"Memoria de pez"

A pesar de que ya me había despedido hasta septiembre, no he podido resistirme a colgar este relato. Espero que os guste y os emocione tanto como a mí, y una vez más, que paseis buen verano^^

La primera vez que oí la expresión “memoria de pez” fue cuando aún estaba en el colegio. La televisión nos bombardeaba con su cantidad habitual de anuncios, pero hubo uno que llamó mi atención. El anuncio en cuestión decía que los peces tenían una memoria muy corta, apenas un minuto. Mi madre se rió a causa del anuncio en aquel momento y dijo en tono muy serio a mi padre que a ella le gustaría tener memoria de pez y después volvió a reírse. En ese momento me pareció una tontería que alguien quisiera olvidar todo lo aprendido y quisiera volver a aprenderlo todo una y otra vez.
La expresión se volvió muy común, supongo que gracias al anuncio, y ahora todo el mundo iba por ahí burlándose de este o aquel por tener memoria de pez. Yo, como todos los demás, también utilizaba la frasecita del anuncio, pero la frase de mi madre seguía sin tener ningún sentido para mí. Hasta que la conocí y todo cambio.
Gracias a ella quise vivir mi vida intensamente, que cada experiencia fuera una explosión de sabor, color y sentimiento. El olor de la hierba recién cortada era nuevo cada día, fresco, dulce y atrayente. La sensación de la lluvia goteando por mi frente, su sabor, su textura y luego al dejar que el agua caliente de la ducha se llevará poco a poco la esencia salvaje de la tormenta, para dar lugar a una más franca y hogareña.
Pero sobre todo gracias a ella, pude ver lo grande que es el amor. El amor de una madre, de un padre, de una familia, y también el amor de un compañero, incluso, doy gracias al cielo por eso el amor de los amantes. Fue por ella que cada beso se volvió único, dulce, picante, intenso e irremplazable y a la vez efímero. Fue por ella que cada una de las caricias dejó un tatuaje imborrable en mi piel, como si cada vez fuera la primera vez.
Hasta que la conocí no entendí lo que quiso decir mi madre. Yo también quiero tener memoria de pez, quiero vivir los mejores momentos una y otra vez, como si fuera la primera y a la vez la última vez.
Ahora os pido que desterréis de vuestra mente toda idea de ella que hayáis concebido a lo largo de mi relato. Ella no tiene forma, ni color, ni peso, ni esencia. Ella como tal no existe. No, no me toméis por loco, tampoco es una invención mía. Es una persona, que tarde o temprano, todo el mundo conoce. Yo la he mirado a los ojos demasiado pronto, demasiado joven, pero gracias a ella, a su presencia, inexorable y acechante, a mi espalda, he sido capaz de sentir todo lo que os he contado. Es cierto que los oscuros ojos de la Muerte, me han mirado demasiado pronto, pero quizás eso me ha dado la oportunidad de darme cuenta de lo hermosa y frágil que es la vida, y cuanto merece la pena vivirla. Por eso me gustaría deciros a voz en grito y con una sonrisa que tengáis “memoria de pez” y que viváis cada día como el primero, y que jamás, jamás, olvidéis que la vida es el don más preciado y hay que disfrutarlo antes de que sea demasiado tarde.

El totem de hielo

Aquí os dejo otra de las entregas de Las leyendas del hielo, una serie de relatos que empecé a escribir antes de vacaciones. Me temo que esta va a ser la ultima actualización hasta septiembre, por que no volvere a tener internet hasta esas fechas, pero también os prometo que para entonces tendré terminada la historia de Inés&Raúl, que me está dando más quebraderos de cabeza de los que esperaba...En cualquier caso, espero que os lo paseis genial en verano y volver a veros por aqui en septiembre^^


Ella corría desesperada por el bosque. El viento gélido congelaba su apresurado aliento y entumecía sus articulaciones, pero seguía corriendo. Tropezó con una rama oculta bajo el manto de nieve y cayó rodando por una pequeña colina. Estaba aturdida por el golpe y las vueltas, pero aún así se levantó y siguió corriendo, lo que la perseguía daba mucho más miedo que unos golpes y un mareo.

