Carta de un futuro probable

Hola, mi nombre es Brooke y estoy viviendo el fin del mundo.
Parad todas las ideas que tenéis ahora mismo sobre el fin del mundo. No ha habido grandes catástrofes naturales, ni una gran guerra, ni armas nucleares. No, a los que estéis leyendo esta carta os diré que lo que acabó con el mundo fue la estupidez humana, pero sobre todo su vanidad.
Debo contaros como es mi mundo de ahora. No imaginéis calles vacías con grandes plantas rodadoras yendo de un lado a otro. Ni la naturaleza tomando las ciudades. Tampoco hay animales salvajes ni seres venidos de otro planeta.
Todo sigue estando casi como en vuestra época, las calles siguen estando llenas de gente que pasea de un lado a otro con sus prisas y pensando solo en sus cosas. Quizás eso fue lo que nos trajo hasta aquí, que nadie se dio cuenta de lo que les ocurría a los otros hasta que fue demasiado tarde.
Voy a dejarme de misterios y catastrofismos y os diré de una vez que es lo que pasa en mi mundo que lo hace tan terrible…
¿Recordáis a aquellas modelos delgadas de vuestro tiempo?
¿Recordáis cómo se las vanagloriaba y se las trataba como a diosas de la delgadez?
¿Recordáis como todas queríais ser como ellas y os sometíais a dietas horribles solo para adelgazar un kilo?
Pues bien todo eso se ha llevado al extremo en mi mundo. Hubo un momento, un momento extraño, en el que una mujer, que creía con todas sus fuerzas en esos dogmas, subió al poder del país más poderoso del mundo.
Su extrema delgadez aparecía a cada momento en la televisión, en las revistas, en internet. Su rostro chupado, de pómulos huesudos y labios abultados empezó a ser el referente para todo el mundo. No me refiero solo a un puñado de adolescentes hormonadas que haría cualquier cosa para parecerse a ella. No, fue todo el mundo: altos directivos, amas de casas, ministras…desde el escalafón más alto al más bajo, las mujeres fueron cayendo bajo esa absurda maldición.
Hubo resistencia no lo dudéis, hubo unas cuantas que decidieron resistirse y seguir siendo como eran…pero su resistencia duro poco. Las grandes empresas textiles, frotándose las manos al ver que la nueva tendencia les ahorraría mucha dinero en materiales, empezaron a hacer sus tallas cada vez más pequeñas, tanto que un día, aquellas que habían decidido resistirse no tuvieron donde ir a comprarse la ropa. Cuando entraban en una tienda, las esqueléticas dependientas las miraban con desprecio y las decían que allí no había ropa para gente como ellas.
Las hicieron sentir gordas. Las hicieron sentir miserables. Las hicieron verse horribles. Las hicieron sentir tan mal que al final cayeron como todas las demás.
Y os preguntareis que estaban haciendo los hombres en aquel momento ¿no?
Al principio ellos también adoraron a aquella huesuda mujer que las había embrujado a todas , pero poco a poco, al ver que los cuerpos de sus amantes, de sus mujeres, des sus hijas, dejaban atrás sus sugerentes y sanas curvas para dar paso a un saco de huesos apenas recubierto de piel, comenzaron a alarmarse. Fueron ellos los primeros en darse cuenta de que aquello que tan sugerente parecía en las páginas de las revistas, cubierto de maquillaje y photoshop, no era nada atractivo en la vida real.
Ellos se rebelaron, se rebelaron con todas sus fuerzas. Intentaron decirlas que eran hermosas, las más hermosas, sin importar el peso o el aspecto que tuvieran. Pero ellas no les escucharon.
Nadie escuchó. Nadie quiso ver. Nada se hizo, y pronto empezaron los sucesos más escalofriantes empezaron a ocurrir.
Lo primero que empezó a ocurrir es que las tiendas de comida comenzaron a cerrar. La gente no comía más que apio y algunas zanahorias. Hubo algunos que incluso empezaron a alimentarse solo de suero.
Luego llego la época de las discusiones. Yo era muy pequeña por aquel entonces, pero mi madre siempre me decía que podías escuchar a la gente gritarse durante toda la noche. El hambre auto impuesta, volvía a las personas irascibles. Las peleas empezaban por cualquier nimiedad.
Luego llegó la Época del Silencio y la caída de los hombres.
El silencio llegó cuando los hombres cayeron o viceversa, el caso es que un día uno de aquellos hombres que tanto luchaban por hacer sentir a sus mujeres hermosas se volvió como ellas. Dejó de comer, dejo de sonreír y se volvió huraño.
Cayeron muchos en aquella época, pero algunos, los que aún no tenían las neuronas demasiado adormiladas por el hambre, decidieron huir de las ciudades. Huyeron más allá de las junglas de cristal y metal para refugiarse en el campo donde la comida crecía de la tierra y la locura por la delgadez no llegaría.
El último de los grandes problemas fue el más terrible de todos. Los niños. No hubo más de ellos. Ni uno más.
Quizás no lo sepáis pero la extrema delgadez que mantenían las mujeres las hacía infértiles, y aquellas que por alguna extraña casualidad quedaban embarazadas abortaban en seguida, ya que no querían ver su escuálido cuerpo hinchado por la felicidad del embarazo. Y ya no hubo más niños.
Aquellos que nacieron antes de la locura seguían siendo mantenidos por sus padres, pero con la misma austera e incompleta dieta que sus padres practicaban.
A veces los veía pasar escondida tras mi ventana. Andaban medio sonámbulos por las calles, con los ojos hundidos en el rostro, sin sonrisas, sin ganas de jugar. El hambre era demasiado grande…
Creo que con todo lo que os he contado os hacéis una idea de cómo es mi mundo ahora. Yo nací antes de toda la locura, pero por suerte para mí mis padres siempre fueron rebeldes. Mi madre nunca dejó que nadie la hiciera sentirse mal por tener “curvas” como le encanta decir a mi padre, que la abraza por la cintura y le dice que le encanta que sea “mujer”.
Yo tengo la suerte de decir que nunca he pasado hambre y que aunque nunca he jugado con otros niños, siempre he sido feliz.
Hoy voy a dejar la ciudad para siempre con mis padres. Iremos a vivir al campo, a una casa rodeada de huertas de las que podemos alimentarnos.
Sé que es probable que este programa ya no funcione y no envíe mensajes al pasado, pero si alguien lo lee, me gustaría que se parara a pensar un momento y se lo dijera a todo el que pueda.
No dejéis que vuestro mundo se convierta en el mío.
Sentiros hermosas aunque todo el mundo os diga lo contrario.
La talla de la ropa no marca vuestra valía recordadlo.
Espero que en el futuro sigáis sonriendo.
Me despido deseándoos mucha suerte.
Brooke

