Rozando lo prohibido

Rozando lo prohibido
Nos encontramos tu y yo
En un jardin de rosas
Sin olor ni color
Las sombras nuestras madrinas
La luna testigo ausente
La madera nos refugio
Y el silencio nos hizo fuertes
Cabalgó el deseo
Ardio la madera y se incendió la noche
Sordos quedaron nuestros oidos 
A las orquestas de grillos
Esperado final
Gloriosa epifania
El fuego se apagó con una ola
Y de él solo quedaron brasas
Calmadas las aguas
Nos despedimos castos 
Bajo un cielo cuajado de estrellas

En silencio

Han silenciado nuestros labios
Pero no dejaremos que silencien nuestro alma
Somos solo las cenizas de lo que fuimos
Nuestro futuro, sólo humo y espejos
Somos una arenga que ha perdido su bravura
Somos un cuerpo desprovisto de corazón
Un león que ha perdido sus garras
Del pundonor no nos quedan más que las brasas
Hemos cedido
Hemos callado
Hemos cambiado libertad por prudencia
Y el valor es una palabra extraña a los labios
Nuestra voz la ha ahogado la corriente
Somos la generación del silencio

Rojo y arena


Sisean y crepitan las mechas
Se acorta el destino, la oportunidad y mi suerte
No hay nada en esta oscura pocilga que diga quien soy
No hay nadie conmigo sosteniendo mi mano entre las suyas
En esta extraña burla que el destino ha preparado
Estoy solo
El sudor dibuja por mi piel llena de arena carreteras sin fin
No hay mas sonido aquí que el del desierto,
Rumor de brisa y arena roja,
Y la llama acercándose cada vez más a la peligrosa pólvora
Recuerdo mas allá de esta lúgubre morada
Un lugar mas fresco, mas feliz y mas vivo
Recuerdo rostros que una vez fueron queridos
Saboreo la frescura del agua, dulce para mis labios frescos
Siento, al recordar, el lamer del mar en mis pies
Busco ese lugar en mi memoria mientras oigo como el ruido se calla 
Y luego un estallido...

En aguas negras


Ruge el estruendo del mundo
… motor, acero y gasóleo…
La noche es oscura e inhóspita como las alas de un cuervo
 Tras los metálicos marcos de nuestras guaridas, aferrados al liviano trozo de tela que es nuestra sabana encaramos los demonios que acechan en las sombras. Buscamos, velantes o durmientes, una salida.
Huimos del dolor, pero no de un dolor cualquiera, si no del de la peor clase: aquel que nos infligimos a nosotros mismos
Nuestras dudas
Nuestros errores
Aquellas decisiones que tomamos… y las que no debimos tomar…
Todo vuelve, para perseguirnos, en el momento más frágil, más delicado, cuando nuestra mente para el arrollador martilleo de nuestro pensamiento… llega la calma…
… y caen las sombras…
En un parpadeo se han colado bajo nuestras sabanas, bajo nuestra piel y nuestras defensas. Inmisericordes nos torturan, nos recuerdan y nos susurran vilmente “y si…”
Los más  afortunados caen rendidos en las telarañas del sueño… las que no, navegamos en oscuras aguas de pesadillas…

Relojes de arena


Apenas una conjetura  de la pasión y nuestras manos se separan,
Presas, cautivas, prisioneras de lo que no se nombra,
De lo que no se menta.
No hay tiempo para ti ni para mí.
 Todos los relojes de arena se han roto
 Y en aquel lugar que algún día fue nuestra posibilidad, nuestro futuro,
No quedan más que cristales rotos y arena de cuarzo fina,
Que se adhiere a mi piel pero no a mi alma.
No hay lugar para un nosotros.
No hay tiempo para nuestro futuro que quizás llegará
… El mundo….
…. nuestro mundo…
… el tuyo….
… el mio….
 Y aquel que construimos en vanas esperanzas, se desmorona con apatía,
Sueño a sueño, promesa a promesa, ilusión a ilusión
 Hasta que, mi amor, no quede nada de lo que fuimos o pudimos ser
No llores, no llores amor mío
No manches tu rostro con ni una sola lágrima que pueda enturbiar aquello que es tan puro
Siempre te recordaré como ahora
En nuestra playa del tiempo perdido,
Escucharé de las olas el rumor del amor nuevo que encontraste,
De los albatros sabré cuánto de feliz fuiste
Y del viento del Oeste como me olvidaste
Así que no llores mi amor, por que esta arena y yo seremos eternos
Eternamente disipados
Porque soy arena que ha caído de tu reloj….
 Porque ya no hay tiempo para nosotros

