Hola, mi nombre es Brooke y estoy viviendo el fin del mundo.
Parad todas las ideas que tenéis ahora mismo sobre el fin del mundo. No ha habido grandes catástrofes naturales, ni una gran guerra, ni armas nucleares. No, a los que estéis leyendo esta carta os diré que lo que acabó con el mundo fue la estupidez humana, pero sobre todo su vanidad.
Debo contaros como es mi mundo de ahora. No imaginéis calles vacÃas con grandes plantas rodadoras yendo de un lado a otro. Ni la naturaleza tomando las ciudades. Tampoco hay animales salvajes ni seres venidos de otro planeta.
Todo sigue estando casi como en vuestra época, las calles siguen estando llenas de gente que pasea de un lado a otro con sus prisas y pensando solo en sus cosas. Quizás eso fue lo que nos trajo hasta aquÃ, que nadie se dio cuenta de lo que les ocurrÃa a los otros hasta que fue demasiado tarde.
Voy a dejarme de misterios y catastrofismos y os diré de una vez que es lo que pasa en mi mundo que lo hace tan terrible…
¿Recordáis a aquellas modelos delgadas de vuestro tiempo?
¿Recordáis cómo se las vanagloriaba y se las trataba como a diosas de la delgadez?
¿Recordáis como todas querÃais ser como ellas y os sometÃais a dietas horribles solo para adelgazar un kilo?
Pues bien todo eso se ha llevado al extremo en mi mundo. Hubo un momento, un momento extraño, en el que una mujer, que creÃa con todas sus fuerzas en esos dogmas, subió al poder del paÃs más poderoso del mundo.
Su extrema delgadez aparecÃa a cada momento en la televisión, en las revistas, en internet. Su rostro chupado, de pómulos huesudos y labios abultados empezó a ser el referente para todo el mundo. No me refiero solo a un puñado de adolescentes hormonadas que harÃa cualquier cosa para parecerse a ella. No, fue todo el mundo: altos directivos, amas de casas, ministras…desde el escalafón más alto al más bajo, las mujeres fueron cayendo bajo esa absurda maldición.
Hubo resistencia no lo dudéis, hubo unas cuantas que decidieron resistirse y seguir siendo como eran…pero su resistencia duro poco. Las grandes empresas textiles, frotándose las manos al ver que la nueva tendencia les ahorrarÃa mucha dinero en materiales, empezaron a hacer sus tallas cada vez más pequeñas, tanto que un dÃa, aquellas que habÃan decidido resistirse no tuvieron donde ir a comprarse la ropa. Cuando entraban en una tienda, las esqueléticas dependientas las miraban con desprecio y las decÃan que allà no habÃa ropa para gente como ellas.
Las hicieron sentir gordas. Las hicieron sentir miserables. Las hicieron verse horribles. Las hicieron sentir tan mal que al final cayeron como todas las demás.
Y os preguntareis que estaban haciendo los hombres en aquel momento ¿no?
Al principio ellos también adoraron a aquella huesuda mujer que las habÃa embrujado a todas , pero poco a poco, al ver que los cuerpos de sus amantes, de sus mujeres, des sus hijas, dejaban atrás sus sugerentes y sanas curvas para dar paso a un saco de huesos apenas recubierto de piel, comenzaron a alarmarse. Fueron ellos los primeros en darse cuenta de que aquello que tan sugerente parecÃa en las páginas de las revistas, cubierto de maquillaje y photoshop, no era nada atractivo en la vida real.
Ellos se rebelaron, se rebelaron con todas sus fuerzas. Intentaron decirlas que eran hermosas, las más hermosas, sin importar el peso o el aspecto que tuvieran. Pero ellas no les escucharon.
Nadie escuchó. Nadie quiso ver. Nada se hizo, y pronto empezaron los sucesos más escalofriantes empezaron a ocurrir.
Lo primero que empezó a ocurrir es que las tiendas de comida comenzaron a cerrar. La gente no comÃa más que apio y algunas zanahorias. Hubo algunos que incluso empezaron a alimentarse solo de suero.