Espero que os guste esta entrada, después de haber estado tanto tiempo sin escribir, estoy un poquito oxidada XD

Siento estar actualizando tan poco ultimamente, pero he estado un poco en dique seco y centrándome más en la pintura ultimamente, pero bueno intentare esforzarme un poquito y actualizar aunque sea una vez al mes.

Un saludo


PD: aqui esta la dirección de mi pagina en deviant art por si alguien está también por esos lares y quiere echarme un ojo ;)

http://cameliasecret.deviantart.com/


En mi armario

La entrada numero 60 y quiero dedicarla a un relato que llevaba mucho tiempo con ganas de escribir. No es demasiado largo os recomiendo leerlo, sobretodo a mis lectoras, porque igual os hace pensar un poquito.
Y con esto también inaguro la nueva imagen de mi blog!!


La luz fría de febrero se cuela rencorosa por las rendijas y me salpica en la cara. Parpadeo aún adormilada y me revuelvo un momento bajo las cálidas mantas negándome aún a salir a una mañana tan fría que me ha levantado de esa manera. Pero al final la luz rebelde gana y me levanto de la cama.

Mis articulaciones suenan quejumbrosas, oxidadas como los goznes de una vieja puerta, pero es que yo soy vieja.

En el espejo me saluda la misma cara que lleva saludándome desde hace más de ochenta años. Mismos ojos grises, ahora más apagados; misma piel pecosa que ahora parece más un trapo viejo sucio. Tampoco dedico mucho tiempo a mirarme al espejo, nada ha cambiado de ayer para hoy ni cambiará para mañana.

Después me dirijo aún desperezándome del sueño al armario, y lo abro.

Una pequeña nube de polvo sale del armario al abrirlo. Las minúsculas motas revolotean en el aire, jugando con la misma luz que me despertó momentos atrás. Son como decenas de pequeñas luciérnagas suspendidas en la nada.

El polvo huele a viejo siempre, también a sucio, pero sobre todo a recuerdos, y eso es de lo que más hay en mi armario.

Primero busco zapatos, porque el suelo esta frío y mis pies empiezan a enfriarse.
Los primeros que veo son los zapatos que llevaba cuando tenía veinte años. Son de colores llamativos, un arco iris de color en el mundo de los zapatos. Altos, brillantes y estilizados como el primer día, zapatos para ver el mundo y que el mundo te mire cuando pasas. Los desecho con una sonrisa, de esas que dicen que ya has vivido bastante y has visto lo suficiente como para no necesitar que nadie te mire, y cojo de la balda más cercana unas botas negras, ajadas y viejas, pero blandas y cómodas, que envuelven mis pies con su tacto familiar.

