El sueño


La cama me recibe como un amante cauto, llena de frescor y dulzura. La almohada, en mi oído, comienza a susurrarme suavemente una historia y yo me dejo tejer un pijama con nubes para comenzar una caída lenta. Los miles de colores y sabores de mi lado más extraños son ahora una amalgama de formas, historias y momentos, que se conjuran juguetonas para crear un pacto.
Esta noche me enamoraré de un príncipe hecho del mismísimo material de las estrellas, olvidaré el aspecto de la lluvia, cambiaré mi nombre y mi forma y caminaré cuerdo por un filo agudo de locura, para que cuando la mañana venga presta a buscarme, en mis labios sólo quede, el tenue sabor del beso de ese gran amante que es Morfeo, y saldré a enfrentarme a un mundo de aburrida irrealidad para poder volver cada noche a mi mundo, que es mi sueño. 

El comprador de historías

En realidad esta historia es vieja, pero después de leerla me di cuenta de que no le había sacado todo el jugo... asi que aqui está la nueva version



El agua resbala por las ajadas mangas de mi gabardina de ningún color. Repaso mi vida, mi historia, mientras la tormenta se afana en borrar mi mirada del presente y dirigirla hasta el pasado.
Hay muchas historias sobre mí, algunas se remontan siglos atrás, todas parecidas, todas contadas en el máximo secreto, contadas de oído a oído y sin atreverse a mentarme apenas. Me han puesto muchos nombres, no me importa ninguno, pero si necesitáis nombrarme, llamadme Comprador. Posiblemente no me hayas visto. Seguramente nunca os habéis fijado en mí. Soy el tipo que está acurrucado a la sombra de la barra de un bar, un hombre leyendo el periódico en un parque, un camarero de una cafetería en la ultima esquina de Paris. Soy esa pequeña sombra en la esquina de vuestra mirada, que desaparece al buscarla, pero que, en el fondo, sigue ahí.
Soy tan viejo como las montañas que azota el viento del este. A mi el viento también me busca, revolotea entre mi gabardina y busca robarme algo de calor, pero yo no siento frío ni calor, la lluvia no moja mi cuerpo, el cansancio…el cansancio es una emoción que no puedo permitirme sentir.
Tengo una tarea que cumplir, una tarea eterna, para perdonar un pecado que jamás llegué a conocer, o quizás ya lo he olvidado, y por el que llevo pagando tantos años. Mi tarea es comprar, pero no cualquier cosa, recorro tascas, locales de mala muerte, palacios y hasta centros comerciales abarrotados, en busca de recuerdos, historias, anécdotas, también esos susurros a media voz en una zona apartada, el sonrojo de una joven ante su primer halago, una sonrisa, la caricia de un amante, el abrazo de una madre…o las lagrimas de un desamor o una perdida… Busco todo aquello que es intenso, un momento de brillante fugacidad, que guardo para mí.
Cada noche, todas las noches desde hace cientos de años, vuelvo a mi casa, un piso olvidado, sin numero ni letra, en un edificio olvidado y quejumbroso de una calle que nadie visita. Es lugar es especial, tan especial, que si lo buscarais jamás podríais encontrarlo. Ahí guardo mis compras. Las guardo todas en esa pequeña cajita de bordes que antaño fuesen dorados, con la tapa de cuero desgastada por el uso. Esa pequeña cajita que es mi memoria, la parte más hermosa de ella. Allí reposan: la sonrisa desdentada de un niño en el parque al ganar una canica, las lagrimas derramadas por un desengaño, esa frase que se oye cuando todos se callan.
Las guardo todas ahí con mimo y cada vez que abro la caja salen y revolotean por el negruzco techo del piso, de yeso desmenuzado por el paso de los años. Parecen luciérnagas de miles de colores. Un derroche de calor, color y luz  en un mundo gris y frío, que ha olvidado lo que es la sencillez de la belleza. Luego vuelven todas obedientes a su caja, suspirando y anhelando por su próxima salida y saludando a sus nuevas compañeras con pequeños chispazos de luz que manchan la vieja alfombra del piso.
Yo me duermo, abrazando la caja, como he hecho siempre, como seguiré haciendo hasta que pague mi deuda y pueda convertirme en una de esas luciérnagas de colores, mientras  otra pobre y desgraciada alma ocupa mi lugar para lavar su culpa. Pero eso no será hoy, probablemente tampoco mañana. 
Aún me queda mucho por comprar.

