Relojes de arena
Rios carmesÃ
Alma de Blues
Quiero que mi voz sea cadenciosa y triste cuando le cante a la muerte que me perdone un dÃa más ...
Tan sola
El mundo esta lleno de gente pero yo ahora me siento sola. Camino por calles llenas de gente que corre, rie y se abraza, pero ellos...ellos estan tan lejos para mi como las estrellas por que mi soledad no es una soledad normal, que nose resuelve con helado y peliculas romanticas por que mi soledad es algo tan profundo que solo tu has podido crear algo asi y solo tu podras curarme de ella...
Vuelve a mi
La negra noche acalla pero no apaga mi dolor,Tiemblan mis manos, ansiosas, que tu tacto anhelan
Lloran los viejos árboles lágrimas amargas de roció
Lloran ellos tu ausencia como la lloro yo
Largas tardes rojas han pasado desde que tu amor me juraste
Ahora sé que yo para ti no fui más que el roce de un amor fugaz
Tú para mi fuiste la estrella que ilumino mi senda
y alimentó mi alma
Al marcharte dejaste en oscuridad perpetua mi luz,
en desvanecido frÃo mi abrigo
en eterna soledad mi corazón
Vuelve, vuelve a mÃ
Carta de un futuro probable
Hola, mi nombre es Brooke y estoy viviendo el fin del mundo.Parad todas las ideas que tenéis ahora mismo sobre el fin del mundo. No ha habido grandes catástrofes naturales, ni una gran guerra, ni armas nucleares. No, a los que estéis leyendo esta carta os diré que lo que acabó con el mundo fue la estupidez humana, pero sobre todo su vanidad.
Debo contaros como es mi mundo de ahora. No imaginéis calles vacÃas con grandes plantas rodadoras yendo de un lado a otro. Ni la naturaleza tomando las ciudades. Tampoco hay animales salvajes ni seres venidos de otro planeta.
Todo sigue estando casi como en vuestra época, las calles siguen estando llenas de gente que pasea de un lado a otro con sus prisas y pensando solo en sus cosas. Quizás eso fue lo que nos trajo hasta aquÃ, que nadie se dio cuenta de lo que les ocurrÃa a los otros hasta que fue demasiado tarde.
Voy a dejarme de misterios y catastrofismos y os diré de una vez que es lo que pasa en mi mundo que lo hace tan terrible…
¿Recordáis a aquellas modelos delgadas de vuestro tiempo?
¿Recordáis cómo se las vanagloriaba y se las trataba como a diosas de la delgadez?
¿Recordáis como todas querÃais ser como ellas y os sometÃais a dietas horribles solo para adelgazar un kilo?
Pues bien todo eso se ha llevado al extremo en mi mundo. Hubo un momento, un momento extraño, en el que una mujer, que creÃa con todas sus fuerzas en esos dogmas, subió al poder del paÃs más poderoso del mundo.
Su extrema delgadez aparecÃa a cada momento en la televisión, en las revistas, en internet. Su rostro chupado, de pómulos huesudos y labios abultados empezó a ser el referente para todo el mundo. No me refiero solo a un puñado de adolescentes hormonadas que harÃa cualquier cosa para parecerse a ella. No, fue todo el mundo: altos directivos, amas de casas, ministras…desde el escalafón más alto al más bajo, las mujeres fueron cayendo bajo esa absurda maldición.
Hubo resistencia no lo dudéis, hubo unas cuantas que decidieron resistirse y seguir siendo como eran…pero su resistencia duro poco. Las grandes empresas textiles, frotándose las manos al ver que la nueva tendencia les ahorrarÃa mucha dinero en materiales, empezaron a hacer sus tallas cada vez más pequeñas, tanto que un dÃa, aquellas que habÃan decidido resistirse no tuvieron donde ir a comprarse la ropa. Cuando entraban en una tienda, las esqueléticas dependientas las miraban con desprecio y las decÃan que allà no habÃa ropa para gente como ellas.
Las hicieron sentir gordas. Las hicieron sentir miserables. Las hicieron verse horribles. Las hicieron sentir tan mal que al final cayeron como todas las demás.
Y os preguntareis que estaban haciendo los hombres en aquel momento ¿no?
Al principio ellos también adoraron a aquella huesuda mujer que las habÃa embrujado a todas , pero poco a poco, al ver que los cuerpos de sus amantes, de sus mujeres, des sus hijas, dejaban atrás sus sugerentes y sanas curvas para dar paso a un saco de huesos apenas recubierto de piel, comenzaron a alarmarse. Fueron ellos los primeros en darse cuenta de que aquello que tan sugerente parecÃa en las páginas de las revistas, cubierto de maquillaje y photoshop, no era nada atractivo en la vida real.
Ellos se rebelaron, se rebelaron con todas sus fuerzas. Intentaron decirlas que eran hermosas, las más hermosas, sin importar el peso o el aspecto que tuvieran. Pero ellas no les escucharon.