Luego, con los pies ya calientes, busco el resto de la ropa entre los recuerdos de mi vida. Ah, los vestido de los treinta, cuando te estabas comiendo el mundo, trajes de oficina, blancos, negros e incluso alguno rojo, agresiva y fiera, dispuesta a comerme el mundo. Los rechazo, ya no tengo ganas de pelear por cosas que no merecen la pena, cuanto me gustaría haber podido decirme eso en aquellos momentos…aunque no creo que me hubiera escuchado. Con un pequeña risita elijo esta vez un vestido azul, del color del cielo, con florecitas estampadas.

Pertrechada como estoy ya, me vuelvo al baño para peinarme. Mi pelo ya no es del rojo brillante que acostumbraba en mi juventud ni de la multitud de colores que lo fue en mi madurez, cuando aún intentaba engañar al tiempo cubriendo mis canas. Ahora era blanco, como la nieve y yo me enorgullecía de ello.

Al abrir los cajones los recuerdos me asaltan de nuevo. Maquillaje, pintalabios y máscara de pestaña, todos resecos y cuarteados por el desuso, pues ya no me importa mostrar mis arrugas, cicatrices de mil batallas en mi rostro, y esconderlas bajo una máscara, por hermosa que sea, sería como negarme a mí misma mis años vividos, y eso es, de lejos, un precio demasiado caro por un bien tan efímero como la belleza.

Me miro por última vez al espejo y veo todas las mujeres que he sido. La joven de los veinte, alocada y vivaz, con el mundo bajo sus tacones de aguja. La de los treinta, una pantera disfrazada de mujer en una jungla llena de hombros, segura y dispuesta. La de los cuarenta, madre entregada y febril trabajadora, amante y esposa, amada y cálida. La de los cincuenta más sabía ya que joven, más tranquila que fiera. La de los sesenta y los setenta, la mujer que se encuentra a sí misma después de haber encontrado todo lo demás y decide por fin descansar.

Y por último, la de los ochenta, la que me devuelve la mirada en el espejo, con sus botas viejas pero cómodas, con su vestido amplio, su pelo cano y su cara lavada. Y es esa mujer la que me sonríe y me dice con alegría que nunca es demasiado tarde para ser feliz y que la mejor forma de empezar un día feliz es con un buen chocolate con churros.

Será esa mujer la que vean por la calle todas las personas que van corriendo a trabajar, que quizás piensen que solo es otra jubilada que sale a desayunar, que lleva ropa horrenda y apenas se ha peinado. Pero solo ella sabrá que todas esas cosas que ellos ven, no merecen la pena, que lo único que importa de verdad es….SER FELIZ.

el juego (Parte 2)

Mientras corría por las calles inundadas a toda velocidad, aún resonaban en mi mente sus palabras, el aroma de su cigarrillo, el humo flotando a mí alrededor como una tela grisácea muy fina.
“El nudo de mi garganta casi no me dejaba respirar y el escozor de los ojos me decía que las lagrimas no tardarían en llegar. Él se había quedado en silencio tras mi estrangulada pregunta. Apagó el cigarrillo sobre uno de los ceniceros y salió de las sombras. No pude vislumbrar mucho, solo una piel morena, unos labios finos rodeados de una barba de pocos días, negra y espesa. De sus ojos solo intuí un destello, que se coló bajo la oscura ala de su sombrero. Ese destello me erizo el vello de la nuca e hizo que de mi boca se escapara un suspiro involuntario. Él sin percatarse de los cambios sufridos por mi estado de ánimo volvió a hablar con su magnánima voz:
- En nuestro juego hay trece cartas, trece pruebas, trece escalones, trece pistas que te llevarán hasta el final – volvió a ocultarse bajo las sombras – en cada una de las cartas habrá un reto y una pista que te llevará a la siguiente –
- Y si no las encuentro todas –
- Todo se quedará como al principio y sólo habrás perdido unas míseras horas de tu desdichada vida – el metal frío de sus palabras se hundió agudo en mis heridas – pero si acabas, tu vida cambiará, te lo prometo –
Asentí aún temerosa, las manos heladas por el miedo y el corazón palpitante de una esperanza casi suicida. La sonrisa se oyó en su voz cuando me dio la primera pista:

- Esta llave abre la segunda pista, es una de las taquillas de la estación. Corre –

Y yo obedecí. Ahora estaba perdida en medio de una gran estación llena de gente. Todo el mundo cargaba grandes maletas de todos los colores, se encontraban con viejos conocidos e incluso algunos niños correteaban alrededor de sus padres enfundados en chubasqueros multicolores. Yo parecía una mancha gris y triste en medio de todo aquel colorido y aquella felicidad, pero en ese momento no me importó. Solo buscaba desesperada la taquilla 138 donde me esperaba la siguiente pista.
Sin embargo, por más que pregunté nadie conocía dicha taquilla. De hecho todos los trabajadores a los que pregunté me miraron extrañados y declararon con miradas de incredulidad que en la estación solo había 130 taquillas y que por lo tanto la que yo estaba buscando no existía.

