abracé. Acurruqué su cara contra mi hombro y acaricié su pelo ahora corto y desmelenado. Ella me agarraba con fuerza de la camiseta, y notaba como sus lagrimas cálidas se mezclaban con la lluvia que empapaba mi ropa.
La separé de mi solo un segundo para mirarla a los ojos y decirle lo que siempre había pensado. Lo que me había vuelto loco de celos, orgulloso e irracional:
- Tú lo eres todo para mi, te quiero, te quiero, te quiero…- se lo seguí diciendo mientras le limpiaba las lagrimas con mis besos.