Hada

En esta entrada, voy a hacer algo nuevo, voy a subir uno de mis dibujos. Es un dibujo tipo estudio, osea que no está tan trabajado como otros que he hecho pero me ha gustado mucho el resultado y espero que a vosotros también. Un saludo



Laura en el país de las guitarras

Esta historía se la dedico a un amiga. Tortu! esta va por ti!

La maldita púa debía haberse caído debajo del asiento. Esa cosita con vida propia a la que tanto adoraba había decidido perderse por algún lado y hacerme buscarla por todo el vagón. Menos mal que a estas intempestivas horas para volver a casa desde la universidad, las nueve de la noche, no hay nadie en el tren. Si no me habrían visto agachada, de rodillas en el suelo con medio cuerpo metido debajo del asiento.
Por una púa normal no habría hecho esto, pero entendedme, es mi querida púa del concierto de los Chiiiiildren of bodooooom(imaginaros el tono de heavy ¿vale?). Vamos que no es una de esas cosas que una se pueda permitir ni siquiera perder de vista un momento. Tuve que morder a un tipo alto como una torre para conseguirla, agarrarme del pelo de una de esas fans larguiruchas que me impedían el paso y agarrar mi preciosa púa… que grandes momentos aquellos, los gritos de la fan, el tipo aún quejándose del mordisco en la mano y yo con mi pequeña y dulce púa acunada en la palma de mi mano.

Y ahora estaba perdida. Estoy tan distraída que cuando el tren casi frena en seco y yo me golpeo de la forma más imprevisible. Sentí el golpe del asiento contra mi nuca y luego todo se puso borroso y negro…

Ahora la luz era muy intensa, tanto que me hacía daño aún con los ojos cerrados. Tenía la boca seca y espesa. El suelo era caliente y arenoso, me hacía cosquillas en la palma al mover la mano. Yo no quería abrir los ojos, se estaba demasiado a gusto sobre la arena calentita, pero había algo que me molestada, se me clavaba en la espalda y me estropeaba el momento, así que al final, a regañadientes y con muuucha calma, abrí los ojos un poco, giré sobre mi costado, me dejé caer hacia un lado y cuando la arena empezó a molestarme de verdad en la boca, me levanté.
Si no hubiera estado tan dormida, supongo que me habría sorprendido levantarme en medio de un mar de arena roja, en lo que era lo más parecido a un cementerio de guitarras. Pero bueno, no es que esté muy lúcida cuando me despierto ¿vale? El caso es que aquella cosa que me molestaba tanto en la espalda, era la bendita púa, que de alguna manera había llegado allí conmigo. Sin perder un momento, volví a engancharla en el cordón que me colgaba del cuello y la puse a salvo bajo mi camiseta de Evanescen.

El caso, es que ahora que estaba bien despierta, aquel mundo era un poco raro. Allá donde mirara no había más que arena roja y aquí y allá desperdigados partes de guitarras. El caso es que yo no podía estar más sorprendida que cuando, surgió de la arena, ni más ni menos que James Hetfield (el cantante de los Metálica para aquellos que no le conozcáis) y dijo…

Continuará...

Con vosotros

A todos los que leéis mi blog:

Con vosotros, he sido guerrera, poetisa y pájaro

Con vosotros he destilado la luz de las estrellas y he mirado a la cara al Sol.

Con vosotros he recorrido mil caminos y mil mundos, llenos de vida e imaginación

Con vosotros he soñado que volaba a lomos de un caballo alado, blanco como la luna

Con vosotros, he llorado, he reído y he amado.

Con vosotros he corrido bajo la lluvia para encontrar a Raúl

Y con vosotros amé a Inés, la circense

Con vosotros he seguido un camino enlosado de baldosas amarillas y he encontrado valor, amor y miedo.

Con vosotros he sido el más cruel de los sicarios y el más solitario de los hombres…

Con vosotros, con vosotros, espero seguir como ahora, escribiendo, pluma en mano y teclas bajo los dedos.