Rendida me senté en el suelo, apoyando la espalda desafiante contra la taquilla 130 y preguntándome por primera vez, si aquello no sería más que una broma absurda y cruel y yo nada más que una tonta que había en ella sin pensar.
No sé cuanto tiempo pasé mirando el techo acristalado de la estación, pero cuando volví, él estaba mirándome, apoyando la barbilla sobre las manos y estás sujetas en el mango de una vieja fregona. Tenía ojillos pequeños, azulados, casi ocultos por un millar de arrugas que rodeaban sus ojos. Al mirarle sonrió y todas las pequeñas arrugas se unieron para dar paso a una sonrisa, blanca y sincera:
- ¿Qué hace ahí sentada jovencita?- preguntó su voz cascada
- Buscar una taquilla que no existe- respondí lacónica
- Vaya y si no existe ¿por qué la está buscando?- preguntó con genuina curiosidad
- Por un estúpido juego – dije resignada

El hombre calló unos instantes muy largos y luego con una voz completamente distinta, como si hablara de algo muy importante, se inclinó y murmuró:
- ¿No buscará usted la taquilla 138, verdad? –
Parpadeé incrédula y me limite a asentir con la cabeza. La sonrisa del anciano, se amplió un poco, haciéndose más picara y juvenil. Entonces alargó la mano para ayudar a levantarme.
Su mano era áspera, llena de arrugas y callosidades que hablaban de años de trabajo. Al verle de cerca me pareció que debía ser casi tan viejo como la estación. Su pelo tenía el mismo color grisáceo que las vigas de hierro y sus ojos el azul celeste de las antiguas marquesinas. El propio anciano parecía parte de la estación, y así se movía por ella.
Conocía todos los pasillos, las puertas ocultas, las horas de llegada de los trenes las baldosas que sobresalían. Todo.
Me llevó por lugares casi vacios, aquellos donde la gente no llegaba y por fin a una sala pequeña, parecida a un invernadero, con dos de sus paredes acristaladas y otras dos cubiertas por intrincados dibujos de azulejos. En el medio, iluminadas por la escasa luz del cielo plomizo, había unas taquillas.
Eran mucho más antiguas que las que había visto antes. Estas eran verdosas, con grandes manchas rojizas de oxido y algunas de otros colores debido a la suciedad y al desuso. Me acerqué a ellas casi corriendo ante una divertida risotada del hombre.
La taquilla 138 estaba casi escondida, en un lateral. La más pequeña parecía quererse separar de sus ajadas hermanas. Era la menos deteriorada, verde por todas partes y con un tacto suave. Me volví hacia el anciano interrogante que me dedicó otra de sus enigmáticas sonrisas.

Con las manos temblorosas conseguí sacar la pequeña caja que había en el interior. Parecía tan antigua como la taquilla o como el limpiador que me observaba en silencio, sin embargo estaba limpia, no había nada de polvo sobre ella como si la abrieran cada día y alguien se encargara de limpiarla. Dentro había una foto y una entrada de cine para la sesión de las cinco.
La foto era en blanco y negro, amarillenta por los bordes. La chica que miraba desde ella sonriendo, tenía los ojos grandes y negros y estaba abrazada a un joven guapo y altivo que la sonreía a ella también:

- Era mi esposa – dijo de repente el anciano sobresaltándome – cuando éramos muy jóvenes – hizo una pausa y me dedicó una sonrisa melancólica- murió el año pasado –
- Lo siento – fue lo único que pude decir
- Oh no, no lo sientas, fuimos muy felices, nos queríamos mucho, solo que tuve que dejarla marchar – no había dolor ni desesperanza en sus palabras solo añoranza de su amor.
- ¿Y cómo vive usted sin ella?- sonó agudo y desesperado por que la pena volvía a aferrarse a mi garganta.
- Oh querida, no llores – se acercó a mí y recogió la lagrima con su pulgar – algunas personas nos dejan antes de lo que nos gustaría y eso hay que aceptarlo y seguir viviendo, a ellos no le gustaría vernos llorar ¿verdad?- asentí sin poder decir nada y le tendí la foto – no querida no, quédatela, yo tengo muchas, además así te acordarás de mi cuando la veas – le abracé sin poder evitarlo y él me acarició la cabeza con ternura – el juego en el que estás es muy doloroso pequeña, pero cuando termines, todo parecerá nuevo – dijo apartándome de él y sonriendo de nuevo – y ahora corre o no llegarás a la película-

Obediente salí corriendo de allí alejándome de allí con tres de mis pruebas ya en el bolsillo y el corazón más ligero.