Rios carmesí

La sangre se derrama por el marmoleo suelo blanco, dibujando la geografía de una desesperación llevada a realidad. La pálida luz, anidada más allá de las ventanas, contempla la escena con indiferencia. Retazos de blanco, que un día fueron seda. Trasquilones de azabache que un día fueron orgullo, vanidad y ambición. Ópalo blanco en la piel ahora marcado por hilos carmesí.  No queda nada de lo que fue, apenas un atisbo de lo que podría hacer sido y una pregunta en el aire que flota más allá de lo que la vista podría alcanzar…
¿Por qué?

Medianoche entre extraños

La vieja taza de café roja descansa humeante sobre la mesa, empañando lánguidamente la ventana. Es una noche tranquila. Los coches, compañeros de mis noches de insomnio, se han alejado también esta noche, huyendo de la negra polución que cubre toda la urbe. Sólo quedamos las hastiadas luces de las farolas y yo mismo. Es una noche tranquila, o al menos lo era…

Comienzan a golpear la puerta con fuerza. Lo ignoro, pensando que quizás algún molesto vecino trasnochador olvidó las llaves. Silencio unos segundos y luego vuelven a insistir, con más fuerza. Refunfuñando abandono mi cómodo sofá para ir a atender la puerta.
Algo, más bien alguien, se cuela en mi piso. Es una figura pequeñas. Quizás un niña. No, es una joven, que balbucea nerviosa y tiembla como una hoja, mientras sus manos dibujan aspavientos aquí y allá, dentro de una sudadera gris gastada que es demasiado grande para ella. No consigo entenderla, sé que las palabras salen de su boca, palabras conocidas en idiomas conocidos, pero yo sólo oigo una amalgama de sonidos sin sentido. Parece alterada, pero no sé cómo calmarla, la lengua se ha hecho un nudo dentro de mi boca y no acierta a desenredarse. Sigue hablándome, cada vez más alterada, pero mis labios permanecen mudos contra mi voluntad. Lo único que soy capaz de hacer es ofrecerle una taza de café caliente y mi sonrisa más tímida. Sus ojos parpadean confundidos, cuando pongo la taza en sus manos, pero pronto su verde profundo se empaña por el vaho de la taza y el agradecimiento.
Ha pasado más de una hora y sigue aquí. Hace rato ya que dejó de intentar hablar conmigo y ahora, observa la calle desde el alfeizar de mi ventana. Su rostro lo iluminan los neones del club de la esquina, llenando su gesto de preocupación de colores brillantes y antinaturales. Su cuerpo está aquí, pero en su mirada se ve que su mente está mirando mucho más allá de la ventana, de la calle y quizás de la ciudad. Sus ojos, ahora salpicados de violeta y rosa, parecen conocer la ventana a otro mundo. Yo, cobarde de mí, sólo puedo deleitarme en cómo la ciudad tiñe con colores irreales esa mirada tan melancólica. Suspira y es un suspiro lento, profundo, de los que vienen del centro del alma, intentando liberar un gran pesar, y mancha con su tristeza el cristal de mi ventana.
¿Quién es ella?
¿Qué hace aquí?
¿Es peligrosa?
No puedo evitar cuestionarme a mí mismo sobre esta misteriosa invitada que he dejado entrar en mi casa, pero una parte de mí, una gran parte de mí mismo, no desea dejar de admirar la curva de su cuello, níveo, que se atisba ente los mechones distraídos de su melena y el ancho cuello de su sudadera. Ella es lo más hermoso que haya visto jamás.
Noto su cansancio, sus parpadeos son cada vez más lentos, más pesados y ha comenzado a apoyarse contra la ventana, pero también sé que no quiere marcharse… y yo tampoco quiero que se marche.
Con el silencio que tristemente caracteriza todas mis acciones, le entrego unas mantas y una almohada, bastante mullida por todo el polvo que acumula.