Luego llego la época de las discusiones. Yo era muy pequeña por aquel entonces, pero mi madre siempre me decÃa que podÃas escuchar a la gente gritarse durante toda la noche. El hambre auto impuesta, volvÃa a las personas irascibles. Las peleas empezaban por cualquier nimiedad.
Luego llegó la Época del Silencio y la caÃda de los hombres.
El silencio llegó cuando los hombres cayeron o viceversa, el caso es que un dÃa uno de aquellos hombres que tanto luchaban por hacer sentir a sus mujeres hermosas se volvió como ellas. Dejó de comer, dejo de sonreÃr y se volvió huraño.
Cayeron muchos en aquella época, pero algunos, los que aún no tenÃan las neuronas demasiado adormiladas por el hambre, decidieron huir de las ciudades. Huyeron más allá de las junglas de cristal y metal para refugiarse en el campo donde la comida crecÃa de la tierra y la locura por la delgadez no llegarÃa.
El último de los grandes problemas fue el más terrible de todos. Los niños. No hubo más de ellos. Ni uno más.
Quizás no lo sepáis pero la extrema delgadez que mantenÃan las mujeres las hacÃa infértiles, y aquellas que por alguna extraña casualidad quedaban embarazadas abortaban en seguida, ya que no querÃan ver su escuálido cuerpo hinchado por la felicidad del embarazo. Y ya no hubo más niños.
Aquellos que nacieron antes de la locura seguÃan siendo mantenidos por sus padres, pero con la misma austera e incompleta dieta que sus padres practicaban.
A veces los veÃa pasar escondida tras mi ventana. Andaban medio sonámbulos por las calles, con los ojos hundidos en el rostro, sin sonrisas, sin ganas de jugar. El hambre era demasiado grande…
Creo que con todo lo que os he contado os hacéis una idea de cómo es mi mundo ahora. Yo nacà antes de toda la locura, pero por suerte para mà mis padres siempre fueron rebeldes. Mi madre nunca dejó que nadie la hiciera sentirse mal por tener “curvas” como le encanta decir a mi padre, que la abraza por la cintura y le dice que le encanta que sea “mujer”.
Yo tengo la suerte de decir que nunca he pasado hambre y que aunque nunca he jugado con otros niños, siempre he sido feliz.
Hoy voy a dejar la ciudad para siempre con mis padres. Iremos a vivir al campo, a una casa rodeada de huertas de las que podemos alimentarnos.
Sé que es probable que este programa ya no funcione y no envÃe mensajes al pasado, pero si alguien lo lee, me gustarÃa que se parara a pensar un momento y se lo dijera a todo el que pueda.
No dejéis que vuestro mundo se convierta en el mÃo.
Sentiros hermosas aunque todo el mundo os diga lo contrario.
La talla de la ropa no marca vuestra valÃa recordadlo.
Espero que en el futuro sigáis sonriendo.
Me despido deseándoos mucha suerte.
Brooke
Espero que os guste esta entrada, después de haber estado tanto tiempo sin escribir, estoy un poquito oxidada XD
Siento estar actualizando tan poco ultimamente, pero he estado un poco en dique seco y centrándome más en la pintura ultimamente, pero bueno intentare esforzarme un poquito y actualizar aunque sea una vez al mes.
Un saludo
PD: aqui esta la dirección de mi pagina en deviant art por si alguien está también por esos lares y quiere echarme un ojo ;)
http://cameliasecret.deviantart.com/
Después de tanto tiempo sin escribir empiezo una historÃa en partes con algo de misterio, intriga y erotismo. Espero que os guste^^
La carta llegó un dÃa igual a cualquier otro.
Como todos los demás dÃas fue el repiqueteo de la lluvia en mi ventana lo que me despertó. Como todos los dÃas saludé al cielo gris acero que se derramaba sobre los edificios y que empañaba con su frÃo mi cristal.