El País de las Maravillas y Alicia


FELIZ AÑO A TODOS!! bueno, bueno supongo que con estas fiestas estareis todos pasándolo bien y disfrutanto de lo que queda de vacaciones que no es mucho...Como me he atascado en el ultimo parrafo de la segunda parte de "El juego" os subo un dibujo por aquí, para que no os olvideis de mi^^



El juego (Parte 1)

Después de tanto tiempo sin escribir empiezo una historía en partes con algo de misterio, intriga y erotismo. Espero que os guste^^


La carta llegó un día igual a cualquier otro.

Como todos los demás días fue el repiqueteo de la lluvia en mi ventana lo que me despertó. Como todos los días saludé al cielo gris acero que se derramaba sobre los edificios y que empañaba con su frío mi cristal.

Como siempre, salí de la habitación con el pelo revuelto, la cara sin lavar y el pijama medio desabrochado. Como cada día mi compañera de piso no levantó siquiera la vista de su taza de café para mirarme. Me preparé el mismo desayuno de siempre, nesquick con leche fría y galletas de mantequilla. Al principio, cuando todavía nos reíamos juntas, mi compañera solía burlarse alegremente de mí por mi infantil forma de empezar el día.

La única mirada que me dirigió fue cuando salía de casa. Fue una mirada llena de reproche y algo de compasión, pero no dijo nada, ya se había cansado de insistirme en que debía seguir con mi vida, volver a clase, coger las llamadas de mis amigos. Se había cansado de intentar traerme de vuelta.

Horas después, tras haber disfrutado de mi tiempo de soledad y lluvia frente a mi ventana, decidí que era el momento de salir a hacer la compra al menos. Escogí al azar un chubasquero gris de mi armario y cogí un paraguas en la entrada tan negro como mis noticias. Aseguré las llaves en mi mano y el bolso en mi hombro y salí.

Estaba esperándome sobre el felpudo.

Al principio no la vi, pero su impoluta blancura sobre el marrón negruzco del felpudo atrajo pronto mi mirada.
Era un sobre de tamaño normal, de papel grueso y textura rugosa. Algo elegante y sofisticado. No había ni remitente ni dirección, en su lugar sólo había un número escrito con elegancia en el anverso.

13.

La carta pesaba en mis manos y yo no sabía muy bien qué hacer con ella. Al final decidí que debía abrirla y si no era para mí en seguida la entregaría al conserje para que la entregara a su dueño.
En su interior, con letra picuda y elegante había escritas unas breves frases:

Si usted ha recibido esta carta es porque su vida necesita de este juego.
El juego comenzara en cuanto usted haya abierto el primer sobre y terminará cuando encuentre el ultimo.
Señorita X, estaremos esperando su decisión

No me lo podía creer. Era tan extraño que parecía sacado de una película. Miré y remiré el sobre buscando algún indicio de su remitente. Nada. Cuando agité el sobre entre mis manos dos sobres más pequeños cayeron sobre mi regazo.

Con la misma letra elegante se había escrito una palabra en cada uno de los sobres: SI y NO.
Los sobres se quedaron en mi regazo durante interminables minutos. La gotera del dejaba caer las gotas al ya desgastado suelo del pasillo con insistente armonía mientras yo no podía apartar la vista de los dos sobres. En mi pecho el corazón me latía acelerado, como el de un polluelo que en el nido, abre las alas por primera vez para echar el vuelo.

Al final, con la mano temblorosa, los nervios a flor de piel cogí uno de los sobres y lo abrí con dedos torpes y asustados. Al momento, el otro sobre que aún descansaba en mi regazo empezó a reducirse a cenizas hasta que no quedó nada de él. Ya no había vuelta atrás.

Observé la palabra que quedaba en mi sobre, la decisión que no podía deshacer y el SI me devolvió la mirada desafiante y orgulloso, instándome a desvelar sus misterios.

Abrí el sobre allí mismo sobre el frío suelo de baldosas. No contenía mucho, solo una vieja tarjeta de visita amarilleada por los bordes y a su lado, cogido con una elegante pinza con las iniciales IP, un mapa recién impreso de la localización.

