Los segadores de truenos

lunes, junio 03, 2013 Laura Sanchez 0 Comments

El cielo estalló en mil esquirlas negras
 sobre la agrietada silueta de los rascacielos.

Un negro rumor a tormenta abarcaba el horizonte.

Los cascarones de nube de los barcos temblaban,
pero no cedían,
 y su quilla hendía la lluvia color titanio.

Gemían y siseaban las sogas por el esfuerzo
 y raspaban las manos encallecidas

La tripulación permanecía silenciosa,
sólo la tormenta graznaba en cubierta.

Las finas hoces de plata rasgaron
la dulce tripa de las nubes
y los truenos se desparramaron
inquietos y palpitantes sobre la madera de nube.

Avidos, con los ojos encharcados y vidriosos,
los hombres y mujeres los llevaron a sus labios.

La vida volvió a sus gargantas
y la nao se llenó de gritos de gozo
Los sin voz ya no eran tales.

Olvidados por el bullicios mundo,
por sus mudos labios eran condenados,
renegados, parias y expulsados,
Se olvidaba su nombre y se borraba su rostro.

En la ciudad del puerto de nubes encontraban cobijo,
una ciudad de silencio y sin esquinas,
una ciudad de tristeza y vergüenza.

Algunos renegaban.

Otros adoptaban el amargo camino del vino y el opio.

Otros... se convertían en segadores de truenos.

Cada tormenta, arriesgaban todo por un poquito de nada,
una vida por un momento de felicidad, por una voz.
Se mezclaban entre la bulliciosa multitud de la ciudad
y por un momento eran libres.

De amar...

De gritar...

De soñar...

Pero al amanecer, el trueno se desvanecia
y con las primeras luces del alba,
los segadores salían ocultos entre las sombras,
sin mirar hacia adelante, ni hacia atrás,
con los ojos fijos en el horizonte,
                                                    buscando nubes negras de tormenta




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