En mi entrada numero 51, quería agradecéroslo a todos, a los que me seguís, a los que me leéis y a los que me comentáis, por que sois vosotros los que me animáis a seguir escribiendo y a quien debo estas 51 entradas. Muchas gracias y¡ hasta pronto!

Eclipse

Nuestros mundos eran tan distintos, que no podían existir al mismo tiempo. Vivíamos separados, por siempre, para siempre, sin posibilidad de cambiarlo. Apenas nos atisbábamos unos instantes en nuestro recorrido. Ella era dorada y hermosa, brillaba sola y potente en su mundo azul y cálido. Mi mundo era oscuro y frío y vivía rodeado de un millar de bellas mujeres, que en cada momento buscaban mi favor. Pero todas eran llamas pálidas, frías e insignificantes, no eran más que simples destellos a la sombra del brillo de mi amada.

Vivimos enamorados desde que el mundo existió y desde entonces vivimos separados. Nadie sabrá jamás de nuestro amor, de nuestras penurias, nuestras sonrisas robadas y nuestras lágrimas acalladas, pues nadie sabrá nunca de nuestro amor. Un amor tan puro, que no conoce el pecado, un amor platónico nacido de la búsqueda de nuestras almas gemelas. El único amor que podremos alguna vez conocer y el único se nos permitirá albergar.

Yo velo sus sueños, iluminando su cálida y sedosa piel, como mi manto níveo y etéreo, y ella calienta los pliegues de mi mundo al alzarse hermosa y triunfante una vez que mi reinado de oscuridad desvanece. Somos la alquimia eterna, lo que siempre sigue, lo que siempre rota. Somos, seremos y fuimos.

Solo una vez, se nos concedió el momento de estar juntos. Fue una sola vez, un instante robado a la eternidad. El camino se detuvo ante nuestro cruce. Su luz creció a mi alrededor, quemándome la piel, mientras mi frío arrancaba de sus rosados labios pequeñas nubes de aliento helado. Nuestras manos se cruzaron y el mundo se volvió negro bajo nuestra luz. Algo tan poderoso no podía existir, así que los astros imperturbables mantuvieron el camino, alejando su cálido tacto de mi de nuevo. Añoré aquel roce de un segundo. Añoré el beso que no ocurrió pero que rozo mis labios en un sueño. Añore la sonrisa que se dibujo en sus labios y luego en sus ojos al mirarme. Lo añoré siempre y rogando a mi pálido harem, desee que por una vez, volviera a ocurrir aquel milagro y poder tocar esta vez sus labios, hechos de cálida luz. Solo una vez, una sola vez más quería dejar abrasar mi piel.

Por fin me atrevo a colgar la ultima parte de este diario. Me ha llevado mucho tiempo decidir cual sería el final para estos dos, así que espero que os guste. Un saludo^^