Ya no podía correr más, sus piernas no le respondían. Llevaba horas corriendo por la nieve pero sus hambrientos perseguidores no abandonaban. Había conseguido distraerles un rato colgando su cazadora a un árbol, pero se habían dado cuenta de la trampa pronto y ahora aullaban furiosos y cubrían la pequeña ventaja a grandes zancadas.

Las ramas se enredaron en su pelo y en su ropa hasta que acabaron liberándola de golpe en un claro del bosque. Notaba los arañazos que goteaban sangre por toda su cara y a través del desgarrón de su jersey se colaba el frío, pero había merecido la pena, aquella barrera de árboles nudosos, de ramas intrincadas y afiladas detendrían un buen rato a sus perseguidores. Quizás lo suficiente como para permitirle escapar. Se puso en pie con esfuerzo y avanzó todo lo rápido que sus doloridas piernas le permitían, a través del claro. Fue entonces cuando lo vio.

No entendía como no había reparado en el antes. Una estructura vertical se alzaba como una columna en el medio del claro. Era gigantesco. Se acerco curiosa a la estructura blanquecina olvidándose por un momento de sus perseguidores. Nada más rozarla retiró los dedos sorprendida, sobre sus yemas se había quedado una fina capa de hielo. Era una columna de hielo. Observó fascinada los animales tallados en la columna: osos, lobos, ardillas, peces, alces…toda la fauna de ese bosque estaba tallada en aquel bloque gigantesco de hielo. La mirada de Sara se quedó entonces clavada en el único animal que no conocía. Sara se acuclilló para poder ver mejor al extraño ser. Era una criatura pequeña, de ojos saltones y unos cuernecillos retorcidos. Tenía un dedo sobre los labios como pidiendo silencio. A Sara le pareció un ser muy gracioso.

El crujido a su espalda hizo que Sara se pusiera en pie de un salto. Los lobos hambrientos habían conseguido pasar a través de la muralla de ramas y ahora entraban en el claro como locos corriendo hacia ella. Las piernas le temblaban como si estuvieran hechas de gelatina y no era capaz de moverse, sólo contemplaba como las fieras se acercaban a ella, fauces abiertas, ojos hambrientos, relamiéndose ya del festín que se iban a dar. Sara se pegó mas al tótem, buscando su helado consuelo y notando como las lagrimas cálidas empezaban a deslizarse por sus mejillas. El lobo más rápido estaba a poco menos de dos zancadas. Cerró los ojos.

Un aullido lastimero de un animal le obligó a abrir los ojos de nuevo. Vio que los lobos se habían detenido y gruñían a algo que ella no alcanzaba a ver. Uno de ellos estaba tumbado en el suelo, gimoteando en un charco de sangre. No entendió lo que estaba pasando hasta que sintió la presencia helada a su lado.

El diablillo del tótem, el que estaba pidiendo silencio, era ahora una estatua viva de hielo, que se interponía entre ella y los lobos. A su lado los crujidos se iban sucediendo, y del enorme tótem, se iban desprendiendo animales hechos de hielo que se asentaban junto a Sara. Una ardilla de hielo correteó sobre sus hombros hasta los del diablillo provocándole un escalofrío. Era un espectáculo tan hermoso como imposible y por un momento Sara pensó que estaba soñando. Las criaturas del hielo empezaron a avanzar hasta hacer retroceder a los lobos, que volvieron al bosque entre gruñidos furiosos y atemorizados. Sara levantó la mirada para observar al diablillo, que también la miraba con sus ojos traslucidos y vacíos, aunque Sara estaba segura de que estaba sonriendo.

Poco a poco los animales fueron volviendo a fundirse con el tótem para la desilusión de Sara a la que le habría gustado jugar un rato más con las criaturas del hielo. Al final sólo estaban ella y el diablillo, que sin mediar palabra la cogió entre sus brazos y alzó el vuelo.