El latir de un corazón de piedra


Los adoquines negros relucían bajo la lluvia. Las fachadas, de mil y un cálidos colores, eran las únicas testigos de sus pasos. La ciudad eterna yacía silenciosa esa noche de tormenta y niebla. Una figura caminaba silenciosa por el filo de la media noche. Su rostro, casi oculto por las sombras de sus negras prendas, dejaba aún entrever una juventud casi pueril. Sus pasos amortiguados apenas eran un murmullo, que junto a la monótona lluvia, arrullaban el sueño de los yacentes.
Atravesó  las calles, llenas de pasado e historia. Cruzó velozmente la plaza, donde contempló la estatua de los ríos, siempre hermosos, siempre burlones. Le pareció atisbar un movimiento, cerca del rabillo del ojo, y aceleró sus pasos. La hora estaba cerca y las sombras empezaban ya a moverse. Las calles, antes llenas de luz de lluvia, se iban volviendo más siniestras y oscuras a cada paso. La figura embozada aceleró el paso. Notaba como el aire quemaba y helaba su pecho por el esfuerzo y el miedo, mientras sus pies, siguiendo un sentimiento más grande, empezaban una feroz carrera sobre los resbaladizos adoquines.
Podía ya sentir las sombras, la viscosa  oscuridad pegándose a su espalda, reptando en busca del calor de su corazón, cuando el húmedo frío del río le avisó de que había llegado a su destino.
Las sombras retrocedieron un instante ante aquel puente iluminado por la luz de la luna. Pero sólo un instante. La figura no se detuvo, se adentró en el puente, con el corazón lleno de miedo y esperanza. Su mente se serenó en cuanto sus pies rozaron el blanco mármol del puente, los pensamientos dejaron su veloz latir para concentrarse en la belleza del momento. Alzó la vista hacía las figuras que guardaban el puente, blanco mármol iluminado por la luz de la luna, que parecía sólo iluminar el puente, manteniéndolo más allá de la tormenta.
Aguardó en silencio, pidiendo interiormente perdón y misericordia, pero el momento parecía no llegar. Se mantuvo firme incluso cuando las sombras comenzaron a engullir su forma. Sintió miedo…luego el valor del perdido, que planta cara en una ultima batalla que sabe que no puede ganar.
Hubo un movimiento, seguido del sonido de un aleteo suave, cuando una de las figuras descendió de su pedestal bañada en luz. Las sombras se alejaron, y el rostro esculpido en piedra hizo que la figura se estremeciese. Otros ángeles fueron bajando de sus pedestales y se situaron alrededor del visitante que ahora se estremecía y sollozaba.
El puente vibró hasta sus cimientos cuando una figura descendió de las alturas para posarse en él. El gigantesco ángel de bronce, guardián de la fortaleza, se acercaba lentamente a la figura que temerosa rehuía incluso mirarle. El ángel observó con rostro impenetrable a la figura sollozante. Con un batir de sus alas levantó un vendaval que desembozó a la figura. La melena, de un color dorado como el mismo Sol, cayó rizada y suave por los hombros, el rostro se alzó iluminando así una piel blanca como la porcelana y unos ojos, verdes y vidriosos a causa de las lagrimas, tan jóvenes como el futuro y tan antiguos como el mundo.
Hubo un momento en el que todo estuvo en silencio, ni ángeles ni sombras se atrevieron a decir nada ante la brillante criatura que ahora aparecía ante ellos. Las sombras fueron las primeras en reaccionar, susurrando, sibilinas y reptilianas, ante la deliciosa presa que acababa de aparecer ante sus ojos y pugnaban ya por penetrar el albo círculo que los ángeles habían formado a su alrededor. Su ansía y su voracidad eran tales que robaron el brillo a la propia luna y se colaron  en el círculo.
Los ángeles de piedra permanecieron impasibles mientras las sombras reptaban hacia la dorada figura. La joven, volviendo a notar el frío grito del dolor en su pecho, suplicó:
     -  Por favor, por favor… perdóname – Sintió como una sombra se enroscaba alrededor de su tobillo, el frío que siguió al mordisco de la oscuridad nubló su rostro – por favor… -  
-          -  Tu te marchaste – la voz metálica y sin sentimiento del ángel resonó por todo el puente – Tu nos abandonaste –
-              -     Sabes por qué lo hice – sus miradas se cruzaron y el corazón de ella se aceleró – sólo quería saber cómo era… - un nuevo mordisco y su voz salió ahogada a través de sus azulados labios – tener un corazón…-
Hubo oscuridad y luego… luz.

Las alas se abrieron a su espalda, brillantes durante un parpadeo y luego blanco mármol. Las sombras se alejaron, siseando temerosas ante el nuevo ser que acababa de renacer ante sus ojos. El joven ángel sacudió sus alas encantado por un momento y después hizo una profunda reverencia ante el ángel de bronce que por un momento pareció sonreír.
-          Tu vuelta me alegra, Gabriel – fueron sus únicas palabras antes de que sus miradas se cruzaran un segundo antes de que emprendiera el vuelo, y en el pecho de Gabriel, un aleteo arrancó una sonrisa de sus labios.