Como siempre, salà de la habitación con el pelo revuelto, la cara sin lavar y el pijama medio desabrochado. Como cada dÃa mi compañera de piso no levantó siquiera la vista de su taza de café para mirarme. Me preparé el mismo desayuno de siempre, nesquick con leche frÃa y galletas de mantequilla. Al principio, cuando todavÃa nos reÃamos juntas, mi compañera solÃa burlarse alegremente de mà por mi infantil forma de empezar el dÃa.
La única mirada que me dirigió fue cuando salÃa de casa. Fue una mirada llena de reproche y algo de compasión, pero no dijo nada, ya se habÃa cansado de insistirme en que debÃa seguir con mi vida, volver a clase, coger las llamadas de mis amigos. Se habÃa cansado de intentar traerme de vuelta.
Horas después, tras haber disfrutado de mi tiempo de soledad y lluvia frente a mi ventana, decidà que era el momento de salir a hacer la compra al menos. Escogà al azar un chubasquero gris de mi armario y cogà un paraguas en la entrada tan negro como mis noticias. Aseguré las llaves en mi mano y el bolso en mi hombro y salÃ.
Estaba esperándome sobre el felpudo.
Al principio no la vi, pero su impoluta blancura sobre el marrón negruzco del felpudo atrajo pronto mi mirada.
Era un sobre de tamaño normal, de papel grueso y textura rugosa. Algo elegante y sofisticado. No habÃa ni remitente ni dirección, en su lugar sólo habÃa un número escrito con elegancia en el anverso.
13.
La carta pesaba en mis manos y yo no sabÃa muy bien qué hacer con ella. Al final decidà que debÃa abrirla y si no era para mà en seguida la entregarÃa al conserje para que la entregara a su dueño.
En su interior, con letra picuda y elegante habÃa escritas unas breves frases:
Si usted ha recibido esta carta es porque su vida necesita de este juego.
El juego comenzara en cuanto usted haya abierto el primer sobre y terminará cuando encuentre el ultimo.
Señorita X, estaremos esperando su decisión
No me lo podÃa creer. Era tan extraño que parecÃa sacado de una pelÃcula. Miré y remiré el sobre buscando algún indicio de su remitente. Nada. Cuando agité el sobre entre mis manos dos sobres más pequeños cayeron sobre mi regazo.
Con la misma letra elegante se habÃa escrito una palabra en cada uno de los sobres: SI y NO.
Los sobres se quedaron en mi regazo durante interminables minutos. La gotera del dejaba caer las gotas al ya desgastado suelo del pasillo con insistente armonÃa mientras yo no podÃa apartar la vista de los dos sobres. En mi pecho el corazón me latÃa acelerado, como el de un polluelo que en el nido, abre las alas por primera vez para echar el vuelo.
Al final, con la mano temblorosa, los nervios a flor de piel cogà uno de los sobres y lo abrà con dedos torpes y asustados. Al momento, el otro sobre que aún descansaba en mi regazo empezó a reducirse a cenizas hasta que no quedó nada de él. Ya no habÃa vuelta atrás.
Observé la palabra que quedaba en mi sobre, la decisión que no podÃa deshacer y el SI me devolvió la mirada desafiante y orgulloso, instándome a desvelar sus misterios.
Abrà el sobre allà mismo sobre el frÃo suelo de baldosas. No contenÃa mucho, solo una vieja tarjeta de visita amarilleada por los bordes y a su lado, cogido con una elegante pinza con las iniciales IP, un mapa recién impreso de la localización.
Sin pensarlo dos veces y segura de querer emprender la aventura que me proponÃa el sobre me lancé a la calle en busca de el destino de mi mapa.
Me costó más de una hora encontrarlo. Era un pequeño restaurante semi oculto tras dos grandes edificios en la parte antigua de la ciudad. En su fachada habÃa un gran cartel amarillento con letras marrones redondeadas que anunciaba comida casera y trato amable.
El interior era acogedor y tenue. La sala rectangular que conformaba el restaurante, contaba con poco más de una docena de mesas, la mayorÃa vacÃas, y estaba iluminada por auténticos candelabros que goteaban cera sobre las paredes de piedra.