Sobrevolaron el bosque a toda velocidad, y en unos instantes estaban aterrizando en la puerta de su casa. Ya se había hecho de noche y las luces anaranjadas del hogar se colaban a través de los cristales. Sara olisqueó la cena que su madre estaba preparando y se dio cuenta de repente de lo hambrienta que estaba. El diablillo seguí a su lado, observándola sin moverse, como si se hubiera vuelto a convertir en estatua. Alguien la llamó desde dentro de la casa, tenía que despedirse ya. Plantó un beso en la fría mejilla del diablillo, que se llevó un dedo a los labios, como pidiendo silencio. Ella lo entendió y asintió con la cabeza. Sería su secreto. Luego echó a correr hacia su casa y hacia el calor de los brazos de su madre.

Sara nunca sería capaz de encontrar aquel claro en el bosque de nuevo, pero el recuero de su peligrosa y fantástica aventura siguió siempre vivo, y lo relató a sus hermanos, hijos, nietos y bisnietos, y estos a los suyos, hasta que la historia de la niña fue pasando de la historia a la leyenda y de la leyenda al cuento:la niña y el tótem de hielo

La leyenda del palacio del hielo

Con esta historía me he salido un poco de mis registros habituales, pero espero que os guste^^

Había una vez en un lugar lejano y frío, un reino de hielo y praderas esteparias. En ese reino había un palacio. Era un palacio de torres altas, gigantes transparentes alzándose hasta el cielo al borde de un acantilado. Un lugar entre el mar y el cielo, etéreo, transparente y frío. Los habitantes de este castillo no tenían secretos, eran gente afable que deambulaba de un lado a otro del castillo, deslizándose sobre sus patines, levantando suaves olas de escarcha y crujidos dulces en los suelos de los pasillos.
Como en todos los reinos, había un rey, en este caso una reina. La reina era una joven dulce y aparentemente feliz, que como todos los habitantes de este reino jugaba entre las estatuas de hielo y las traslucidas paredes del castillo. Era una reina feliz para un reino feliz.
Sin embargo, ni siquiera en un mundo tan feliz, todos podían serlo. Nuestra princesa, que tan alegremente correteaba durante el día por los pasillos, por la noche se escapaba de su habitación a hurtadillas y se escabullía hasta el tejado de la más alta de las torres. Desde allí contemplaba la luna, la blanca y hermosa luna, única amante de sus noches de soledad. Era a la luna a quien contaba sus pesares, sus pérdidas y sus añoranzas. Y la luna, paciente y maternal, escuchaba todos los días a la pequeña princesa contarle sus desvelos, y una noche, apenada decidió mandarle a la princesa un compañero. Era un hombre hecho de polvo de estrellas que sólo duraría una noche, pero que, siendo como era hijo de la luna, amaba a aquella princesa tanto como el astro que le había dado la vida. Y durante una sola noche, el hombre hecho de polvo de estrellas y la princesa, fueron amigos, esposos y amantes, deshaciéndose al amanecer el hombre en polvo brillante entre los sedosos cabellos de la princesa.
Aquella noche fue robada, un secreto para todos los habitantes del castillo. Sin embargo pronto ese secreto tan preciadamente guardado fue expuesto. El vientre de la princesa se hinchó mes tras mes a la vista de los habitantes del palacio, hasta que en la novena luna nació una niña. Era una niña preciosa, de cabellos albos como su madre y una piel tan pálida y brillante que parecía estar hecha del más fino de los metales. El corazón de la princesa estaba por una vez rebosante de alegría, la niña era el recuerdo vivo de su gran felicidad y de aquel hombre que tanto había amado por una sola noche.
Tristemente, no todos en el palacio estaban tan gloriosos con el nacimiento de la nueva princesa, y pronto los rumores empezaron a expandirse. Las palabras envenenadas se transmitieron como una llama en la pólvora, hasta que por fin se produjo el estallido. Todos clamaban saber la identidad del padre, no podía haber secretos en un palacio hecho de paredes tranparentes. Nadie creyó a la princesa cuando habló de la luna y del hombre de polvo de estrellas y pronto los fríos ojos de los habitantes invernales, acusaban a la princesa, y las manos, de pronto celosas y anhelantes de poder, buscaban con fiereza su bien más preciado. La princesa huyó, huyó por los pasillos gélidos y amenazantes del palacio, pero allí no había donde esconderse. Al final huyo a su lugar secreto, a la más alta de las torres. No había escapatoria. La multitud se acercaba vociferante, clamando por la niña. La princesa con una última mirada llena de lagrimas hacia la luna, saltó por la ventana.
Entonces la luna, piadosa del cruel destino de la princesa y su vástago, antes de que estas cayeran al gélido mar, las convirtió en estrellas. Miles de pequeñas y brillantes estrellas, como si fueran polvo, que se grabaron en el cielo negro sedoso adornando a la pálida luna. La luna, furiosa con los habitantes del hielo, echó abajo sus altas torres, redujo a polvo fino las paredes de su hermoso palacio y los condenó. Los condeno para siempre, para que no pudieran jamás volver a moverse grácilmente sobre el hielo. Les condenó a vivir en el mar y a ser torpes en la tierra, los convirtió en pájaros incapaces de volar, para que nunca jamás pudieran acercarse a la princesa y su hija, que desde entonces adornan cada noche el cielo como un magnifico camino brillante.