Sin pensarlo dos veces y segura de querer emprender la aventura que me proponía el sobre me lancé a la calle en busca de el destino de mi mapa.

Me costó más de una hora encontrarlo. Era un pequeño restaurante semi oculto tras dos grandes edificios en la parte antigua de la ciudad. En su fachada había un gran cartel amarillento con letras marrones redondeadas que anunciaba comida casera y trato amable.

El interior era acogedor y tenue. La sala rectangular que conformaba el restaurante, contaba con poco más de una docena de mesas, la mayoría vacías, y estaba iluminada por auténticos candelabros que goteaban cera sobre las paredes de piedra.

En seguida una joven de ojos color miel salió a mi encuentro y me preguntó con un ronroneante acento marroquí si deseaba sentarme. Sin saber muy bien que decirle le enseñé el contenido del sobre que se encontraba a buen recaudo en el bolsillo de mi impermeable. Su rostro se iluminó y con una sonrisa me acompañó a una de las mesas escondidas en la parte más intima del restaurante.

Allí me esperaba un hombre, o eso supuse, ya que la sombra de la pared no me dejaba más que intuir el brillo de su cigarrillo encendido, bajo el ala ancha de su sombrero.
Estuvimos unos segundos en silencio hasta que el desconocido comenzó a hablar con voz cadenciosa y pausada mientras daba largas caladas a su cigarrillo:

- Por lo que veo ha decidido usted entrar en el juego señorita X –
- Sólo elegí un sobre –
- Eso es suficiente para entrar –
- No sé en qué estoy metida, ni quién es usted –
- Aún así ha decidido venir –
- Sólo por curiosidad, ha sido pura casualidad –
- La casualidad no existe y usted mejor que nadie lo sabe –

El cuchillo de hiel se clavó en mi garganta al oír de sus labios esas palabras y al ver en sus ojos, tenuemente iluminados por el cigarrillo, girones de compasión

- Ha sido un error venir aquí- digo mientras me levanto para marcharme.
- No, no lo ha sido, y usted lo sabe tan bien como yo – noto como me mira desde la sombras y veo su mano salir de la oscuridad – vuelva a sentarse por favor – hago lo que me dice – le prometo que si sigue jugando, cuando termine, todo ese dolor que lleva dentro habrá desaparecido y podrá a vivir su vida como era antes –
- ¿Cómo? – es una sola palabra ahogada que se escapa de mis labios.


Continuará...

A toda velocidad

Bueno, dicen que en la variedad está el gusto, y creo que todavía no había subido nada de este estilo. Quiero comentaros que esta historia está inspirada en un icono, si un icono, para que veais que la inspiración está en cualquier parte jajajaja. Por cierto, es un relato poco recomendado para mentes puras jejejej