La lluvia me caía como una pesada cortina sobre los ojos, las piernas me pesaban como si fueran de plomo, pero seguía corriendo. Seguí corriendo casi ciega por la lluvia, buscándole.
Le encontré donde esperaba. Estaba sentado en el parque donde soliamos jugar de pequeños, la mirada baja, clavada en el suelo. No la levantó cuando llegué a su lado, pero habló:
- ¿Qué haces aquí Inés?
- He…venido…a… buscarte – casi no podía respirar por la carrera mucho menos hablar
- ¿Por qué? – en ese momento levantó la mirada y me encontré con un abismo gélido que pretendía engullirme
- Por que te quiero – la respuesta me salió sola, natural y limpia y mi pecho se relajó por el peso de la verdad
Se rió y se levantó del banco poniéndose frente a mí. Me sacaba casi una cabeza así que tuve que alzar la vista para mantener su mirada:
- ¿Qué me quieres? – sus ojos estaban llenos de orgullo – No me jodas Inés, tu solo te quieres a ti misma – el reproche me dolió, pero me mantuve firme
- Ya no es así –
- Siempre ha sido así – alzó la mirada y siguió hablando – cuando yo me marché decidiste que no merecía la pena esperarme, que sería mejor liarse con algún imbécil-
- ¡Por dios Raúl! ¿Cuántos años teníamos?¿ocho?-
- Yo ya te quería con ocho años Inés – me volvió a mirar y la esperanza aleteó nerviosa en mi corazón – pero me has demostrado que ya no eres quien creía – el aleteo murió en la tempestad de ira de sus ojos – jamás te podré perdonar por lo que eres ahora-
La puñalada se clavó en mi corazón y casi sentí como los pedazos se deshacían en mi interior. Las lagrimas llegaban a mis ojos a toda prisa y por una vez en aquella maldita tarde agradecí la lluvia que me empapaba la ropa y me estaba dejando helada. Agradecí el frío que impedía que mi cara se enrojeciera más aún y agradecí la mirada cruel de Raúl, en la que no había esperanza a la que agarrarse. Se había acabado, mi viaje había acabado antes de empezar.
Incapaz de pronunciar otra palabra me di la vuelta y eché a andar todo lo deprisa que mis doloridas piernas me permitían. Quería desaparecer, esconderme bajo el barro que inundaba la calle. Quería irme de allí.
Sin embargo mi cuerpo no podía más. Mis cansadas piernas se negaban a llevarme a casa y mi cabeza estaba demasiado embotada para encontrar el camino. Al final acabé me acabé sentando en la parada del autobús, a salvo bajo la marquesina de cristal coloreada de grafitis. Me encogí, abrazando mis rodillas con mis brazos y dejé que la suave somnolencia me atrapara. Tenía frío, si, pero eso no importaba, solo quería dormir un poquito…
Me desperté poco a poco, ahora ya no hacía frío. Algo grande y pesado me caía sobre los hombros, dándome calor, aunque también estaba húmedo. Abrí los ojos lentamente, arropada por aquel calor suave. Había alguien de pie junto a mí pero me costaba enfocar la vista.
Cuando mis ojos enfocaron del todo vi a Raúl de pie frente a mí. Tenía la respiración agitada y me miraba con el rostro enrojecido. Sus ojos me miraban ya sin ira, pero yo no podía entender nada…
- Raúl…qué…- intenté preguntar
- Mentira – dijo entre jadeos
Alcé la mirada aún más para que nuestros ojos se encontraran. Ahora me di cuenta de que los tenía rojos. Frunció los labios y se agachó para poner sus ojos a la altura de los míos:
- Todo lo que dije antes era mentira –
Debía haberme quedado dormida en la parada del autobús por que esto no podía estar ocurriendo. No después de todo lo que había dicho:
- Yo… - me miró como intentando explicarse – cuando volví y te volví a ver…bueno, tu eras mucho más de lo que yo recordaba…pero habías cambiado por dentro… y yo no formaba parte de tu vida ya….-
Bajó la mirada, buscando como seguir. No pude evitarlo y le acaricié el pelo. Era negro y brillante, mojado, y tenso. Sorprendido alzó la mirada y se encontró con mis ojos.
Raúl
Sus ojos estaban tan llenos de pena, que se me encogió el corazón en el pecho. No lloraba ahora, pero los ojos la traicionaban. Su caricia me había sorprendido.
Me había costado llegar hasta allí. Me había ensañado con ganas con uno de los árboles del parque hasta que me había calmado.
Mi orgullo no paraba de gritarme que no fuera, que no perdiera que ella no debía ganar. Pero aún así sentía que estaba perdiendo. Al final salí corriendo tras ella
Cuando la encontré estaba medio dormida en una parada de autobús, helada y calada hasta los huesos. Le puse mi cazadora sobre los hombros y la abracé hasta que entró en calor. En cuanto empezó a despertarse me separé de ella.
Había intentado decirlo lo que sentía de verdad, lo que pensaba de ella, pero ahora no podía, sus ojos estaban tan triste que me ahogaban en sus lagrimas. Me sentía miserable por haberla hecho llorar, no sabía qué hacer, y al final ella tomó la iniciativa
Me cogió la cara con manos temblorosas y frías y guió mi mirada hacia la suya. Había tantas cosas que me decían que no siguiera que no lo hiciera que estuve a punto de echar a correr otra vez, pero ella dijo lo que necesitaba oir, lo dijo aunque en ese momento no me lo mereciera
- Te quiero –
Lo dijo tan bajo que apenas fue un susurro, pero a mí me dejó un sabor dulce y cálido en los labios. Entonces fui yo quien me levanté y la abracé. Acurruqué su cara contra mi hombro y acaricié su pelo ahora corto y desmelenado. Ella me agarraba con fuerza de la camiseta, y notaba como sus lagrimas cálidas se mezclaban con la lluvia que empapaba mi ropa.
La separé de mi solo un segundo para mirarla a los ojos y decirle lo que siempre había pensado. Lo que me había vuelto loco de celos, orgulloso e irracional:
- Tú lo eres todo para mi, te quiero, te quiero, te quiero…- se lo seguí diciendo mientras le limpiaba las lagrimas con mis besos.