La estatua de hielo

El suelo de mi habitación está frío, lo noto contra mi mejilla. El ambiente es cálido, una noche de principios de verano. Por un momento los coches se silencian en la avenida y observo el techo negro de mi habitación. No puedo dormir, mis pensamientos revolotean como mariposas enjauladas que no me dejan descansar. Mordisqueo la cadena que llevo al cuello para calmar mi inquietud. Me gustaría que desaparecieras por un momento de mis pensamientos, poder descansar esta noche.
Tú, siempre tú. Eres como una estatua de hielo en medio del verano. Si me acerco a ti, eres fresco y dulce, un alivio dentro del abrasante infierno de la ciudad, pero no puedo quedarme a tu lado, no puedo acariciar tu piel congelada, porque me quedaría pegada a ti, sin poder alejarme mientras tu hielo quema mis dedos. Esa es la sensación que tengo, ahora y en todo momento, siempre me alejas, si me acerco me quemo y si me alejo, siempre quiero volver a ese lugar fresco y dulce a tu lado. Querer es un verbo difícil, la añoranza no es un sentimiento fácil y el dolor es amigo de los dos. Y yo te quiero, te añoro y me duelen tus heridas, las que sin pensarlo me infringiste, aquellas que me hacen ese daño dificil de olvidar, facil de curar. Ojala lo entendieras de verdad y por una vez pudieras darme lo que yo más ansío...pero sé que no será así, por que las cosas son lo que son y nunca será de otra manera, lo unico que queda esperar es la dura batalla entre el corazón y la sensatez, que yo observo inmovil sobre el suelo, mientras el mundo detrás de mi ventana vuelve a ser palpitante y ruidoso. Buenas noches

Un lugar a tu lado

Para Álvaro, por lo que eres para mi
A veces, cuando miro por la ventana y cuento las gotas de lluvia en mi ventana, que son tantas como las horas que llevo sin verte, pienso que te añoro, que si la noche fuera más corta y los días más largos, robaríamos horas a la impávida luna, horas que pasar en el parque, dejando que el sol ilumine tus ojos, tan llenos de secretos como los míos.
No te lo digo tanto como debiera, pero eres especial. En los momentos oscuros, en los que me siento sola, agotada y sin fuerzas, cuando siento que mi lugar en el mundo desaparece, me consuelo y pienso, aún insegura, que al menos tengo un lugar cálido. Ese pequeño lugar donde me refugio cuando todo lo demás falla. El silencio a veces es mi mayor tortura, el tuyo a veces, otras tantas el mío, pero lo respeto porque sé que después de los silencios angustiosos llegaran otros más lentos, más dulces y pacientes que se cuelan entre nosotros y todo lo demás y nos hacen fuertes, nos hacen uno. Y tú me miras con esos ojos, que derrumban todas mis murallas y abres poco a poco los goznes oxidados de mi corazón y lo abres todo para ti y lo acaricias dulcemente, con palabras casi burlonas y susurrantes.
Por todo esto y más quiero estar a tu lado, todo el tiempo que me dejes, y todo el que me gustaría, pero no quiero mirar al futuro, sólo al presente, porque cada minuto a tu lado es el momento más precioso.