Nadie escuchó. Nadie quiso ver. Nada se hizo, y pronto empezaron los sucesos más escalofriantes empezaron a ocurrir.
Lo primero que empezó a ocurrir es que las tiendas de comida comenzaron a cerrar. La gente no comÃa más que apio y algunas zanahorias. Hubo algunos que incluso empezaron a alimentarse solo de suero.
Luego llego la época de las discusiones. Yo era muy pequeña por aquel entonces, pero mi madre siempre me decÃa que podÃas escuchar a la gente gritarse durante toda la noche. El hambre auto impuesta, volvÃa a las personas irascibles. Las peleas empezaban por cualquier nimiedad.
Luego llegó la Época del Silencio y la caÃda de los hombres.
El silencio llegó cuando los hombres cayeron o viceversa, el caso es que un dÃa uno de aquellos hombres que tanto luchaban por hacer sentir a sus mujeres hermosas se volvió como ellas. Dejó de comer, dejo de sonreÃr y se volvió huraño.
Cayeron muchos en aquella época, pero algunos, los que aún no tenÃan las neuronas demasiado adormiladas por el hambre, decidieron huir de las ciudades. Huyeron más allá de las junglas de cristal y metal para refugiarse en el campo donde la comida crecÃa de la tierra y la locura por la delgadez no llegarÃa.
El último de los grandes problemas fue el más terrible de todos. Los niños. No hubo más de ellos. Ni uno más.
Quizás no lo sepáis pero la extrema delgadez que mantenÃan las mujeres las hacÃa infértiles, y aquellas que por alguna extraña casualidad quedaban embarazadas abortaban en seguida, ya que no querÃan ver su escuálido cuerpo hinchado por la felicidad del embarazo. Y ya no hubo más niños.
Aquellos que nacieron antes de la locura seguÃan siendo mantenidos por sus padres, pero con la misma austera e incompleta dieta que sus padres practicaban.
A veces los veÃa pasar escondida tras mi ventana. Andaban medio sonámbulos por las calles, con los ojos hundidos en el rostro, sin sonrisas, sin ganas de jugar. El hambre era demasiado grande…
Creo que con todo lo que os he contado os hacéis una idea de cómo es mi mundo ahora. Yo nacà antes de toda la locura, pero por suerte para mà mis padres siempre fueron rebeldes. Mi madre nunca dejó que nadie la hiciera sentirse mal por tener “curvas” como le encanta decir a mi padre, que la abraza por la cintura y le dice que le encanta que sea “mujer”.
Yo tengo la suerte de decir que nunca he pasado hambre y que aunque nunca he jugado con otros niños, siempre he sido feliz.
Hoy voy a dejar la ciudad para siempre con mis padres. Iremos a vivir al campo, a una casa rodeada de huertas de las que podemos alimentarnos.
Sé que es probable que este programa ya no funcione y no envÃe mensajes al pasado, pero si alguien lo lee, me gustarÃa que se parara a pensar un momento y se lo dijera a todo el que pueda.
No dejéis que vuestro mundo se convierta en el mÃo.
Sentiros hermosas aunque todo el mundo os diga lo contrario.
La talla de la ropa no marca vuestra valÃa recordadlo.
Espero que en el futuro sigáis sonriendo.
Me despido deseándoos mucha suerte.
Brooke
Espero que os guste esta entrada, después de haber estado tanto tiempo sin escribir, estoy un poquito oxidada XD
Siento estar actualizando tan poco ultimamente, pero he estado un poco en dique seco y centrándome más en la pintura ultimamente, pero bueno intentare esforzarme un poquito y actualizar aunque sea una vez al mes.
Un saludo
PD: aqui esta la dirección de mi pagina en deviant art por si alguien está también por esos lares y quiere echarme un ojo ;)
http://cameliasecret.deviantart.com/
El juego (Parte 1)
Después de tanto tiempo sin escribir empiezo una historÃa en partes con algo de misterio, intriga y erotismo. Espero que os guste^^Como todos los demás dÃas fue el repiqueteo de la lluvia en mi ventana lo que me despertó. Como todos los dÃas saludé al cielo gris acero que se derramaba sobre los edificios y que empañaba con su frÃo mi cristal.
Como siempre, salà de la habitación con el pelo revuelto, la cara sin lavar y el pijama medio desabrochado. Como cada dÃa mi compañera de piso no levantó siquiera la vista de su taza de café para mirarme. Me preparé el mismo desayuno de siempre, nesquick con leche frÃa y galletas de mantequilla. Al principio, cuando todavÃa nos reÃamos juntas, mi compañera solÃa burlarse alegremente de mà por mi infantil forma de empezar el dÃa.