El principe de los no voladores

Para mi salvadora de pingüinos particular. Que lo disfrutes Eiram^^


El país de las Aguas Heladas estaba en el lejano Mar del Hielo y era un lugar inhóspito y solitario. Sus habitantes eran gente huraña que vivía refugiada en las cuevas de las Montañas de Hielo, dormían todos juntos en un mismo lugar para darse calor unos a otros y adoraban al gran dios Khinse. Ese gran dios controlaba las tormentas, los peces y las épocas de hambruna, por eso, cada luna llena se ofrecía en su pequeño sacrificio en su altar.
Esta vez la luna llena llegó tras un largo ayuno, con tormentas desoladoras que impedían salir a cazar y muchos de los suyos había muerto. El gran sacerdote de los hombres de las Aguas Heladas decidió que debían ofrecer un sacrificio mayor para aplacar la ira del helado dios. Así que los agotados isleños salieron a buscar pos sus tierras una ofrenda que pudiera agradar a su dios.
Recorrieron las heladas praderas, las bravas costas y los escarpados acantilados. Al fin volvieron los agotados cazadores al calor del hogar. Fueron recibidos en medio de una gran alegría ya que traían una bestia legendaria, cazada en los peligrosos acantilados.
Era una bestia con alas, parecida a una foca, pero con el pico de un pájaro. Su cuerpo era blanco y negro y sus pequeños ojitos brillaban con inteligencia.
Los moradores de las Montañas estaban encantados. Nunca había visto un animal como aquel. En las antiguas leyendas, transmitidas de madres a hijas, generación a generación, se les llamaba los No Voladores. Eran unos pájaros de mal agüero, maldecidos por el gran Khinse. Uno de ellos se había atrevido hace muchas lunas a desafiar al rencoroso rey del frío. El No Volador dijo que con sus grandes alas negras podría volar más alto y más rápido que el grandísimo dios.
Entonces, el dios, castigando su arrogancia, le quitó sus grandes alas y lo condenó a no volver a volar nunca. Lo castigó a ser un ser torpe, la burla de todos los de su especie. El arrogante pájaro, demasiado avergonzado por su nuevo aspecto, se refugió en el único mundo que aún le quedaba: el agua.
Allí se convirtió en el más rápido de los nadadores. Nadaba desde el fondo y alcanzaba los peces antes que sus hermanos voladores y conseguía eludir las fauces de las hambrientas focas con su veloz aleteo.
Sin embargo sus crías debían nacer en la tierra, y era allí, con su lento y torpe caminar, donde se volvía más vulnerable, para ser cazado por los hombres y ser ofrecido para expiar su negra culpa ante el dios Khinsé.
Cuando Eirma, un joven de la tribu, vio a la extraña ave, no le pareció que fuera una bestia arrogante. Miraba a su alrededor con miedo y emitía unos estridentes graznidos parecidos al llanto desconsolados de un bebe.
Eirma se apiadó de la criatura y esa misma noche liberó al No Volador de sus ataduras y lo condujo en medio la oscura y calmada noche hasta los acantilados. Allí el pingüino le hizo una reverencia de agradecimiento y saltó al agua.
A la mañana siguiente cuando la tribu despertó y descubrió que su ofrenda había desaparecido la ira corrió como la pólvora. Todos estaban furioso y pronto descubrieron que había sido Eirma, la enojada tribu decidió ofrecerle a él como sacrificio.
Llevaron a su ofrenda hasta los acantilados donde la noche anterior Eirma había liberado a la bestia. Le ataron las manos y los pies para que no pudiera huir y defenderse y entonces, el gran sacerdote, rezó al dios Khinsé, para que aceptara su humilde ofrenda. Y arrojó a Eirma por el acantilado.
El joven cayó al agua helada y desesperado intentó librarse de sus ataduras. Era imposible. Cuando el joven ya se daba por vencido, vio como una elegante figura se acercaba a él nadando. Era el No Volador que el mismo había liberado.
El pájaro agarró con su pico las ropas de Eirma y tiró de él a toda velocidad hacía el fondo. Ante los ojos del joven apareció un palacio submarino. Tallado en la piedra, brillante y hermoso como el amanecer.
El No Volador le llevó hacia una sala donde había un viejo pájaro. Ese pingüino decía ser el rey de los No Voladores y le estaba tan agradecido por haber salvado a su hija de su cruel muerte, que deseaba nombrarle príncipe de su reino y entregarle la mano de su hija.
En cuanto Eirma aceptó aquella agradecida oferta, su cuerpo empezó a cambiar. Sus brazos se convirtieron en unas picudas y vigorosas aletas. Su nariz se alargó y formó un pico anaranjado y duro. Se volvió ágil y rápido dentro del agua. Se convirtió en un No Volador.
Así fue como la bondad de joven Eirma fue recompensada y vivió feliz para bajo las aguas, y nunca más volvió a pasar hambre ni frio, mientras que sus hermanos de la superficie sufrían las iras de un inclemente dios, que al maldecir a aquellos pájaros los había hecho más especiales.