Emily

Ultimamente estoy actualizando mucho, pero es que estoy inspirada y quiero aprovecharlo. Esta historia que voy a colgar es del estilo de la del otro dia que colgue, más en mi vena gore. Esta se la dedico a Laura, que siempre me anda pidiendo alguna de este tipo. For you Lau^^

Amor. A-M-O-R. El amor…Los enamorados…Enamorarse…
Lanzo la enésima bola de papel contra la ventana y rompo el último lápiz que había en la caja. Nada no me sale nada, estoy completamente seca. Hace demasiado calor. Por la ventana no veo más que parejitas haciéndose arrumacos en el césped. No saben lo que es el amor de verdad, y lo peor es que sus gorgoritos y palabrejas cursis no me dejan escribir. En el horizonte el sol se va desvaneciendo en un sinfín de tonos rojizos anaranjados y amarillos. Se oyen algunos “ohs” y “ahs” pero yo lo veo francamente horrendo. Es como si el cielo, el bonito cielo azul, hubiera decidido volverse una mariposa cursi multicolor para que todos esos idiotas la adoraran. En cuanto cae la noche cierro los ojos y dejo que Emily salga.
Emily es mi alter ego.
- “Vaya así que estamos otra vez en dique seco ¿no?”-
- Me temo que si Em –
- ¿Por qué te empeñas en escribir esas cursiladas si no se te da bien?-
- Porque el amor es lo máaaaas bonito del mundo-
- No, y lo sabes, no existe, admítelo-
- Jamás-
- Bueno, no voy a meterme con tu personalidad de princesita-
- Ya sabes que tu eres mi única doble personalidad Em no te piques- gorgojeo
- Ya ,ya – noto que se relaja- ¿y qué vamos a hacer con el dique seco?-
- Estaba pensando en salir a jugar un rato-
- Vaya- ella también se relame ante la perspectiva- eso ya va sonando mejor
Voy silbando hasta el armario, pasando primero por la puerta y comprobando que el cerrojo está bien echado. Luego abro la puerta del armario y rebusco entre la ropa color rosa hasta que encuentro el cajón secreto. Emily da botecitos de satisfacción ante la vista del cajón. La dejo que tome el control un rato. Acaricia la ropa de color negro, los tejidos de cuero y el roce frío y afilado del cuchillo. Está eufórica, se muere de ganas por salir a jugar, pero la contengo un poco mientras me visto minuciosamente asegurándome que ni siquiera un milímetro de piel quede al descubierto. Me sonrío y me guiño el ojo satisfecha en el espejo. Ahora ya podemos salir.
Me escabullo por la puerta de atrás de la residencia, bajo por la escalera de metal sin hacer el mínimo ruido. Soy una sombra glamurosa y minúscula que se mueve por la escalera metálica. Me coloco junto al alfeizar de la ventana e intento no mirar abajo, dejo que Em tome el control, ella siempre ha sido la más ágil de las dos. Se mueve como un gatito ronroneante que espera recibir un trozo de pescado.
Ya estamos en la habituación. Nuestras presas están tan entretenidas rebozándose, comiéndose y repitiéndose una y otra vez lo mucho que les gusta lo que están haciendo y lo mucho que se quieren que ni siquiera se han dado cuenta de que estamos allí. Son una de esas parejitas que se creen que lo saben todo sobre el amor, y parece que tienen el estómago lleno de “te quiero” porque no paran de vomitarlos a todas horas como si les dieran acidez o algo de eso. Emily lucha enfrevecidamente por salir