Sientes la caricia del viento en tu pelo. Sientes como el ruido del motor ahoga los latidos acelerados de tu corazón.
Por fin te lanzas a una carretera desierta junto al mar. Aquí no hay semáforos, ni coches, ni incómodos peatones que ralenticen tu alocada carrera. Aquí te sientes libre, como si pudieras levantar la rueda y alzar el vuelo.
Alguien se coloca a tu lado, debe ser algún loco adicto a la velocidad que ha decidido salir a explayarse el domingo. Su moto roja brillante parece acompañar al centello amarillo y azul de la tuya
Giras un poco más el acelerador y tu moto sale despedida con un caballito. Seguramente que el desconocido se está riendo tras su casco encarnado. Sonríes tú bajo el tuyo y sientes como el poder de la moto vibra bajo tus piernas.
El desconocido está de nuevo allí. Su moto se ha puesto a la altura de nuevo, todo un logro teniendo en cuenta que los 900 caballos de la tuya ya van resoplando. Enfilas una recta y te permites girar la cabeza y mirarle. La protección plateada del casco te impide ver su cara, pero tu instinto te dice que es atractivo y te está mirando. De pronto es él el que se alza en su rueda de atrás y te adelanta con un estruendo. Es un rugido voraz, poderoso y tu moto tiembla ante ese rugido. Él ha ganado la carrera, no tienes nada que hacer.
Aflojas el manillar del freno y con el del gas vas bajando las marchas poco a poco, hasta que la aguja deja de temblar en los 240 y se concentra en los 140. Ya te has desfogado bastante y no quieres más, él te ha humillado y estas molesta.
No puedes sorprenderte más cuando lo encuentras más adelante, esperando, igualando el ritmo de su moto al tuyo. Levantas las cejas bajo el casco y de nuevo vuelves a sentir su sonrisa.
Sin saber muy bien por qué le sigues. El hotel de carretera está vacío y nadie hace preguntas cuando entráis. Aún no os habéis quitado los cascos, parte por el misterio parte para recuperar las formas tras la carrera. Tú jadeas bajo el visor, presa de una intriga hasta ahora desconocida.
Entráis en la habitación, la 138, aunque dudas mucho que ese hotelucho de carretera tenga tantas habitaciones. Él por fin se descubre.
Deja el casco sobre una mesita adornada con un jarrón horrible y cuando se da la vuelta descubre su pelo castaño cayendo sobre unos ojos negros, oscuros como la noche, que te miran enfebrecidos de deseo. Bajo la nariz larga y recta encuentras unos labios carnosos, que te despiertan un deseo irrefrenable.
Tú también has dejado el casco sobre la mesita y ahora vuestros cuerpos están tan cerca que puedes sentir como su presencia lo invade todo.
Una mano firme se afianza en tu espalda y te acerca a él. Tú no te resistes y dejas que esos labios tan sensuales atrapen los tuyos. Entonces es como una explosión, la pasión estalla en el beso y sientes como el calor viaja desde tus labios a todo tu cuerpo.
También sientes el calor de él, su beso cada vez más voraz, su mano impaciente que busca la cremallera de tu mono. Tú encuentras antes la del suyo y descubres el pecho desnudo y cálido bajo el frío y duro cuello.
Tus manos van desde su ombligo a sus hombros y dejas caer la chaqueta a un lado. En ese momento el también se las ha arreglado para desvestirte y solo una fina camiseta blanca de deporte separa vuestros ardientes cuerpos. Tus pezones se erizan al rozar el pecho de él, y él excitado al notarlo los atrapa con sus manos.
Sus manos son tan voraces y sensuales como sus labios. Encuentran todos los recodos de tu cuerpo y las exploran con la yema de sus dedos, dejando una sensación eléctrica allí donde tocaron. Ya apenas puedes respirar y los jadeos salen de tu boca convirtiéndose poco a poco en gemidos. El gruñe también cuando atrapas uno de sus pezones entre tus labios y succionas, jugueteando después con la lengua, saboreando y mordisqueando.
Le empujas a la cama y él se deja caer. Gateas por la cama hacia él, sin poder esperar un instante le cubres el pecho con besos y mordiscos que bajan desde su cuello a su musculado vientre.
Él busca entre tus piernas y acerca más tu cuerpo al suyo. Cuando sus dedos entran en ti nuestros cuerpos están completamente pegados.
Sientes como sus dedos juegan dentro de ti y como su erección palpita en tus piernas. Buscas sus labios y tu lengua se enrosca en la suya, haciendo el beso más profundo, intenso y placentero. Después buscas su oreja, la mordisqueas y él gime con gusto y con su mano libre apreta tus pechos, mientras que sus dedos entran más fuerte dentro de ti.
No puedes más. Te deshaces de su abrazo y le tumbas de nuevo. Esta vez tus besos bajan de su estómago y saboreas con tus labios y tus manos su sabor.
Ya no resistís más. Él te vuelve a tumbar y entra en ti con fuerza. Arqueas la espalda ante su embestida y el gemido escapa de tus labios, sordo.
Las embestidas se suceden y tú clavas las uñas en su espalda y enredas tus piernas alrededor de su cadera, reteniéndole. Quieres sentirle más, más dentro, más intenso.
Y todo acaba en un estallido. Sientes llegar el placer y él te sigue. En una embestida final os deja a los dos radiantes y satisfechos.
Se deja caer en las sabanas a mi lado, sudoroso y cansado. Tiene los labios enrojecidos por la pasión, los ojos cerrados y la sonrisa dibujada en el rostro. Yo me arrebujo bajo las sabanas a su lado. Cuando me tumbo a su lado, abre los ojos para mirarme y la sonrisa tranquila desaparece sustituida por una más voraz.
Va a ser el mejor domingo de mi vida.

EL frío perdón

Este quiero dedicarselo a mi nuevo "critico"!Muchas gracias^^

El amanecer avanzaba lento y frío por el horizonte mientras ella esperaba. La cama se había quedado revuelta, de la noche pasada en vela. En la mesilla, brillaba con luz propia el frasco de cristal que había comprado al boticario. El elixir para su libertad.

Empezaba ya a sentir el frío en las manos y en el rostro. Sentía como su alma se iba despegando de su cuerpo lentamente y como al final, el suspiro de la muerte en su nuca cortó todas las ataduras. Ella se sintió ligera y suave como el aire y volviendo la vista atrás contemplo como su cuerpo terrenal quedaba tumbado en el suelo, con los labios amoratados por el veneno.