La única mirada que me dirigió fue cuando salÃa de casa. Fue una mirada llena de reproche y algo de compasión, pero no dijo nada, ya se habÃa cansado de insistirme en que debÃa seguir con mi vida, volver a clase, coger las llamadas de mis amigos. Se habÃa cansado de intentar traerme de vuelta.
Horas después, tras haber disfrutado de mi tiempo de soledad y lluvia frente a mi ventana, decidà que era el momento de salir a hacer la compra al menos. Escogà al azar un chubasquero gris de mi armario y cogà un paraguas en la entrada tan negro como mis noticias. Aseguré las llaves en mi mano y el bolso en mi hombro y salÃ.
Estaba esperándome sobre el felpudo.
Al principio no la vi, pero su impoluta blancura sobre el marrón negruzco del felpudo atrajo pronto mi mirada.
Era un sobre de tamaño normal, de papel grueso y textura rugosa. Algo elegante y sofisticado. No habÃa ni remitente ni dirección, en su lugar sólo habÃa un número escrito con elegancia en el anverso.
13.
La carta pesaba en mis manos y yo no sabÃa muy bien qué hacer con ella. Al final decidà que debÃa abrirla y si no era para mà en seguida la entregarÃa al conserje para que la entregara a su dueño.
En su interior, con letra picuda y elegante habÃa escritas unas breves frases:
Si usted ha recibido esta carta es porque su vida necesita de este juego.
El juego comenzara en cuanto usted haya abierto el primer sobre y terminará cuando encuentre el ultimo.
Señorita X, estaremos esperando su decisión
No me lo podÃa creer. Era tan extraño que parecÃa sacado de una pelÃcula. Miré y remiré el sobre buscando algún indicio de su remitente. Nada. Cuando agité el sobre entre mis manos dos sobres más pequeños cayeron sobre mi regazo.
Con la misma letra elegante se habÃa escrito una palabra en cada uno de los sobres: SI y NO.
Los sobres se quedaron en mi regazo durante interminables minutos. La gotera del dejaba caer las gotas al ya desgastado suelo del pasillo con insistente armonÃa mientras yo no podÃa apartar la vista de los dos sobres. En mi pecho el corazón me latÃa acelerado, como el de un polluelo que en el nido, abre las alas por primera vez para echar el vuelo.
Al final, con la mano temblorosa, los nervios a flor de piel cogà uno de los sobres y lo abrà con dedos torpes y asustados. Al momento, el otro sobre que aún descansaba en mi regazo empezó a reducirse a cenizas hasta que no quedó nada de él. Ya no habÃa vuelta atrás.
Observé la palabra que quedaba en mi sobre, la decisión que no podÃa deshacer y el SI me devolvió la mirada desafiante y orgulloso, instándome a desvelar sus misterios.
Abrà el sobre allà mismo sobre el frÃo suelo de baldosas. No contenÃa mucho, solo una vieja tarjeta de visita amarilleada por los bordes y a su lado, cogido con una elegante pinza con las iniciales IP, un mapa recién impreso de la localización.
Sin pensarlo dos veces y segura de querer emprender la aventura que me proponÃa el sobre me lancé a la calle en busca de el destino de mi mapa.
Me costó más de una hora encontrarlo. Era un pequeño restaurante semi oculto tras dos grandes edificios en la parte antigua de la ciudad. En su fachada habÃa un gran cartel amarillento con letras marrones redondeadas que anunciaba comida casera y trato amable.
El interior era acogedor y tenue. La sala rectangular que conformaba el restaurante, contaba con poco más de una docena de mesas, la mayorÃa vacÃas, y estaba iluminada por auténticos candelabros que goteaban cera sobre las paredes de piedra.
En seguida una joven de ojos color miel salió a mi encuentro y me preguntó con un ronroneante acento marroquà si deseaba sentarme. Sin saber muy bien que decirle le enseñé el contenido del sobre que se encontraba a buen recaudo en el bolsillo de mi impermeable. Su rostro se iluminó y con una sonrisa me acompañó a una de las mesas escondidas en la parte más intima del restaurante.
Allà me esperaba un hombre, o eso supuse, ya que la sombra de la pared no me dejaba más que intuir el brillo de su cigarrillo encendido, bajo el ala ancha de su sombrero.
Estuvimos unos segundos en silencio hasta que el desconocido comenzó a hablar con voz cadenciosa y pausada mientras daba largas caladas a su cigarrillo:
- Por lo que veo ha decidido usted entrar en el juego señorita X –
- Sólo elegà un sobre –
- Eso es suficiente para entrar –
- No sé en qué estoy metida, ni quién es usted –
- Aún asà ha decidido venir –
- Sólo por curiosidad, ha sido pura casualidad –
- La casualidad no existe y usted mejor que nadie lo sabe –
El cuchillo de hiel se clavó en mi garganta al oÃr de sus labios esas palabras y al ver en sus ojos, tenuemente iluminados por el cigarrillo, girones de compasión
- Ha sido un error venir aquÃ- digo mientras me levanto para marcharme.