Dicen los que han vivido en Roma siempre que una vez uno de los ángeles del puente de Sant’Angelo desapareció y permaneció perdido durante más de 50 años, para volver a aparecer una noche de tormenta como si no hubiera pasado. Hay muchas leyendas sobre lo que pudo pasar con el ángel, pero la favorita de los romanos, como buenos románticos, es que el ángel del puente se marchó por que estaba enamorado y que fue a buscar un corazón para amar y que cuando lo encontró volvió al puente. La leyenda también dice, que si te acercas mucho a ese ángel, puedes oír su rumor de latidos de piedra, y entonces verás que sus ojos siempre miran al gran ángel que cuida la fortaleza… 

Blog sobre maquillaje

Para aquellas más presumidas, a las que os guste el maquillaje y los productos de belleza en general acabo de abrir un blog nuevo con algunas amigas, por si a alguna os interesa pasaros. Un saludo!

Eléctrico


El silencio se amontona en mis oídos.
 La habitación se desdibuja a suaves brochazos, mientras la sangre golpea por mis venas al son de tambores embravecidos.
El valor, quizás sólo la adrenalina, hormiguea por mis manos, haciéndolas temblar.
El impulso me electriza, no soy mas que hierro, atraído por ese fascinante imán que es tu mirada.
Mi aliento, entrecortado, se cuela por mis labios, entreabiertos, expectantes…hambrientos.
Un impulso más y me ahogo en la profunda negrura de tus iris, que me atrapan, mucho antes de que tus labios atrapen el fino suspiro que es mi aliento.
Las pulsaciones se aceleran tanto que no son más que un sordo rumor en el umbral de mi casi extinta cordura.
El calor que desprenden tus labios recorre mi mandíbula, pasa susurrando bajo mi oreja y se pierde en mi nuca, envolviendo lo que queda de mi pensamiento en

Alma de Blues

Hoy tengo alma de Blues... siento la melancolía dentro, como un latido doloroso en mi pecho, paladeo su cadencia  como quien disfruta de un buen vino sabiendo que lleva cianuro... es un sabor dulce con un regusto rasposo y algo de dolor, que colorea mis labios y atrapa el aliento de mi garganta congelándolo. Quiero que de mí salgan los sentimientos como finas volutas de un cigarro en un local abarrotado, fino gris sobre un fondo oscuro y mezclado de olores de fiesta, whisky y colonia, para que se pierda, como el humo en una niebla espesa que enturbia los ojos y libera la sonrisa.
Quiero que mi voz sea cadenciosa y triste cuando le cante a la muerte que me perdone un día más ...
Hoy quiero que mi alma condenada se mueva al ritmo de un blues muy triste.

El abismo y la playa

Las rocas tiemblan inestables bajo sus pies. El revoltoso viento del oeste despeina su cabello azabache, empañando su mirada, gris pétrea, que sigue clavada en el océano embravecido, coronado por sombrías nubes de tormenta. 
El frío puño del miedo atenaza su corazón, pero no retrocede a pesar de que su corazón golpea su pecho como un pájaro asustado, mientras su garganta, casi asfixiada, contiene las lagrimas. Le dijeron que no llorara...la instaron a sonreír...y a guardar sus sentimientos allí donde nadie más que ella pudiera verlos... pero ahora, a un sólo centímetro del abismo, la desesperación le da alas: sus brazos se extienden, desafiando al viento del oeste, un segundo antes de dar el paso hacia el vacío.
La caída es larga.
Los sonidos desaparecen.
El mar... el viento... el rugir de las olas... No son más que vagos ecos que resuenan en su mente. 
El agua la recibe con sus mil agujas heladas. La sorpresa y el dolor son tales que de sus labios escapa un pizca de burbujeante aliento. 
Se deja arrullar un momento por la tétrica ternura del mar. Se acurruca en su glacial y oscuro abrazo. Su cuerpo va cediendo su calor al agua, que ambiciosa, exige más. 
Sus ojos se abren, piedra gris en un océano azul. Su mente despierta y se sacude entumecida del frío.
Cuando sus yemas atrapan la áspera arena de la playa, ella sonríe y llora a la vez, hasta que el llanto se desborda y no deja espacio a nada más. 
Los ojos le escuecen por la sal, pero las lagrimas lo limpian todo a su paso: la sal...el corazón...la tristeza.
Cuando la lluvia llega, ella está acurrucada en la playa, y del torrente de llanto no quedan más que los resquicios. Siente su pecho más ligero y mira al cielo negro que descarga sobre ella. Sus ojos ya no son fríos ni pétreos, ahora son grandes espejos grises, que libres de todo dolor ven el lento caer de la lluvia. 

Sus ojos se cierran y se deja arrullar por las olas, que lamen la playa, por la tormenta que ruge sobre su cabeza, por todos los sonidos del mar que ahora la hacen sentirse libre.