mientras yo le observo empujándose el uno al otro entre gemidos gruñidos e intercambio de jugos. Es un espectáculo tan grotesco como fascinante. Emily me recuerda con voz dulzona la novela que he dejado a medio terminar encima de la mesa y accedo a dejarle el control. Nos embebemos las dos en la tarea. Primero la matamos a ella. Interrumpimos su loca cabalgada para atravesarle el cuchillo por debajo de la oreja. Sin pararnos a disfrutar con el sabor de la sangre que ha empapado nuestros labios nos deshacemos de él. Pobrecillo, apenas se da cuenta, está tan apasionado metiendo y sacando esa cosita dentro de ella que no se ha dado cuenta de nada hasta el último momento, cuando le atravesamos el cerebro a través del ojo. La luna, morbosa compañera, decide darme una vista mejor de mi obra. Hay sangre por todas partes. Gloriosa tinta de amor empapando las paredes de estos profanos y sus múltiples fotos. Acaricio con suavidad sus caras de felicidad congelada. Deberían estarme agradecidos, los he matado en un momento en que los dos se sentían satisfechos y eran felices, no muchos son capaces de decir lo mismo. “No saben apreciar nuestra amabilidad” sisea Emily en mi mente, que está saboreando el regusto férreo de la sangre. Odio que haga eso, yo adoro el color la textura y los dibujos que crea la sangre fresca, pero su sabor me repugna, es tan vulgar como chupar un tornillo. Emily ríe ante mi comparación, pero no cesa su tarea y yo me dispongo a ayudarla. Primero los separamos con cuidado de no desperdiciar el valioso contenido de esos frascos apestosos y mojados. Luego, tras la seguridad de los guantes, retorcemos la “cosita” del frasco varón hasta arrancársela. Es algo totalmente antiestético, está mucho mejor sin ella convenimos. Luego vamos hacia ella, la sangre de él no nos interesa, demasiadas hormonas, pero ella, ella es hermosa. La sangre gotea por su cuello como una fuente de juventud, en contraste con su piel pálida ante la luna, sus ojos, desenfocados para siempre por el orgasmo, reflejan también la pálida luz de la luna y están ribeteados de un rojo magnífico. Nos ponemos manos a la obra.
En menos de veinte minutos hemos terminado nuestro cometido. Volvemos a poner el cuerpo encima del hombre, que ha impregnado las sabanas con un rojo pardusco un poco vulgar pero que gana cualidades sabiendo cual es el tinte. Es una escena magnífica, los dos amantes abrazados castamente para siempre, sobre un manto sangriento iluminados por la morbosa luna. Siento que la inspiración vuelve poco a poco. Y mientras subo las escaleras dando saltitos me permito tararear un poco. Emily me reprende, debemos ser silenciosas, pero estoy tan feliz, que no puedo evitarlo.
En cuanto llego a la habitación me deshago de la ropa, prendiéndola fuego en la papelera, guardo minuciosamente el cuchillo de vuelta en su escondite, y desnuda, disfrutando de la sangre que sigue pegajosa en mi cara, vierto el preciado contenido de nuestra escapada en un tintero de cristal y mojo la pluma de punta metálica, solo un poquito para no desperdiciar, y garabateo en un rojo perfecto y hermoso en la primera pagina de mi nueva novela:
“El amor era como una bella noche de luna llena entre sabanas rojas”