- No, no lo ha sido, y usted lo sabe tan bien como yo – noto como me mira desde la sombras y veo su mano salir de la oscuridad – vuelva a sentarse por favor – hago lo que me dice – le prometo que si sigue jugando, cuando termine, todo ese dolor que lleva dentro habrá desaparecido y podrá a vivir su vida como era antes –
- ¿Cómo? – es una sola palabra ahogada que se escapa de mis labios.
EL frÃo perdón
Este quiero dedicarselo a mi nuevo "critico"!Muchas gracias^^El amanecer avanzaba lento y frÃo por el horizonte mientras ella esperaba. La cama se habÃa quedado revuelta, de la noche pasada en vela. En la mesilla, brillaba con luz propia el frasco de cristal que habÃa comprado al boticario. El elixir para su libertad.
Empezaba ya a sentir el frÃo en las manos y en el rostro. SentÃa como su alma se iba despegando de su cuerpo lentamente y como al final, el suspiro de la muerte en su nuca cortó todas las ataduras. Ella se sintió ligera y suave como el aire y volviendo la vista atrás contemplo como su cuerpo terrenal quedaba tumbado en el suelo, con los labios amoratados por el veneno.
Ante ella se abrió un camino de luz pálida y frÃa. Estaba atemorizada, aún asà sus nuevos pies fantasmales la guiaban hacia aquel camino brillante, que era cálido y frÃo a la vez bajo sus pies.
La joven anduvo por el pasaje de luz tanto rato, que pensaba que no se acabarÃa nunca y su condena por su cobarde apto serÃa rondar por aquel camino toda su otra vida. Sin embargo, pronto aparecieron ante ella una puerta enorme.
Era tan grande la puerta, que aún mirando hacia arriba no podÃas ver su fin. De la puerta colgaba una aldaba enorme en forma de cabeza de Gorgona. La joven llamó a la puerta asustada.
La Gorgona cobró vida de pronto y la joven se encontró rodeada de serpientes, que siseaban cerca de su oÃdo. Los ojos de la Gorgona clavados en ella:
- Tu nombre niña – rugió la Gorgona
- Aileen –
- ¿Cuál fue tu muerte?-
- Me envenené –
Las serpientes de la Gorgona sisearon con más fuerza y su dueña torció el rostro. La aldaba no dijo nada más y volvió silenciosa a la puerta. Nada sucedió durante un momento, pero los goznes de la puerta chirriaron y esta empezó a abrirse lenta y pesadamente, abriendo paso a Aileen.
Con el miedo haciéndole temblar las rodillas Aileen cruzó la puerta. Hubo un fogonazo de luz que la dejó ciega unos instantes y luego la sala apareció entre sus ojos.
Era grande, inmensa, azul como el cielo de verano. Largas columnas se alzaban hacia el techo, rectas y orgullosas, sujetando una bóveda de cristal brillante. La sala estaba llena de gente, no, de figuras tan fantasmales y etéreas como ella, que clavaban sus ojos sin brillo en la recién llegada.
Al fondo de la sala, sentada en el trono más majestuoso que Aileen habÃa visto jamás, estaba sentada una mujer. TenÃa la mirada frÃa y temible, los labios finos apretados en una lÃnea, el cabello blanco y ralo cayendo por los hombros hasta la cintura. Sus ropajes eran sencillos, como los de los demás espÃritus, pero sus ojos estaban llenos de vida y brillaban como ascuas.
La sala, a pesar de estar llena de gente, guardaba silencio absoluto y todas las miradas estaban clavadas en la mujer del trono, que no apartaba sus ojos de Aileen. Cuando por fin se decidió a hablar su voz, firme y cadenciosa, reverberó por toda la sala, llenándola de vida.
- Aileen, caminante del camino de la luz, la Gorgona nos ha avisado de tu llegada –
Los espectros empezaron a zumbar cuando la mujer pronunció su nombre. Un escalofrÃo le recorrió la espalda a la joven al escuchar aquel sonido tan fantasmal. SentÃa todas aquellas miradas vacÃas clavadas ahora en ella, viendo todo lo que antes habÃa ocultado su piel y la juzgaban. Eso era aquello, un juicio, su juicio, y aquella mujer de mirada penetrante no era otra cosa que su juez.