Sus ojos titilan de nuevo al son de las luces de neón. Noto primero confusión, seguida de un chispazo de recelo que desaparece bajo una profunda bruma de agradecimiento.
Me retiro a mi habitación, en busca del habitual consuelo de la soledad, pero esta noche extraña la cama me acoge pero no me atrapa. Mis pensamientos están más allá de la fina pared, en el sofá de tela desgastado donde es posible que ella se esté acurrucando, impregnando el mueble y la ropa de cama de su esencia.
Ya que mis pensamientos me apartan del sueño, busco distracción en la abultada geografía de mi techo, pero incluso allí, colándose por algún resquicio en la persiana, están las luces brillantes del cartel y vuelven a mi mente las cambiantes mareas de sus iris.
La puerta se abre y en mi cama se cuela un hada. Ya se ha desprendido de su gris sudadera-crisálida y ahora se presenta a mi hermosa y semi desnuda como una mariposa. Su cabeza desciende mientras sus ojos se enredan con los míos, su pelo corto y desigual cosquillea mis mejillas cuando nos besamos. Le hago un hueco a mi lado y seguimos besándonos y explorándonos. Es una noche demasiado fría, demasiado incierta, para pasarla solos y parece que hemos encontrado nuestro calor el uno en el otro.
El amanecer aun no ha llegado. Es la hora más oscura antes del alba. Mi cuerpo se siente liviano sobre la cama revuelta. Sobre mi hombro descansa ella que respira tranquila pero al igual que yo, sé que no duerme. Algo extraño sucede, una vibración… un sonido… Me vuelvo hacia ella, que en esta habitación oscura y antes triste donde hicimos el amor como desconocidos, que canta para mí. Es una melodía muy triste, sin letra. Es la primera vez que escucho cantar desde que las palabras huyeron de mí.
Han pasado meses desde que las palabras se convirtieron en ruido en mis oídos. Al principio no entendía, luego dejé de hablar y poco a poco me fui aislando, lleno de odio hacia los demás y hacia mi mismo, por haber olvidado algo como eso, por haber perdido el vínculo fundamental con mi mundo.
Los ríos salados corren por mis mejillas y mi cuello hasta llegar a ella, que me abraza y sigue tarareando en mi oído. Ella me acuna, me cuida y me arrulla hasta que me duermo.
La mañana ha llegado. Me siento más ligero al despertar, pero tan solo como cualquier otro día. La cama está revuelta, huele a pasión y tristeza. Me incorporo presto y voy hacia el salón. Vacío también. Sobre el sofá, primorosamente doblada hay una sudadera, gris y ajada. La tomo entre mis manos, con cuidado, esperando que no se deshaga como polvo, como un sueño. No, es real, ella existió, estuvo aquí. Fue real. La gratitud me invade.
Nunca sabré cual era el peligro que la acechaba aquella noche y que la empujó a buscar cobijo en mí… y acabé encontrando refugio yo en ella. Quizás algún día la volveré a ve, aún guardo la esperanza,  si no, siempre sabré que compartimos algo hermoso, perfecto y único, y que quizás durante algunas horas, fuimos uno… y eso es suficiente para mí.

Espero que hayas disfrutado de esta entrada número 100 y a los que me seguís habitualmente, y sobre todo a los que comentáis, quería agradeceros vuestro apoyo todo este tiempo, me animáis mucho a seguir escribiendo!. Un saludo