La dama de escarcha

Aqui va otra de mis entregas de los cuentos del hielo, que siento que haya tardado tanto en llegar. Me gustaría agradecerle también al blog, No solo relatos cortos, su critica en el ultimo que subi. Tenías razón, el final tampoco me convencía y lo estoy reescribiendo, espero que este te guste más, y por favor, por favor, no dudes en decir lo que piensas^^

Erase una vez, en un reino muy lejano, allá en las tierras del orgulloso Sol, nació una doncella. Sus cabellos eran pálidos como la luz de la luna y su piel era blanca como la primera nieve. Sus ojos tenían el color de cielo azul y su voz era el susurro dulce de una cascada.

Era tan hermosa que el Sol se levantaba antes para colarse por su ventana e iluminar sus cabellos que brillaban como la plata. Y así cada vez eran los días más largos y las noches más cortas. Incluso las estrellas, encandiladas por su hermosura, abandonaron el cielo nocturno para posarse, como millones de luciérnagas, en el techo de su alcoba.

Sin embargo había alguien a quien los celos manchaban el corazón, dejándolo negro como la tinta. Luna, celosa, por todas las atenciones que sus hermanos le ofrecían a la muchacha, decidió vengarse.

Un día que la joven paseaba por el bosque, Luna envió a uno de sus sirvientes alados a buscarla. El caballo volador llegó entre grandes relámpagos y truenos, y montó a la asustada joven sobre su grupa, llevándola lejos de los dominios de Sol, a las heladas tierras de la Luna.
Allí esta la escondió en una cueva, en lo más recóndito de las montañas de hielo, donde ni el Sol ni las estrellas pudieran encontrarla. La confinó en una tumba de escarcha, muerta helada para siempre.