La mujer bajó del trono y se situó frente a Aileen, que temblaba de pies a cabeza. Su voz se dejó oÃr de nuevo, acallando el siniestro zumbido:
- Sabemos de la forma en que moriste – estaba tan cerca que Aileen podÃa sentir el frÃo que emanaba de ella y que la envolvÃa empeorando su temblor – has cometido un agravio al señor de los FrÃos –
Esta vez cuando su voz cesó no llegó el zumbido. Los espÃritus permanecieron silenciosos, mirando ahora a la mujer. Aileen no se atrevÃa a levantar la mirada, pero cuando la mujer prosiguió, la fuerza de su voz la obligó a hacerlo:
- Pero el señor de los FrÃos ha visto tu vida y ha decidido perdonarte – al cogerla de los hombros su tacto se volvió cálido y la joven dejó de temblar
- Tu vida como mortal fue desgraciada y tu muerte trágica, por eso mi señor ha decidido otorgarte un gran deber– los espectros a su alrededor iban desapareciendo poco a poco y pronto solo quedaron ellas en la sala
- ¿Cuál es ese deber?- preguntó aún asustada
- Tú serás la encargada de que aquellos que han sido desgraciados, no lo sean también en su muerte -
- ¿Pero cómo? –
- Tú pequeña, que llevas la luz en tu nombre, iluminarás su camino y les guiarás a un lugar donde puedan ser felices, aún en la muerte –
Hola lectores mios! a que noa divinias que? sii también es una historia para mis cuentos del hielo...ya sé que os estoy bombardeando mucho con este tema pero de verdad vuestra opinión es muy importante, y en este especialmente por que no estoy segura de que vaya bien con los anteriores. Un saludo!!
"Memoria de pez"
A pesar de que ya me habÃa despedido hasta septiembre, no he podido resistirme a colgar este relato. Espero que os guste y os emocione tanto como a mÃ, y una vez más, que paseis buen verano^^La primera vez que oà la expresión “memoria de pez” fue cuando aún estaba en el colegio. La televisión nos bombardeaba con su cantidad habitual de anuncios, pero hubo uno que llamó mi atención. El anuncio en cuestión decÃa que los peces tenÃan una memoria muy corta, apenas un minuto. Mi madre se rió a causa del anuncio en aquel momento y dijo en tono muy serio a mi padre que a ella le gustarÃa tener memoria de pez y después volvió a reÃrse. En ese momento me pareció una tonterÃa que alguien quisiera olvidar todo lo aprendido y quisiera volver a aprenderlo todo una y otra vez.
La expresión se volvió muy común, supongo que gracias al anuncio, y ahora todo el mundo iba por ahà burlándose de este o aquel por tener memoria de pez. Yo, como todos los demás, también utilizaba la frasecita del anuncio, pero la frase de mi madre seguÃa sin tener ningún sentido para mÃ. Hasta que la conocà y todo cambio.
Gracias a ella quise vivir mi vida intensamente, que cada experiencia fuera una explosión de sabor, color y sentimiento. El olor de la hierba recién cortada era nuevo cada dÃa, fresco, dulce y atrayente. La sensación de la lluvia goteando por mi frente, su sabor, su textura y luego al dejar que el agua caliente de la ducha se llevará poco a poco la esencia salvaje de la tormenta, para dar lugar a una más franca y hogareña.
Pero sobre todo gracias a ella, pude ver lo grande que es el amor. El amor de una madre, de un padre, de una familia, y también el amor de un compañero, incluso, doy gracias al cielo por eso el amor de los amantes. Fue por ella que cada beso se volvió único, dulce, picante, intenso e irremplazable y a la vez efÃmero. Fue por ella que cada una de las caricias dejó un tatuaje imborrable en mi piel, como si cada vez fuera la primera vez.
Hasta que la conocà no entendà lo que quiso decir mi madre. Yo también quiero tener memoria de pez, quiero vivir los mejores momentos una y otra vez, como si fuera la primera y a la vez la última vez.
Ahora os pido que desterréis de vuestra mente toda idea de ella que hayáis concebido a lo largo de mi relato. Ella no tiene forma, ni color, ni peso, ni esencia. Ella como tal no existe. No, no me toméis por loco, tampoco es una invención mÃa. Es una persona, que tarde o temprano, todo el mundo conoce. Yo la he mirado a los ojos demasiado pronto, demasiado joven, pero gracias a ella, a su presencia, inexorable y acechante, a mi espalda, he sido capaz de sentir todo lo que os he contado. Es cierto que los oscuros ojos de la Muerte, me han mirado demasiado pronto, pero quizás eso me ha dado la oportunidad de darme cuenta de lo hermosa y frágil que es la vida, y cuanto merece la pena vivirla. Por eso me gustarÃa deciros a voz en grito y con una sonrisa que tengáis “memoria de pez” y que viváis cada dÃa como el primero, y que jamás, jamás, olvidéis que la vida es el don más preciado y hay que disfrutarlo antes de que sea demasiado tarde.
La leyenda del palacio del hielo
Con esta historÃa me he salido un poco de mis registros habituales, pero espero que os guste^^HabÃa una vez en un lugar lejano y frÃo, un reino de hielo y praderas esteparias. En ese reino habÃa un palacio. Era un palacio de torres altas, gigantes transparentes alzándose hasta el cielo al borde de un acantilado. Un lugar entre el mar y el cielo, etéreo, transparente y frÃo. Los habitantes de este castillo no tenÃan secretos, eran gente afable que deambulaba de un lado a otro del castillo, deslizándose sobre sus patines, levantando suaves olas de escarcha y crujidos dulces en los suelos de los pasillos.