En seguida una joven de ojos color miel salió a mi encuentro y me preguntó con un ronroneante acento marroquà si deseaba sentarme. Sin saber muy bien que decirle le enseñé el contenido del sobre que se encontraba a buen recaudo en el bolsillo de mi impermeable. Su rostro se iluminó y con una sonrisa me acompañó a una de las mesas escondidas en la parte más intima del restaurante.
Allà me esperaba un hombre, o eso supuse, ya que la sombra de la pared no me dejaba más que intuir el brillo de su cigarrillo encendido, bajo el ala ancha de su sombrero.
Estuvimos unos segundos en silencio hasta que el desconocido comenzó a hablar con voz cadenciosa y pausada mientras daba largas caladas a su cigarrillo:
- Por lo que veo ha decidido usted entrar en el juego señorita X –
- Sólo elegà un sobre –
- Eso es suficiente para entrar –
- No sé en qué estoy metida, ni quién es usted –
- Aún asà ha decidido venir –
- Sólo por curiosidad, ha sido pura casualidad –
- La casualidad no existe y usted mejor que nadie lo sabe –
El cuchillo de hiel se clavó en mi garganta al oÃr de sus labios esas palabras y al ver en sus ojos, tenuemente iluminados por el cigarrillo, girones de compasión
- Ha sido un error venir aquÃ- digo mientras me levanto para marcharme.
- No, no lo ha sido, y usted lo sabe tan bien como yo – noto como me mira desde la sombras y veo su mano salir de la oscuridad – vuelva a sentarse por favor – hago lo que me dice – le prometo que si sigue jugando, cuando termine, todo ese dolor que lleva dentro habrá desaparecido y podrá a vivir su vida como era antes –
- ¿Cómo? – es una sola palabra ahogada que se escapa de mis labios.
Continuará...
Bueno, dicen que en la variedad está el gusto, y creo que todavÃa no habÃa subido nada de este estilo. Quiero comentaros que esta historia está inspirada en un icono, si un icono, para que veais que la inspiración está en cualquier parte jajajaja. Por cierto, es un relato poco recomendado para mentes puras jejejej
Sientes la caricia del viento en tu pelo. Sientes como el ruido del motor ahoga los latidos acelerados de tu corazón.
Por fin te lanzas a una carretera desierta junto al mar. Aquà no hay semáforos, ni coches, ni incómodos peatones que ralenticen tu alocada carrera. Aquà te sientes libre, como si pudieras levantar la rueda y alzar el vuelo.
Alguien se coloca a tu lado, debe ser algún loco adicto a la velocidad que ha decidido salir a explayarse el domingo. Su moto roja brillante parece acompañar al centello amarillo y azul de la tuya
Giras un poco más el acelerador y tu moto sale despedida con un caballito. Seguramente que el desconocido se está riendo tras su casco encarnado. SonrÃes tú bajo el tuyo y sientes como el poder de la moto vibra bajo tus piernas.
El desconocido está de nuevo allÃ. Su moto se ha puesto a la altura de nuevo, todo un logro teniendo en cuenta que los 900 caballos de la tuya ya van resoplando. Enfilas una recta y te permites girar la cabeza y mirarle. La protección plateada del casco te impide ver su cara, pero tu instinto te dice que es atractivo y te está mirando. De pronto es él el que se alza en su rueda de atrás y te adelanta con un estruendo. Es un rugido voraz, poderoso y tu moto tiembla ante ese rugido. Él ha ganado la carrera, no tienes nada que hacer.
Aflojas el manillar del freno y con el del gas vas bajando las marchas poco a poco, hasta que la aguja deja de temblar en los 240 y se concentra en los 140. Ya te has desfogado bastante y no quieres más, él te ha humillado y estas molesta.
No puedes sorprenderte más cuando lo encuentras más adelante, esperando, igualando el ritmo de su moto al tuyo. Levantas las cejas bajo el casco y de nuevo vuelves a sentir su sonrisa.