Ante ella se abrió un camino de luz pálida y fría. Estaba atemorizada, aún así sus nuevos pies fantasmales la guiaban hacia aquel camino brillante, que era cálido y frío a la vez bajo sus pies.
La joven anduvo por el pasaje de luz tanto rato, que pensaba que no se acabaría nunca y su condena por su cobarde apto sería rondar por aquel camino toda su otra vida. Sin embargo, pronto aparecieron ante ella una puerta enorme.

Era tan grande la puerta, que aún mirando hacia arriba no podías ver su fin. De la puerta colgaba una aldaba enorme en forma de cabeza de Gorgona. La joven llamó a la puerta asustada.
La Gorgona cobró vida de pronto y la joven se encontró rodeada de serpientes, que siseaban cerca de su oído. Los ojos de la Gorgona clavados en ella:

- Tu nombre niña – rugió la Gorgona
- Aileen –
- ¿Cuál fue tu muerte?-
- Me envenené –

Las serpientes de la Gorgona sisearon con más fuerza y su dueña torció el rostro. La aldaba no dijo nada más y volvió silenciosa a la puerta. Nada sucedió durante un momento, pero los goznes de la puerta chirriaron y esta empezó a abrirse lenta y pesadamente, abriendo paso a Aileen.

Con el miedo haciéndole temblar las rodillas Aileen cruzó la puerta. Hubo un fogonazo de luz que la dejó ciega unos instantes y luego la sala apareció entre sus ojos.

Era grande, inmensa, azul como el cielo de verano. Largas columnas se alzaban hacia el techo, rectas y orgullosas, sujetando una bóveda de cristal brillante. La sala estaba llena de gente, no, de figuras tan fantasmales y etéreas como ella, que clavaban sus ojos sin brillo en la recién llegada.
Al fondo de la sala, sentada en el trono más majestuoso que Aileen había visto jamás, estaba sentada una mujer. Tenía la mirada fría y temible, los labios finos apretados en una línea, el cabello blanco y ralo cayendo por los hombros hasta la cintura. Sus ropajes eran sencillos, como los de los demás espíritus, pero sus ojos estaban llenos de vida y brillaban como ascuas.

La sala, a pesar de estar llena de gente, guardaba silencio absoluto y todas las miradas estaban clavadas en la mujer del trono, que no apartaba sus ojos de Aileen. Cuando por fin se decidió a hablar su voz, firme y cadenciosa, reverberó por toda la sala, llenándola de vida.

- Aileen, caminante del camino de la luz, la Gorgona nos ha avisado de tu llegada –

Los espectros empezaron a zumbar cuando la mujer pronunció su nombre. Un escalofrío le recorrió la espalda a la joven al escuchar aquel sonido tan fantasmal. Sentía todas aquellas miradas vacías clavadas ahora en ella, viendo todo lo que antes había ocultado su piel y la juzgaban. Eso era aquello, un juicio, su juicio, y aquella mujer de mirada penetrante no era otra cosa que su juez.

La mujer bajó del trono y se situó frente a Aileen, que temblaba de pies a cabeza. Su voz se dejó oír de nuevo, acallando el siniestro zumbido:

- Sabemos de la forma en que moriste – estaba tan cerca que Aileen podía sentir el frío que emanaba de ella y que la envolvía empeorando su temblor – has cometido un agravio al señor de los Fríos –

Esta vez cuando su voz cesó no llegó el zumbido. Los espíritus permanecieron silenciosos, mirando ahora a la mujer. Aileen no se atrevía a levantar la mirada, pero cuando la mujer prosiguió, la fuerza de su voz la obligó a hacerlo:

- Pero el señor de los Fríos ha visto tu vida y ha decidido perdonarte – al cogerla de los hombros su tacto se volvió cálido y la joven dejó de temblar
- Tu vida como mortal fue desgraciada y tu muerte trágica, por eso mi señor ha decidido otorgarte un gran deber– los espectros a su alrededor iban desapareciendo poco a poco y pronto solo quedaron ellas en la sala
- ¿Cuál es ese deber?- preguntó aún asustada
- Tú serás la encargada de que aquellos que han sido desgraciados, no lo sean también en su muerte -
- ¿Pero cómo? –
- Tú pequeña, que llevas la luz en tu nombre, iluminarás su camino y les guiarás a un lugar donde puedan ser felices, aún en la muerte –


Hola lectores mios! a que noa divinias que? sii también es una historia para mis cuentos del hielo...ya sé que os estoy bombardeando mucho con este tema pero de verdad vuestra opinión es muy importante, y en este especialmente por que no estoy segura de que vaya bien con los anteriores. Un saludo!!