Como en todos los reinos, habÃa un rey, en este caso una reina. La reina era una joven dulce y aparentemente feliz, que como todos los habitantes de este reino jugaba entre las estatuas de hielo y las traslucidas paredes del castillo. Era una reina feliz para un reino feliz.
Sin embargo, ni siquiera en un mundo tan feliz, todos podÃan serlo. Nuestra princesa, que tan alegremente correteaba durante el dÃa por los pasillos, por la noche se escapaba de su habitación a hurtadillas y se escabullÃa hasta el tejado de la más alta de las torres. Desde allà contemplaba la luna, la blanca y hermosa luna, única amante de sus noches de soledad. Era a la luna a quien contaba sus pesares, sus pérdidas y sus añoranzas. Y la luna, paciente y maternal, escuchaba todos los dÃas a la pequeña princesa contarle sus desvelos, y una noche, apenada decidió mandarle a la princesa un compañero. Era un hombre hecho de polvo de estrellas que sólo durarÃa una noche, pero que, siendo como era hijo de la luna, amaba a aquella princesa tanto como el astro que le habÃa dado la vida. Y durante una sola noche, el hombre hecho de polvo de estrellas y la princesa, fueron amigos, esposos y amantes, deshaciéndose al amanecer el hombre en polvo brillante entre los sedosos cabellos de la princesa.
Aquella noche fue robada, un secreto para todos los habitantes del castillo. Sin embargo pronto ese secreto tan preciadamente guardado fue expuesto. El vientre de la princesa se hinchó mes tras mes a la vista de los habitantes del palacio, hasta que en la novena luna nació una niña. Era una niña preciosa, de cabellos albos como su madre y una piel tan pálida y brillante que parecÃa estar hecha del más fino de los metales. El corazón de la princesa estaba por una vez rebosante de alegrÃa, la niña era el recuerdo vivo de su gran felicidad y de aquel hombre que tanto habÃa amado por una sola noche.
Tristemente, no todos en el palacio estaban tan gloriosos con el nacimiento de la nueva princesa, y pronto los rumores empezaron a expandirse. Las palabras envenenadas se transmitieron como una llama en la pólvora, hasta que por fin se produjo el estallido. Todos clamaban saber la identidad del padre, no podÃa haber secretos en un palacio hecho de paredes tranparentes. Nadie creyó a la princesa cuando habló de la luna y del hombre de polvo de estrellas y pronto los frÃos ojos de los habitantes invernales, acusaban a la princesa, y las manos, de pronto celosas y anhelantes de poder, buscaban con fiereza su bien más preciado. La princesa huyó, huyó por los pasillos gélidos y amenazantes del palacio, pero allà no habÃa donde esconderse. Al final huyo a su lugar secreto, a la más alta de las torres. No habÃa escapatoria. La multitud se acercaba vociferante, clamando por la niña. La princesa con una última mirada llena de lagrimas hacia la luna, saltó por la ventana.
Entonces la luna, piadosa del cruel destino de la princesa y su vástago, antes de que estas cayeran al gélido mar, las convirtió en estrellas. Miles de pequeñas y brillantes estrellas, como si fueran polvo, que se grabaron en el cielo negro sedoso adornando a la pálida luna. La luna, furiosa con los habitantes del hielo, echó abajo sus altas torres, redujo a polvo fino las paredes de su hermoso palacio y los condenó. Los condeno para siempre, para que no pudieran jamás volver a moverse grácilmente sobre el hielo. Les condenó a vivir en el mar y a ser torpes en la tierra, los convirtió en pájaros incapaces de volar, para que nunca jamás pudieran acercarse a la princesa y su hija, que desde entonces adornan cada noche el cielo como un magnifico camino brillante.