Sin saber muy bien por qué le sigues. El hotel de carretera está vacÃo y nadie hace preguntas cuando entráis. Aún no os habéis quitado los cascos, parte por el misterio parte para recuperar las formas tras la carrera. Tú jadeas bajo el visor, presa de una intriga hasta ahora desconocida.
Entráis en la habitación, la 138, aunque dudas mucho que ese hotelucho de carretera tenga tantas habitaciones. Él por fin se descubre.
Deja el casco sobre una mesita adornada con un jarrón horrible y cuando se da la vuelta descubre su pelo castaño cayendo sobre unos ojos negros, oscuros como la noche, que te miran enfebrecidos de deseo. Bajo la nariz larga y recta encuentras unos labios carnosos, que te despiertan un deseo irrefrenable.
Tú también has dejado el casco sobre la mesita y ahora vuestros cuerpos están tan cerca que puedes sentir como su presencia lo invade todo.
Una mano firme se afianza en tu espalda y te acerca a él. Tú no te resistes y dejas que esos labios tan sensuales atrapen los tuyos. Entonces es como una explosión, la pasión estalla en el beso y sientes como el calor viaja desde tus labios a todo tu cuerpo.
También sientes el calor de él, su beso cada vez más voraz, su mano impaciente que busca la cremallera de tu mono. Tú encuentras antes la del suyo y descubres el pecho desnudo y cálido bajo el frÃo y duro cuello.
Tus manos van desde su ombligo a sus hombros y dejas caer la chaqueta a un lado. En ese momento el también se las ha arreglado para desvestirte y solo una fina camiseta blanca de deporte separa vuestros ardientes cuerpos. Tus pezones se erizan al rozar el pecho de él, y él excitado al notarlo los atrapa con sus manos.
Sus manos son tan voraces y sensuales como sus labios. Encuentran todos los recodos de tu cuerpo y las exploran con la yema de sus dedos, dejando una sensación eléctrica allà donde tocaron. Ya apenas puedes respirar y los jadeos salen de tu boca convirtiéndose poco a poco en gemidos. El gruñe también cuando atrapas uno de sus pezones entre tus labios y succionas, jugueteando después con la lengua, saboreando y mordisqueando.
Le empujas a la cama y él se deja caer. Gateas por la cama hacia él, sin poder esperar un instante le cubres el pecho con besos y mordiscos que bajan desde su cuello a su musculado vientre.
Él busca entre tus piernas y acerca más tu cuerpo al suyo. Cuando sus dedos entran en ti nuestros cuerpos están completamente pegados.
Sientes como sus dedos juegan dentro de ti y como su erección palpita en tus piernas. Buscas sus labios y tu lengua se enrosca en la suya, haciendo el beso más profundo, intenso y placentero. Después buscas su oreja, la mordisqueas y él gime con gusto y con su mano libre apreta tus pechos, mientras que sus dedos entran más fuerte dentro de ti.
No puedes más. Te deshaces de su abrazo y le tumbas de nuevo. Esta vez tus besos bajan de su estómago y saboreas con tus labios y tus manos su sabor.
Ya no resistÃs más. Él te vuelve a tumbar y entra en ti con fuerza. Arqueas la espalda ante su embestida y el gemido escapa de tus labios, sordo.
Las embestidas se suceden y tú clavas las uñas en su espalda y enredas tus piernas alrededor de su cadera, reteniéndole. Quieres sentirle más, más dentro, más intenso.
Y todo acaba en un estallido. Sientes llegar el placer y él te sigue. En una embestida final os deja a los dos radiantes y satisfechos.
Se deja caer en las sabanas a mi lado, sudoroso y cansado. Tiene los labios enrojecidos por la pasión, los ojos cerrados y la sonrisa dibujada en el rostro. Yo me arrebujo bajo las sabanas a su lado. Cuando me tumbo a su lado, abre los ojos para mirarme y la sonrisa tranquila desaparece sustituida por una más voraz.
Va a ser el mejor domingo de mi vida.