El tic tac del corazón

lunes, enero 05, 2015 Laura Sanchez 0 Comments

Aún recuerdo la primera que oí el tictac.
Yo era poco más que una niña, un chico me sonrió y algo en mi pecho empezó a girar.
Sentí que mi cuerpo se llenaba de una energía que me daba ganas de...¡volar!

Ah, recuerdo a mi madre, su alegría, no paraba de reír y de darme besos entusiasmada. Mi corazón de cuerda había empezado a funcionar.

Me contó la historia de nuestros corazones, como nos permitían seguir viviendo eternamente siempre que tuviésemos amor, porque...¿qué es una vida sin amor?
Me dijo que cuando quieres a alguien de verdad y te corresponde, puedes hacer girar la pequeña manivela de su corazón y hacer que siga viviendo para siempre.

"¿Y si no encuentro a nadie que me quiera?" pregunté asustada.

Mi madre descartó la pregunta entre grandes aspavientos y me dijo que en nuestro mundo todos encontraban el amor, pero que no me preocupara por eso que aún me quedaban años.

¡Qué razón tenía!

En la adolescencia, una sonrisa, un beso tímido, o incluso una mirada robada podían hacer que los engranajes de mi corazón giraran y giraran sin cesar

¡Sentía que podía amar al mundo entero!

Pero entonces llegaste tú...

Recuerdo como me perdí en tus ojos la primera vez que te vi de verdad... recuerdo como todo lo que había sentido antes pareció un ilusión la primera vez que me besaste.

La primera vez que tocaste la manivela de mi pecho, los dos temblábamos, de excitación y miedo. Recuerdo el tacto metálico pero a la vez cálido de la tuya entre mis dedos.

Durante seis años nos amamos dulcemente, haciendo girar nuestro amor entre caricias, besos y lunas.

Que ilusamente feliz vivía en mi pequeño mundo...

Al principio sólo fueron unos pequeños atascos, la manivela se negaba a girar entre mis dedos pero al final cedía. No hablábamos de ellos, ahora pienso si tú tenías tanto miedo como yo. Nos hundíamos en nuestras caricias y culpábamos a la distancia al tiempo sin vernos...

... pero cada vez tenía que hacer más fuerza para girar la pequeña llave, cada vez me dolía más el pecho, pues tú parecías dar vueltas del revés a mi manilla, y por a noche deshacía el dolor de mis agarrotados dedos en lágrimas.

Hasta que un día no fui capaz de dar cuerda a tu corazón.

Incluso ahora, el dolor me llena la boca de hiel.

Siento todavía el miedo atenazándome y veo tu rostros mirándome lleno de tristeza.

Ya no me querías.

Nuestro camino que yo había dibujado claro en un futuro cristalino, se deshacía ahora en finas esquirlas alojadas en mi garganta.

El tiempo después fue frío, solitario y oscuro.

Fui rechazada por la sociedad, había dejado de ser amada. Era una paria.

Sin que tú movieras mi manivela mi corazón parecía agotado, sin fuerzas para vivir. Pasaba días enteros en la cama, intentando ahorrar cada latido, intentando recordar aquellas cosas que movían mi mundo antes de ti.

La muerte y la soledad eran dos ángeles negros que guardaban mi cama.

Un día, me despertó el silencio.

Abrí los ojos, consumida por el pánico.

"¿He muerto?" me pregunté

Y me respondió un tic casi agónico desde mi pecho, que me devolvió un poco la respiración.
Los tictac eran tan débiles que tuve que llevarme la mano al pecho para sentirlos y entonces descubrí algo que no había notado antes.

Una pequeña rendija se habría en mi pecho, una herida abierta que me dejaste.

Introduje los dedos con cuidado, entre la excitación y el pánico.

Me costaba respirar de la emoción.

Entonces mi índice tocó el metal.

Mi respiración se aceleró.

¿Y si...?

Hundí un poco más los dedos y noté de nuevo el toque metálico, ésta vez en mi pulgar.

No sabía qué hacer... aquello podría matarme...

O quizás no...

En un arrebato de valentía, o más bien de locura, giré la mao y la manivela dio media giro sin dificultad.

Esperé en silencio a que algo fallara, a que mi pecho estallara, o a morir simplemente.

Pero no pasó nada.

Un poco más confiada di una vuelta entera esta vez.

Nada.

Y después...tic... tac... tic... tac...

Los engranajes sonaban un poco menos agónicos cada vez.


Me llevó semanas, pero poco a poco fui acostumbrándome a dar cuerda a mi propio corazón, hasta que al final, fui capaz de volver a disfrutar de todo aquello que me había hecho feliz antes de ti.

Ahora camino entre la gente, algunos se paran a mirar, muchos susurran a mis espaldas.

Pero a mi me da igual, yo muevo mi propio mundo, mi único pecado a confesar es buscar tus ojos entre el mar de gente.
Te busco para agradecerte, aunque sólo sea con la mirada, aquel roto que me dejaste en mi pecho, porque al final, me ha hecho libre.

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