La estatua de hielo
El suelo de mi habitación está frÃo, lo noto contra mi mejilla. El ambiente es cálido, una noche de principios de verano. Por un momento los coches se silencian en la avenida y observo el techo negro de mi habitación. No puedo dormir, mis pensamientos revolotean como mariposas enjauladas que no me dejan descansar. Mordisqueo la cadena que llevo al cuello para calmar mi inquietud. Me gustarÃa que desaparecieras por un momento de mis pensamientos, poder descansar esta noche.Tú, siempre tú. Eres como una estatua de hielo en medio del verano. Si me acerco a ti, eres fresco y dulce, un alivio dentro del abrasante infierno de la ciudad, pero no puedo quedarme a tu lado, no puedo acariciar tu piel congelada, porque me quedarÃa pegada a ti, sin poder alejarme mientras tu hielo quema mis dedos. Esa es la sensación que tengo, ahora y en todo momento, siempre me alejas, si me acerco me quemo y si me alejo, siempre quiero volver a ese lugar fresco y dulce a tu lado. Querer es un verbo difÃcil, la añoranza no es un sentimiento fácil y el dolor es amigo de los dos. Y yo te quiero, te añoro y me duelen tus heridas, las que sin pensarlo me infringiste, aquellas que me hacen ese daño dificil de olvidar, facil de curar. Ojala lo entendieras de verdad y por una vez pudieras darme lo que yo más ansÃo...pero sé que no será asÃ, por que las cosas son lo que son y nunca será de otra manera, lo unico que queda esperar es la dura batalla entre el corazón y la sensatez, que yo observo inmovil sobre el suelo, mientras el mundo detrás de mi ventana vuelve a ser palpitante y ruidoso. Buenas noches
Ven a mi
Puedo oÃr el viento golpeando las persianas metálicas. Es un viento primaveral furioso, que huele a lluvia, a hierba fresca y a algún retazo cálido de verano. Puedo oler y oÃr todos esos pequeños matices de ese malhumorado viento, pero no podÃa verlo. Vivo en un mar oscuro e inmenso, que siempre huele a limpio, demasiado limpio para ser verdad, pero este viento me trae recuerdos de aquella noche, aquella hermosa noche.El cielo estaba completamente negro, y el sonido de los truenos amenazaban de fondo con tormenta. Entramos en el bar, mis amigos y yo, entre risas y gritos roncos, chispeantes por las copas que nos habÃamos bebido ya. El local estaba lleno de humo, y yo lo veÃa todo ralentizado, como flotando entre cortinas de azul pálido que desaparecÃan entre mis manos. Ella llegó hasta mÃ. Me hipnotizó con una sola mirada de sus ojos negros. Era fresca y dulce como una noche de verano. OlÃa a colonia de marca y champú afrutado. No pude evitar tocarla, deleitarme con la suavidad de sus hombros huesudos y disfrutar con la sonrisa de esos labios pintados de rosa tÃmido. SabÃa a brillo de labios de frambuesa con un toque de vodka.
Salimos del bar. No dijimos nada, nos escabullimos entre la multitud, probándonos en cada esquina, dejando que la ropa no fuera nunca más un estorbo y mordisqueando los pliegues del deseo.
Fuera llovÃa a cantaros. La lluvia arreciaba con fuerza y los relámpagos cruzaban el cielo como hilos plateados sobre un manto ultramar oscuro. Las luces de las farolas se debilitaban ante el envite de la naturaleza, y los postigos de las puertas ahogaban su chirriar en la inmensidad del trueno. Ella bailaba, dejando que la lluvia empapara su pelo y su ropa, dejándome entrever su cuerpo delgado y firme de bailarina. Sus ojos se desdibujaban entre manchas oscuras de mascara de ojos, su piel brillaba con el tono anaranjado de las faroles, llamándome tentándome. La besé de nuevo, con calma. Sus labios eran un oasis cálido para los mÃos que deseaban posarse allà para siempre. Sus ojos estaban esperándome cuando cesé mi deseo, negros, profundos y achinados, llenos de recovecos que ya me morÃa por descubrir, de pasión, de misterio y añoranza de tiempo en que fueron más felices.
Estaba tan absorto en sus ojos que no vi las luces hasta que fue demasiado tarde. No eran las luces plateadas del cielo, tampoco las mustias luces urbanas, eran luces blancas, de neón. Dos luces blancas recortadas por la lluvia, dos faros paralelos que auguraban la tragedia. La empujé a un lado alejando de mà el suave aroma de su cuerpo y el cálido sabor de sus besos. El dolor duró un instante, sólo el instante que tardó mi cabeza en golpearse contra el diabólico borde de la acera, tras ser embestido por el coche. Luego todo empezó a ponerse rojo, y luego intensamente negro. Dejé de sentir mi cuerpo y empecé a flotar en un mar de absoluta negrura al que sólo llegaban sonidos apagados de chillidos, sirenas y voces que se perdÃan en susurros.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces, pueden haber sido horas, minutos o años, no lo sé con certeza. Alguien cierra la ventana y dejó de sentir el viento en mi mano, pero huelo algo mucho más conocido. Colonia de marca y champú afrutado. Una mano suave y pequeña envuelve la mÃa, con un amor tan tierno como el de una madre. Si pudiera sonreÃr, ahora mismo lo harÃa. De mis amigos poco he sabido desde que la noche me engulló, pero la colonia y las manos suaves están allà cada vez que consigo rozar la superficie. Me impulsan, tiran de mi, quieren acercarme a ella, de nuevo sentir sus besos, pero no llego, no alcanzo y vuelvo a caer. Ahà viene de nuevo, la oscuridad vuelve a atraparme, todo se vuelve difuso y oigo unas palabras casi ahogadas entre las lágrimas:
