La letanÃa de las sombras se cernÃa poco a poco sobre la ciudad. Las luces de mil colores, hacÃan frente a la ausencia del Sol, llenando el escarpado relieve de la ciudad de luz artificial y brillante.
Las estrellas, desde aquel cielo anochecido, contemplaban las luces de la ciudad sin disimulada envidia. Antes ellas eran las dueñas de la noche y junto a la impávida luna, iluminaban u oscurecÃan a su antojo la noche de los caminantes.
Ahora no eran más que puntos pálidos en el cielo. HabÃan sido olvidadas. Los niños de la ciudad solo pintaban una luna solitaria en el cielo. Los poetas ya no hablaban de ellos, y los enamorados preferÃan ahora refugiarse en parque con farolas anaranjadas que hacÃan de manera torpe y brusca, el trabajo que ellas sabÃan hacer tan bien. Ya ni siquiera los marinos, sus más antiguos seguidores, pasaban las noches contemplándolas, decidiendo que rumbo debÃa tomar su barco. Ahora existÃan grandes y precisos mapas y costosos aparatos electronicos que les decÃan donde ir.
Asà que aquella noche, especialmente tristes, las estrellas abandonaron su puesto en el cielo nocturno y bajaron a la tierra.
Vagaron por las calles sin descanso, preguntando a extrañados viandantes si conocÃan sus nombres, los nombres de las estrellas. Ellos negaban confundidos. Y las estrellas dolidas seguÃan su camino, apagándose su luz poco a poco.
Ya desistÃan las estrellas en su gesta, cuando una descubrió a un humano, que miraba al cielo a través de un telescopio y se preguntaba donde habrÃan ido esa noche las estrellas.
Era un hombre viejo pensaron las estrellas entristecidas. Sólo un hombre viejo y sólo las echaba de menos. En ese momento apareció correteando al lado del anciano, un niño, un niño muy pequeño. El niño se acercó al abuelo, y con sus ojos llenos de lagrimas preguntó:
- ¿Por qué se han ido las estrellas abuelo?-
Aquella tristeza en sus palabras, llenó de alegrÃa el corazón de las estrellas, pues si un niño era capaz de echarlas de menos, es posible que hubiera cientos, quizás miles, que también estuvieran mirando al cielo y pensando donde se habrÃan ido las estrellas.
Las estrellas volvieron al cielo alborozadas y brillaron con toda su luz aquellas noche. Era tan brillante su luz, que hasta las luces de las ciudades palidecieron. Los urbanitas levantaban su vista al cielo, y por primera vez en mucho tiempo se maravillaban con la belleza de un cielo nocturnos; todos ellos, viandantes, enamorados y hasta los marinos dejaron de faenar para mirar a un cielo lleno de brillantes estrellas.
Ya nadie las olvidarÃa.