Inés&Raúl: Cuando la tempestad estalla (11ª parte)


Inés

El cielo parece partirse en dos ante los rugidos de los truenos. Arrastro las zapatillas empapadas de agua a través de los charcos de la calle. La gente huye y se refugia bajo los tejadillos de las tiendas mientras yo sigo corriendo bajo la lluvia. Me despeja me libera y me limpia. Voy a su portal y llamo insistente al timbre. Nadie contesta, ahora no se qué hacer, he ido hasta allí corriendo, esperando que estuviera en casa, que me abriera la puerta y poder decirle todo. Eva. Ella seguro que sabe dónde está. Me pongo en marcha de nuevo.
***
Eva
Ya no lo aguanto más. Le lanzo el cojín a la cara pero él lo esquiva y me coge de las muñecas. No dice absolutamente nada. Se queda ahí mirándome con pena. Me mira intentando pedirme perdón buscando perdón para sí mismo. Pero yo no le voy a perdonar ni a él ni a mí. Me zafo de sus grilletes y le abofeteo. Ni siquiera intenta defenderse. Vuelve a mirarme con esos ojos azules llenos de culpa y remordimiento. No quiero mirarme en esos ojos y verme como él me ve:
- Así que me dejas y ¿ya está?- las lagrimas empiezan a salir a borbotones de nuevo, él intenta acercarse- ¡No quiero que me toques!- retira la mano pero no se mueve ni dice nada – es por ella ¿no? Eres un estúpido ¡ella no te quiere!- La única estúpida aquí soy yo, por interponerme, por quererle y por muchas otras cosas- Inés no es quien tú crees…ya no es la niña que conociste…-
Me sigue mirando con el gesto imperturbable y los ojos llenos de pena. Sé que no me va a decir nada, va a dejar que le abofetee y que le grite hasta que me canse, así dejaré limpio su honor. Maldito estúpido, no hay nada que puedas hacer ahora, lo sabes, el daño ya está hecho. La has querido a ella desde el principio, no pudiste olvidarla y por eso has vuelto, por ella, por la niña a la que ayudaste en el parque. Vaya dos estúpidos orgullosos. Yo, celosa, me interpuse entre vosotros, pero no ha servido para nada, he acabado con el corazón roto y prácticamente empujándoos a los brazos del otro. Pero no vas a reconocerlo, no reconocerás que has vuelto por ella, ni que la quieres, porque ella te hizo daño aquel día. Esperabas que fuera una niña pulcra y recatada y te encontraste con una belleza caprichosa y malcriada. No eres capaz de darte cuenta por lo que ha pasado y lo mucho que la has cambiado en tan poco tiempo. ¿Por qué no pudiste hacer eso conmigo? ¿Por qué no fui yo a quien rescataste en el parque? ¿Por qué me vas a dejar de nuevo aquí sola, atrapada en mi propia telaraña de falsedades y mentiras? Te has acuclillado a mi lado y me miras con la expresión que se mira a un perrillo abandonado .La ira me hace hervir la sangre:
- ¡¿ES QUE NO VAS A DECIR NADA?!¡¿VAS A QUEDARTE CALLADO COMO SIEMPRE. COBARDE?!- le grito
- Lo siento-
Es lo único que dice y me deja en el suelo gritando y golpeando las paredes, desesperada, despechada y sola:
- Lo siento no es suficiente- logro balbucir entre sollozos, pero él ya no me oye
Estoy sola otra vez. Me quedo tendida en el suelo enmoquetado de mi habitación. Me hago un ovillo y me cierro tanto que me gustaría hacerme cada vez más chiquitita y así desaparecer.
Cuando creo que estoy a punto de desaparecer por una vez llaman a la puerta. Me doy cuenta de que sigo siendo igual que siempre, que el dolor del pecho no ha desaparecido en absoluto y que el frío del suelo me ha entumecido el cuerpo. Me levanto de mala gana y voy hasta la puerta renqueante. Antes de abrir me miro al espejo. Tengo los ojos hinchados y la cara con marcas rojas de haber llorado. Mi pelo está alborotado y en una mejilla tengo la marca de la moqueta. No estoy presentable ni de lejos, pero hago un esfuerzo por sonreír y abro la puerta. La sonrisa se me desvanece en cuanto veo quien está al otro lado. Inés con la ropa empapada y el pelo pegado a la cara por la lluvia respira jadeante al otro lado del quicio, demasiado cansada para articular una frase coherente. Está acalorada por el esfuerzo y en su mejilla se distingue la marca clara de un golpe. También parece que ha estado llorando. Me mira confundida mientras recupera el aliento:
- ¿Está aquí Raúl-
Como no, cenicienta viene corriendo bajo la lluvia para buscar a su príncipe. Me siento tentada a mentirla, a decirle que no quería verla, pero me muerdo el labio, ya son demasiadas mentiras acumuladas:
- Se ha ido…- me mira disgustada
- ¿sabes a donde?-
- No…-
- Bueno…gracias- me dice antes de darse la vuelta para coger el ascensor
- Inés- se da la vuelta y me mira – me ha dejado – clavo las uñas en la puerta para no perder el control – no me quería a mi –
Los ojos de Inés parpadean un momento con sorpresa y luego la puerta del ascensor se vuelve a cerrar antes de que pueda decir nada. En cuanto el ascensor se cierra me hundo detrás de mi puerta y lloro, esta vez tranquila, mientras esta vez las lágrimas se mezclan con la risa que no puede evitar salir ante lo ridículo de la situación. Tanto esfuerzo para acabar dándoles yo el ultimo empujón.
Inés
Le veo. Es una figura encorvada y solitaria que camina bajo la lluvia igual que yo. Le pido un último esfuerzo a mis cansadas piernas y le alcanzo.