- Ven a mÃ-
Y mi mano se mueve entre las suyas
El comprador
Las leyendas urbanas me han puesto muchos nombres, no me importa ninguno, pero si necesitáis nombrarme, llamadme Comprador. Posiblemente no me hayas visto. Seguramente nunca os habéis fijado en mi. Soy el tipo que está acurrucado a la sombra de la barra de un bar, un hombre leyendo el periódico en un parque, un camarero de una cafeterÃa en la ultima esquina de Paris. En resumen, alguien en quien jamás os fijarÃais. Vosotros no me veis, pero yo os veo, os observo, os escucho. Por eso soy el Comprador. Escucho vuestras historias, vuestras anécdotas, vuestros chistes, a veces incluso vuestros susurros y los guardo para mÃ, dándoos un pequeño precio a cambio, una sonrisa, una caricia, una risa, una lagrima o un abrazo. Los precios no son importantes para mÃ, solo los recuerdos que me llevo, mis compras. Cada noche, todas las noches desde hace cientos de años, vuelvo a mi casa, un piso olvidado, sin numero ni letra, en un edificio olvidado y quejumbroso de una calle que nadie visita. Pero ese lugar es especial, ahà guardo mis compras. Las guardo todas en esa pequeña cajita de bordes dorados, con la tapa desgastada por el uso. Esa pequeña cajita que es mi memoria. Allà los guardo: la sonrisa desdentada de un niño en el parque al ganar una canica, las lagrimas derramadas por un desengaño, esa frase que se oye cuando todos se callan. Las guardo todas ahà y cada vez que abro la caja salen y revolotean por el negruzco techo del piso. Parecen luciérnagas de miles de colores. Un derroche de calor en un mundo gris y frÃo. Luego vuelven todas obedientes a su caja, suspirando y anhelando por su próxima salida y saludando a sus nuevas compañeras. Yo me duermo, abrazando la caja, como he hecho siempre, como seguiré haciendo hasta que yo me convierta en una de esas luciérnagas de colores y otro venga a ocupar mi lugar. Pero eso no será hoy, probablemente tampoco mañana. Aún me quedan mucho que comprar.Marcas de identidad
Todo es gris. El color del mundo se diluye entre mis dedos, goteando entre mis nudillos. Camino sola entre la multitud. Ni siquiera el ritmo de la música anima mi humor. Hoy es un dÃa gris. Uno de tantos .Uno más. El mundo me ha olvidado, yo lo he dejado atrás. Mi corazón se quedo congelado el pecho mucho tiempo atrás. Peregrino por el mundo, tambaleante como un héroe caÃdo. Tengo el pecho atravesado por los puñales de nobleza, de otros que se creÃan mejores que yo. La sangre de mi pecho se ha ido congelando hasta secarse, dejando una mancha parduzca en mi pecho. Las miradas me esquivan, las bocas me omiten. Nadie me menciona, nadie me conoce. No existo. Mi cara no tiene rostro ni forma. Nada me distingue. Solo las marcas de mi pecho, mi sangre ennegrecida, el color entre mis dedos. Son mis marcas de identidad todo lo que me acompaña al caminar.Para los que se fueron
Esta noche soñé contigo.Fue un roce en mi mejilla. Una caricia inesperada. Un recuerdo de lo que hace años no sentÃa. Tus brazos abrazándome fuerte y tu aliento frÃo sobre mi cuello. Ahogo mis sollozos amargamente, por que sé que no eres real, que no estás aquÃ, eres sólo un recuerdo. Aún asà me hundo en la calidez del sueño y de tu abrazo, y dejo que me arrulles susurrándome al oÃdo.¿Por qué me dejaste?. Lo eras todo para mÃ. Prometiste que nunca nos separarÃamos, pero cortaste mis alas al marcharte. No te culpo, pero cuando el ensordecedor latido del mundo calla y todo lo que hay a mi alrededor es noche, pienso en tà un instante.
FuÃste mi primer amor, lo que más quise en esta vida, pero te marchaste demasiado pronto. Todos dicen que nuestro amor no fue de verdad, que eramos muy niños. No es cierto. Mi amor por ti era tan grande como el cielo y tu muerte fue la puñalada que hizo sangrar mi corazón. Lo sé, tienes que irte. Me susurras al oÃdo que me querrás siempre. Yo prometo que jamás te olvidaré.
El movil vibra en la mesilla rompiendo las nieblas de mi sueño. Si, él es quien ahora me hace soñar. Él es quien me da alas y cose poco a poco mis heridas. Lloré por ti todas mis lagrimas, ahora vuelvo a sonreÃr. Sé que me estás sonriendo desde donde quiera que estés, quizás esperando el momento en el que nos volvamos a encontrar y vuelva a ser la niña de quince años que habrÃa dado su vida por la tuya. De momento me toca ser feliz. Gracias por todo
Marilyn Monroe
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