La Luna satisfecha con su plan brilló aquella noche en el cielo con más fuerza que nunca.
Lo que la vengativa Luna no sabía, es que una pequeña estrella se había escondido entre los pliegues del vestido de la joven y había visto todo lo que había sucedido. Al llegar el alba e irse la Luna a descansar, corrió presta por el rojizo cielo del amanecer para avisar a Sol de la venganza de Luna.

El Sol estaba desolado. En las tierras oscuras de su hermana poco podía hacer él. Sin embargo consiguió meter un pequeño rayo de su luz hasta la tumba de escarcha de la joven, que se guardó en su dulce corazón, librándola así de la muerte y haciendo que su castigo no fuera más que una largo sueño, del que despertaría cuando alguien encontrara su morada.

La pequeña estrella que había ayudado a Sol, no contenta con ver como su bella amiga dormía eternamente en su prisión de escarcha, decidió disfrazarse de corza blanca. Buscó y buscó incansable por los bosques a alguien que pudiera romper la maldición lunar.
Al fin un día la estrella disfrazada encontró a un joven que dormía bajo un árbol. La estrella, que podía ver el corazón de los hombres, vio que el de aquel muchacho era puro y valiente y supo que había encontrado al elegido.

La corza blanca, guió al joven cazador a través de las montañas hasta que llegaron a la morada de la dama de escarcha. Y así fue como el joven cazador encontró el tesoro más preciado.
La noticia de que una joven cubierta de escarcha había sido encontrada en las montañas, voló rauda por el reino de la Luna, y pronto llegó a esta la historia de la dama de escarcha.
La luna, enfurecida porque su maldición se hubiera roto tan pronto, se presentó esa misma noche ante el rey. Se mostró tan bella y persuasiva como era, envuelta en sedas etéreas y finas joyas. El avaro rey la escuchó embelesado mientras ella le hablaba de una doncella muy hermosa, disfrazada de aldeana, que le otorgaría la vida eterna.

Tan pronto despuntó el alba, los jinetes del rey partieron a todo galope, esparciéndose por todo el reino en busca de la hermosa joven.
Pero cuando la encontraron la joven se había enamorado del cazador y se habían casado. Aún así los jinetes del rey la llevaron por la fuerza al castillo del rey.

Esa misma noche fue la corza blanca a buscar al joven y triste cazador y le dijo que debía ir a la corte del rey y retarle a un combate a espada para recuperar a su esposa y dicho esto, se le entregó una espada, brillante y certera como ninguna, forjada al abrasante calor del sol, que le había elegido campeón en esta batalla.

Así pues partió el joven cazador, acompañado de la pequeña estrella, oculta entre sus ropas.
Cuando llegaron a la corte del rey, este les estaba esperando, ya advertido por la maliciosa Luna. Pero a pesar de los consejos de esta decidió enfrentarse al joven cazador en duelo de espadas.
La batalla fue larga y fiera. Al llegar el atardecer, ambos contrincantes estaban agotados y la Luna ya se relamía ante la victoria de su campeón en cuanto cayera la noche. Pero, en el último golpe que brilló con el último rayo de sol, la espada forjada por el sol, se iluminó, partiendo en dos la espada de Luna.

La luna había perdido la batalla y ahora debía dejar a la doncella en paz. Se retiró furiosa y esa noche no brillo en el cielo oscuro, que se iluminó con el brillo de un millón de estrellas, alegres por la victoria del cazador.

El Sol en agradecimiento por el valor del joven cazador, lo nombró rey de sus tierras y ambos jóvenes partieron hacia los dominios del Sol, lejos de la mezquina Luna, donde fueron justos reyes y vivieron juntos para siempre.